He releído El Uno y El Universo de Ernesto Sábato varias veces. Releer es, sin duda, la única manera de digerir una obra literaria. Reeler es la mejor forma de disfrutar con ella. Y releer, (esa repetición continua que nos lleva a jugar con casi todos los matices posibles), es el único modo de alcanzar el autoaprendizaje en el oficio de lector, que, nadie lo ignora, es uno de los mejores oficios al que una persona puede dedicarse.
He terminado de volver a releerlo esta semana y al cerrar el libro me he preguntado: ¿con qué frase de él te quedarías?, y me he repetido casi sin querer: ¿Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.


Me quedé dormido con esa frase rondándome la cabeza y por la mañana decidí escribir tres cartas preguntando acerca de esas tres o cuatro cosas que valen la pena, y de si es cierto que la vejez nos trae esas verdades que la juventud y la madurez no son capaces de alcanzar.
Remití tres cartas idénticas y a la misma dirección, lo único que cambié fue la fecha; hecho por otra parte nada difícil, pues como escribe Borges en El Libro de la Arena: Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier parte del tiempo. Fácil, ¿verdad?. Así que eché al correo las tres cartas dirigidas a Roma, capital y rosa del Imperio. Al no conocer la dirección exacta, las remití directamente a Palacio. Mis tres destinatarios se movían con soltura por sus salones y pasillos, y uno de ellos llegó incluso a ser Emperador, Emperador de Roma.
Tal vez en ochenta años uno puede empezar a darse cuenta cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.
No creas, Norberto, me respondió el primero, Toda edad, todo tiempo es gravoso para quienes en sí mismos ningún recurso tienen para vivir honrada y felizmente. Todos desean alcanzar la vejez, mas al alcanzarla la vilipendian. Acaso les sería menos pesada la vejez si llegasen a vivir 800 años en vez de 80. No, Norberto, ningún lapso de tiempo por largo que éste sea podría una vez cumplido traer consuelo a quienes viven una ancianidad insensata. La culpa de las lamentaciones sobre la vejez radica en el carácter, no en la edad. Los ancianos que no son agrios ni impertinentes llevan una vejez soportable, mientras la acritud de carácter y la grosería son pesadas a cualquier edad. Ahora, siendo yo ya viejo, ni siquiera echo de menos las fuerzas de la juventud más de lo que siendo joven pudiera echar de menos las fuerzas de un toro o de un elefante. Hay que usar de lo que se tiene y cualquier cosa que hagamos hacerlas según la medida de nuestras propias fuerzas.
Desde Luego que tienes razón, Marco, pienso al leer tus letras, y recuerdo, y me vienen a la mente las palabras de Spinoza: todas las cosas tienden a perseverar en su ser. El tigre quiere ser tigre, la piedra, piedra. ¿Y el anciano que ha cumplido más de ochenta años?
Yo, por ejemplo, Norberto, me escribe Marco Tulio, No comprendo a los ancianos avaros que quieren todo para sí. ¿Puede haber alguien más absurdo que quien se preocupe de acumular más provisiones cuanto menos tiempo le quede de vida?
¡Desgraciado el anciano que no considere que la muerte debe de ser despreciada después de una vida tan larga! Si la mente está ausente, la muerte se ignora totalmente, si la muerte le conduce a una situación terminal debe ser incluso deseada. No puede hablarse de una tercera disyuntiva. Y cuando llega el final, lo pasado se ha borrado, sólo queda lo que has conseguido actuando recta y honestamente. Pasan ciertamente las horas, los días, los meses, los años; el tiempo pasado nunca se recupera.
¿Crees en la inmortalidad, Marco?, le escribí; y he aquí su respuesta:
Abrí la segunda carta. En la cabecera ponía un título, que me agradó: Carta de Séneca a Norberto, y tras una breve introducción me decía:
Entiende, Norberto, que Todo de cuanto en nuestra vida queda atrás la muerte lo posee. Reivindica para ti la posesión de ti mismo y el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba. Recupéralo y consérvalo. Por lo tanto, querido Norberto, haz lo que me dices que estás haciendo: acapara todas las horas. Así sucederá que estés menos pendiente del mañana si te has aplicado al día de hoy. Mientras aplazamos las decisiones, la vida transcurre.
Todo, Norberto, es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro: la naturaleza nos ha dado la posesión de este único bien fugaz y deleznable, del cual nos despoja cualquiera que lo desea y es tan grande la necedad de los mortales, que permiten que se les carguen a su cuenta las cosas más insignificantes y viles, en todo caso sustituibles, cuando las han recibido. En cambio, nadie que dispone del tiempo se considera deudor de nada, siendo así que este es el único crédito que ni siquiera el más agradecido puede restituir.
