
"Soy Bitna", me dice, "tengo diecinueve años y estoy sola en esta gran ciudad que es Seúl, bajo el cielo". "Bitna, yo también te pagaré", le dije, "sé que cada noche le cuentas a Salomé una historia, sé que ella vive de ese aire vocalizado que sale de tu boca. Yo solo soy un buscador de cuentos". Bitna me miró y me dijo: "¿quién le ha dado mi nombre?, Sabe de sobra que no me estoy inventando nada. Nunca he sabido inventar, solo cambiar nombres e imaginar lugares". "Me lo dio Le Clezio", le contesté.
"¿Le Clézio?, ¿dónde lo viste?", me dijo. "En Madrid", le contesté, "pero ya sabes que ese hombre es de todas partes; descendiente de bretones emigrados a Isla Mauricio, él nació en Niza, luego vivió a África donde su padre servía en el ejército británico. Esa vida en Nigeria le trajeron a los labios su primeras novelas, Onitsha y El Africano, con un estilo tan propio como salvaje; allí siempre viví descalzo, me dijo; luego llegó Guayana, México, unos años con con los indios Embera-Wounaan de Panamá, Tailandia, y ahora Seúl; y para abundar más en esa tierra sin fronteras que lleva bajo los pies se casó con una mujer saharaui de la provincia española de Río del Oro. Para ser un creador lo tiene todo".


"Bitna, sigue contando cuentos para mí, por favor, te pagaré; cuéntame la historia del aprendiz de asesino, la del señor Cho y los dragones, la de Nabi, la cantante, y la historia del paso del puente del arco iris", le supliqué.
Llovía, y me dijo que esos eran los cuentos de Salomé, pero que no me preocupara que posiblemente Le Clézio escribiría alguna vez cuentos para mí. Y además, el día menos pensado volveremos a vernos bajo el cielo de Seúl.
Ahora me toca a mí. Camino bajo el cielo de Seúl; las nubes van rodando despacio; en Gangnam está lloviendo; por donde cae incheon, el sol enciende una gloria y, al norte, la montaña Bukhan emerge de la lluvia como un gigante . Estoy sola y libre, voy a empezar a vivir.
Ahora me toca a mí. Camino bajo el cielo de Seúl; las nubes van rodando despacio; en Gangnam está lloviendo; por donde cae incheon, el sol enciende una gloria y, al norte, la montaña Bukhan emerge de la lluvia como un gigante . Estoy sola y libre, voy a empezar a vivir.