sábado, 18 de mayo de 2013

LAS CIUDADES INVISIBLES


Como todos los hombres de la Biblioteca he viajado en mi juventud, he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos. Ahora que mis ojos no pueden descifrar lo que escribo me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en el que nací.

La Biblioteca de Babel
Jorge Luis Borges

Como conjeturan estas palabras, yo también he pensado que el paso del tiempo, después de muchos viajes y fugas, reales o literarias, nos devuelve sin remedio y sin pausa, a nuestros orígenes, a ese lugar mágico en el que teníamos en la mano todas nuestras inevitables esperanzas.
No sabremos dónde nos cogerá la muerte pero, seguro que antes de que llegue volveremos a esos lugares donde merecimos una caricia y donde agarramos por primera vez un dedo que era del tamaño de nuestro cuerpo; a ese lugar donde aprendimos a crecer, donde nos comportamos generosamente o como canallas, donde una vez compartimos la misma cálida respiración con otra persona, donde sufrimos e hicimos sufrir. Volveremos a aquella cárcel en la que empezamos a leer a Borges y a Onetti, en ese infierno tan temido, a ese lugar en el que galopamos por primera vez y donde hicimos promesas imposibles de cumplir, a ese lugar que habitaban amigos y enemigos, con sus propias leyes y su propia lengua. Sabemos que al final, cuando me prepare a morir a unas pocas leguas del hexágono en el que nací, volveré a mi ciudad invisible. Que todos tenemos una y es única. 

Kavafis en su poema La Ciudad lo explica, como siempre, mucho mejor que yo, que no paro de liarme con palabras innecesarias.

Dijiste: "iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que ésta".

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo,
y en las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad

Para otra tierra,
no lo esperes,
no tienes barco, no hay camino.

Para contradecir a Kavafis me dio por buscar otras ciudades invisibles. Me dije: "Sé, más o menos, cómo es mi ciudad invisible. Sé, sin asombro y sin duda, que acabaré en ella; pero aun así, iré a otra tierra, iré a otro mar. Otra ciudad ha de ser mejor que ésta".

Pensé que era un buen comienzo para salir a buscar Las Ciudades Invisibles ir de la mano de Italo Calvino que, sin calor y sin alivio, soñó e incluso pisó, que en el indiferente futuro vendrán a significar lo mismo, más de mil ciudades invisibles. Nadie ignora que no hay sitio mejor para leer a Italo Calvino que la República Veneciana; y allá me fui:

— Dime una ciudad más— insistía.
—...Desde allí el hombre parte y cabalga tres jornadas entre gregal y levante...—, proseguía diciendo Marco Polo, y enumeraba nombres y costumbres y comercios de gran número de tierras. Su repertorio podía considerarse inagotable, pero ahora le toco a él rendirse. Era el alba cuando dijo: Sir, ya te he hablado de todas las ciudades que conozco.
—Queda una de la que no hablas jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
—Venecia— dijo el Khan. Marco Polo sonrío, — ¿Y de qué otra cosa crees que te hablaba?
El emperador no pestañeó.
—Sin embargo, no te he oído nunca pronunciar su nombre.
Y Marco Polo dijo: —Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia,
—Cuando te pregunto por otras ciudades, quiero oírte hablar de ellas. Y de Venecia, cuando te pregunto por Venecia,— dice el gran Kublai Khan.
—Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia.
—Deberías entonces empezar cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia tal como es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella.
El agua del lago estaba apenas encrespada; el reflejo de cobre del antiguo palacio de los Sung se desmenuzaba en reverberaciones centelleantes como hojas que flotan.
—Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Marco Polo—, quizás tengo miedo de perder a Venecia toda de una vez, si hablo de ella. O quizás, hablando de otras ciudades, la he ido perdiendo poco a poco.

Salí de la República Veneciana hacia Oriente, de donde mi ciudad invisible ha copiado una calle de Oro, un parque en el que vuelan cometas que necesitan grandes atalajes para ser sostenidas por el cielo, un bosque en el que viven cientos de pandas, un templo mágico donde no tiene más remedio que estar Dios y unos ojos rasgados que yo envidio por hermosos. Llegué a Oriente después de visitar ciudades como Zora, que está más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria. Sin embargo, ahora la que era la ciudad de la memoria, la Tierra la ha olvidado.