¿Cómo crees, Lucio, que un anciano debe afrontar la muerte?, le había preguntado yo en mi misiva. Y su respuesta fue clara:
No puede caber en suerte una vida tranquila a nadie que no piense demasiado en prolongarla, que cuenta como gran beneficio durar muchos consulados. Piensa en esto cada día para que puedas abandonar con espíritu sereno la vida a la que algunos se aficionan y aferran como lo hacen con los espinos y las rocas los que son arrastrados por un agua torrencial.
Así pues, procúrate una vida agradable abandonando toda preocupación por ella. Ningún bien es útil a quien lo posee, sino aquél para cuya pérdida está aparejado el ánimo, ya que de ninguno resulta más fácil la pérdida que de aquél que no se puede echar de menos, una vez perdido. Por lo tanto debes animarte y endurecerte frente a las desgracias que pueden acontecer aun a los más poderosos. Mira, Norberto, La sentencia de muerte sobre Pompeyo la decidieron un príncipe bajo tutela y su eunuco; sobre Craso la decidió el cruel e insolente Parto; Gayo César ordenó a Lépido que entregase su cabeza al tribuno Dextro; él mismo la ofreció a Quérea. a nadie elevó tan alto la fortuna que no pudiese convertir en amenazas cuantas concesiones le había hecho. No quieras confiarte a la tranquilidad presente: el mar alborota en un momento; el mismo día en que los navíos se entretienen alegremente son engullidos.
Prepárate para ello.
No debe de ser fácil esto último, pienso; y continué leyendo:
Mas ¿conoces bien cuales son los límites que nos señala la naturaleza?: no tener hambre, no tener sed, no sentir frío. Para saciar el hambre y la sed no es preciso instalarse en moradas opulentas, ni soportar un seño severo y hasta una insolente cortesía, no es necesario surcar los mares ni seguir a los ejércitos. Fácil de adquirir y apropiado es lo que reclama la naturaleza. Lo supérfluo es lo que nos hace sudar, ello es lo que nos desgasta la toga, lo que nos obliga a envejecer en la tienda de campaña, lo que nos empuja hacia regiones extranjeras: lo suficiente está al alcance de la mano. Quien de buen grado se acomoda con la pobreza es rico.
Bonita definición de la riqueza, y bastante clara. Ya voy entendiendo un poco cuáles son esas tres o cuatro cosas que valen la pena.
Abrí la última carta, llevaba el sello del Imperio, todo el poder de Roma. ¿Qué piensa el hombre que acapara todo el poder del mundo en su cetro?, me dije. Y comencé a leer:
Así contemplarás que las cosas humanas son humo y nada, especialmente si recuerdas que lo que cambia una vez ya no será más en el tiempo infinito. Entonces, ¿por qué te pones tenso? ¿Por qué no te conformas con concluir en orden la travesía de ese breve espacio de tiempo? ¿De qué materia y supuesto huyes? ¿Qué es todo eso excepto ejercicios de la razón que observa con exactitud y estudia la naturaleza de las cosas de la vida? Aguanta hasta que te apropies en tu beneficio también de eso, igual que el estómago sano se apropia de todo, como el fuego que brilla hace llama y resplandor de lo que le tiras.
Puse las tres cartas sobre la mesa y comprendí que en dos mil años poco había cambiado el Hombre, que sólo tenemos el tiempo, pues todo lo demás nos es ajeno; y, por tanto, hay que aprovecharlo; que todas las cosas humanas son humo y nada, y que sólo la tranquilidad del alma y los besos pueden llevarnos a un fin de jornada tranquilo. Pues, es eso la vida una simple jornada para el alma.
Nadie ignora que no es fácil hacerlo realidad.
Convendría echar un vistazo a tres pequeños volúmenes que nos han legado las ruinas de Roma: De Senectute, de Marco Tulio Cicerón; Carta de Séneca a Lucilio, de Lucio Anneo Séneca y Las Meditaciones, del Emperador Marco Aurelio. Comprobaremos, con pena o con alegría, depende de cómo se tome, que el ser humano, en realidad, no ha cambiado tanto.
Las fotos son de Roma. He estado dos veces allí, y tengo que volver otra vez, a causa de una promesa no cumplida todavía; y una promesa es una promesa.
Aunque la mejor forma de viajar a Roma es leyendo sus libros. (El único viaje infinito).
Sí, tengo que reconocer que la chica que aparece en la última foto es la misma chica que aparece en el mercado de Candem Town cuando recorrí Londres de la mano de Óscar Wilde. Hay pequeñas coincidencias que son como Roma, casi eternas.