
No hay nadie que no haya intentado tocar una mariposa y probar la suavidad de sus alas, aun sabiendo que se quedará entre sus dedos el polvo de hadas que les permite volar; convirtiéndola en un ser torpe de lentos movimientos sin la levedad del vuelo.
Con Emily Brönte he vivido desde que era pequeño. En una estantería de mi cuarto, mi madre me colocó dos libros, más por motivos estéticos que literarios, cuyos cantos veía diariamente: Cumbres Borrascosas de Emily Brönte y, el otro, Robinson Crusoe de Daniel Defoe; ambos impresos en 1968 por la Editorial Círculo de Lectores; que prohibía la venta en su primera página a toda persona que no perteneciera a una secta denominada Círculo.
— Sólo iré a aquel sitio una vez más —dijo ella—. Me dejarás allí, y allí me quedaré para siempre. Así, dentro de un año volverás a suspirar por tenerme aquí contigo, recordarás este día y pensarás que ahora eres feliz.
Cuando toco por primera vez un libro lo abro por una página al azar antes de empezar a leerlo; es una de mis supersticiones literarias. Todos los autores escriben una frase, especialmente, para cada uno de sus lectores, las mías aparecen por el puro azar, que como escribió Cortázar, sabe hacer muy bien las cosas. Lo abrí por la página 118 y de pronto Emily empezó a escribir para mí: recordarás este día y pensarás que ahora eres feliz.
Yo tuve la suerte de leer Cumbres Borrascosas cuando no conocía nada del mito Brönte. que ha terminado santificando la vida y el paisaje que las rodeaba. La confusión entre biografía y obra es perjudicial para el lector y para el autor; pretender que una obra forma parte de una teoría del psicoanálisis del sufrimiento con la continua especulación sobre su vida, que termina siendo inventada en el mito, va alejándose de la verdad y del proceso de creación.
La leyenda habla de una infancia huérfana y solitaria, un cementerio, una casa parroquial, nieblas y brumas, un hermano bebedor y un padre autoritario; y miente el mito al enredar obra y vida afirmando que sin esas vivencias Emily no hubiera escrito esa genial novela. Emily Brönte escribió una novela de su tiempo, romántica y gótica a la vez, con una venganza inextinguible en el corazón de Heathcliff, una pasión desbordada entre los convencionalismos sociales (la familia Linton) y un amor imposible más allá de la muerte. Emily es una mujer de su tiempo y, tanta biografía, empezando con la de Gaskell sobre Charlotte, no ha hecho sino desmerecer su obra.

Yo como no conocía nada del romántico mito Brönte, a Emily la tuve tan sólo como confidente de mis cuidados y me enamoré rápido de la manipuladora Catalina;, Caty, a quien un verano anduve besando sin merecerlo. — ¿Usted cree —preguntó la señora Dean— que personas así pueden ser felices en el otro mundo? Daría algo bueno por saberlo.
Odié a Heathcliff, como el odió cuanto lo rodeaba. Un odio que le condujo a ser la persona más infeliz que he conocido.
Sentí pena por Hareton, sobre quien Heathcliff proyectó la mayor de sus venganzas; la condena al analfabetismo. Y sin embargo, fue el único que lo quiso con sinceridad. Le dimos sepultura como había ordenado, no sin que el vecindario se escandalizase. Hareton, yo, el sepulturero y los seis hombres que transportaban el ataúd compusimos todo el cortejo fúnebre. Hareton, con la cara arrasada en lágrimas, cubrió la tumba de verde hierba. Ahora creo que su sepulcro está tan florido como los otros dos que se hallan junto a él, y espero que también su ocupante descanse en paz.
A Eduardo Linton no lo aprecio, él era el centro de todos los errores por ser el portador de todos los convencionalismos sociales, cuando las mujeres que lo rodeaban eran portadoras de todas las rebeldías; sabiendo que la rebeldía sólo conduce al sufrimiento. —¿A qué vienes ahora Eduardo Linton? —dijo con colérica vivacidad—. eres de esos que siempre llegan cuando no hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo que vas a empezar ahora con lamentaciones, pero no por ello conseguirás que deje de irme a mi morada definitiva antes de que concluya la primavera.
Hay quien dice que todavía por los páramos se ven dos almas vagar. Los turistas van a ver si tienen suerte y se los tropiezan. Mejor sentarse, mientras las nubes se acercan al páramo con una brisa fría y ponerse a leer esta historia de amor y venganza.
Hay quien asegura haberlo visto junto a la iglesia y en los pantanos, y hasta dentro de esta casa. "Eso son habladurías", diría usted, y yo opino lo mismo. Y no obstante, ese viejo que está junto al fuego, en la cocina, jura que, desde que murió Heathcliff, lo ve a él y a Catalina Earnshaw, todas las noches de lluvia, siempre que mira por las ventanas de su cuarto. Y a mí me sucedió una cosa muy rara hace alrededor de un mes. Había ido yo a la Granja una oscura noche que amenazaba tempestad, y al volver a las cumbres encontré a un muchaco que conducía una oveja y dos corderos. Lloraba desconsoladamente.
— ¿Qué te pasa, muchacho? —le pregunté
— Ahí abajo están Heathcliff y una mujer —balbució —, y no me atrevo a pasar porque quieren cogerme.
No intentes tocar a la mariposa,
ni escalar los muros del deseo.
Hallar el descanso en la duda
está en el mismo ser de la alegría