Llegué a Oriente después de un largo viaje de la mano de Italo Calvino y de Marco Polo y su libro El Millón de las Costeras de Oriente, intentando aprender a viajar como ellos, porque en los viajes, lo mismo ocurre con las lecturas, siempre viene con nosotros nuestro pasado, ya que descubrimos lo que no tenemos y tienen otros, lo que no hemos sido y que son otros; por eso Marco Polo, cuando entra en una ciudad, ve a alguien vivir en una plaza una vida o un instante que podrían ser suyos; en el lugar de aquel hombre ahora hubiera podido estar él si se hubiese detenido en el tiempo tanto tiempo antes, o bien si tanto tiempo antes, en una encrucijada, en vez de tomar por una calle hubiese tomado por la opuesta y después de una larga vuelta hubiese ido a encontrarse en el lugar de aquel hombre en aquella plaza. En adelante, de aquel pasado suyo verdadero e hipotético, él está excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta otra ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá había sido un posible futuro y ahora es el presente de algún otro. Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas.

En este punto, no tengo más remedio que pensar en Wittgenstein, porque no sólo somos todo aquello que nos ha acontecido, también somos todo aquello que no ocurrió por decisiones, voluntad, azar o negligencia que nos llevaron a otros cruces de caminos; es por ello que Wittgenstein en su Tractatus establece la diferencia entre el Mundo y la Realidad:

La totalidad de los hechos existentes conforma el mundo, y la totalidad de los hechos existentes con la totalidad de los hechos inexistentes es la realidad.

Es una suerte que los sueños, los éxitos no sucedidos o los fracasos no vividos también formen parte de la realidad. Para confirmarlo, ahí están esas bellas ciudades invisibles: Comala, Macondo, Magina, Artefa, Santa María, Vetusta, Yoknapatawpha, Santa Fé de Tierra Firme, Castroforte de Baralla o... Jerusalem.









Las dos primeras fotos son de Venecia, donde soñé que la Biblioteca de San Marcos quedaba totalmente inundada, mediante un ingenioso sistema de túneles urdido por Daniello de Cignano, natural de Fano, perteneciente a La Conjura de Alejandría, y descendiente de Angiolello de Cignano, quien fue traicionado y ahogado por un tirano desleal para que su nombre pudiera habitar el Infierno que dibujó el proscrito.

La siguiente es del Príncipe de Sichuan, Rey de los Tres Valles.
La otra foto de Oriente es de una calle de Chengdu por donde anduve buscando un tesoro.

Y la última, que duda cabe, es de Jerusalem, ciudad tres veces santa, donde seguro que también está Dios, alguna que otra vez echándose las manos a la cabeza: "Si te olvidare, oh Jerusalem, olvide mi diestra su habilidad; adhiérase mi lengua al paladar si de ti no me acordare; si no pusiere a Jerusalem en la cumbre de mis alegrías". Salmos 137. Ya sé que has andado por Metula al otro lado del Valle de la Bekaa y de una frontera que pateamos mucho.  

2 comentarios:

  1. Muy bueno!
    Pillín, cuando vayas a donde sabemos ya tienes todo el trabajo hecho!! A artículo por dia y sin currar.
    Enhorabuena!
    Rafa

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    Respuestas
    1. Espero que algún día volvamos a trabajar juntos, con nuestros encuentros y desencuentros, como cuando andábamos buscando un oasis como el de los versos de Juan Ramón Jiménez:

      Verde Brillor, sobre el oscuro verde.
      Nido profundo de hojas y rumor,
      donde el pájaro late, el agua vive,...
      ... por el azul redondo de luz sola
      en donde está la eternidad.

      A ver si podemos ir a beber un poco de jellab o ayran donde siempre quedábamos. Era fácil llegar, coges la cuesta y siempre hacia arriba.

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