domingo, 25 de septiembre de 2016

SHELLEY Y EL ETERNO OZYMANDIAS


El Gran Ramsés II, tercer Faraón de la XIX Dinastía, ante cuyos pies todo el orbe se postra, ha ordenado a sus escribas que sobre piedra o sobre papiro den cumplida fe de su poder y que en el lenguaje jeroglífico reflejen su esencia inmortal y lo infinito de su reinado. También ha encomendado a sus escultores, tallistas y grabadores que cincelen colosales estatuas que hagan temblar las arenas del desierto para que, ante su grandeza, los reyes se sientan esclavos.

I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,

(Conocí a un viajero de una antigua tierra
que dijo: dos vastas piernas de piedra sin tronco
se alzan en el desierto. Junto a él, en la arena,
medio enterrada yace un rostro destrozado cuyo ceño,...)

El Gran Faraón todavía no sabe que su nombre, alterado por el tiempo y la lengua griega, se ha convertido en polvo y lo ha salvado de las arenas un poeta inglés, hijo de nobles y hermano de la subversión, al que yo perseguí por el lago Lemán, el lago Serpentine y el mar de Liguria, cerca del Golfo de los Poetas.

 Shelley, que anda tramando liberar a Prometeo, como un ensueño de la libertad final que debe ser conquistada por el ser humano, sabe desde hace unos días que viene en camino la estatua de un rey egipcio que ha sido encontrada semienterrada y partida en dos pedazos: piernas y alma por un lado; pecho, cabeza, corazón y vida por otro. Ha oído que Ramsés, al que Diodoro Sículo llamó equivocadamente Ozymandias, fue el hombre más poderoso de su tiempo y de su mundo y se imagina esa estatua enterrada en las arenas del desierto, completamente olvidada.

And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed.

(y el labio arrugado, y el desdén frío del poder,
cuentan que su escultor labró fiel aquellas pasiones
que todavía sobreviven, grabadas en estas cosas muertas,
a las manos que las labraron y el corazón que las alimentó.)

Ya llega al Museo Británico el medio cuerpo mutilado de Ozymandias y Shelley deja caer sobre un papel 14 versos que traerán al Gran Faraón de nuevo a la vida, pero simplemente para enseñarle que no hay hombre ni mujer que haya pasado por esta tierra cuyo destino no sea la decadencia y el olvido; pasó con Ramsés, el dueño del orbe, pasó con Shelley, y pasará conmigo y contigo. Tú, Ozymandias, que orgulloso rendías a reyes y a esclavos.

Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away

(Nada más permanece. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden a lo lejos las solitarias y llanas arenas)

Shelley ha embarcado en el Don Juan rumbo a Pisa. Como es un poeta romántico sabe que morirá joven; y una tormenta en la mar es una oportunidad que él no va a desaprovechar. No busca la inmortalidad porque sabe que el futuro es decadencia y olvido y para que lo sepamos nosotros también escribe un soneto. No sería mala idea aprovechar esos versos y aprender a vivir, a poder ser felices; que la inmortalidad, el poder y la infinitud no son características de este mundo.

Escribe Hölderlin que todo lo que permanece lo fundan los poetas; y lo desmiente Borges en versos de un poeta menor, sabiendo que la meta es el olvido, y que nadie podrá a la larga evitarlo; ni los poderosos, ni los sabios, ni los fuertes, ni los bravos, ni los taimados, ni los ricos, ni los pobres, ni los buenos ni los malos.

And on the pedestal these words appear:
"My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!"

(Y sobre ese pedestal aparecen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
Mirad mis obras, vosotros los poderosos y desesperad")

Desesperad, como desespero yo, el gran Faraón Ozymandias, en el olvido.

domingo, 18 de septiembre de 2016

ANTONIO COLINAS Y MI VIEJO PERRO MESTIZO BLANCO


Las bibliotecas, a veces, guardan nuestros recuerdos entre los viejos anaqueles de sus estanterías. Sin buscarlo, aparece de pronto el viejo ciego que me llevó, tiempo atrás, a la ciudad de los inmortales; dos baldas más arriba, un tipo pálido pretende enseñarme dónde están los siete pilares de la sabiduría; bajo llave, me llama en silencio aquél que fue tachado injustamente de traidor y me dice que atraviese el Estrecho y sepa cuánto sufrió don Julián; o me engañan para que me pierda sin rencor en el bosque de la noche... Esta semana de entre los 30.000 volúmenes que tengo a mi disposición en una tercera planta secreta, que poca gente conoce, se presentó el pasado.

De pronto, debajo de una mesa se me apareció mi perro, un perro que fue mi sombra allá por los años 90. Nada más verlo adiviné el peligro que corría aquella biblioteca. Ninguno de los dos funcionarios que custodiaban la biblioteca se había percatado de su presencia. El viejo Coco volvía a ser, como el Cid después de muerto, la perdición de los libros encuadernados, el horror de las cubiertas que protegen los tesoros escritos, la ruina de los forros hábilmente manipulados por artistas encuadernadores, la consternación de cualquier amante de los libros.

De todos los perros que he tenido, el mestizo blanco, que acabé acogiendo en mi pequeña habitación de un cuartel perdido, fue de todos el que más relación tuvo con los libros; por eso, de vez en cuando se me aparece por entre las mesas de las bibliotecas y me obliga a elegir aquellos volúmenes que él y yo, de diferente manera, degustamos.

El primer día que lo llevé conmigo a esa pequeña habitación del cuartel donde vivía se comió las pastas de cuatro volúmenes:
Primero, La Ilíada, editada en 1966 por Ediciones Alonso. Homero apenas le puso resistencia, y de todos los héroes armados que poblaban su páginas ninguno de ellos salió escudo en guardia y broncínea lanza al brazo a pararle los dientes al imposible lector.
Después arrambló con el tomo IV de Las Vidas Paralelas de Plutarco en edición de Iberia J. Gil del año 1944 y que compré en una feria de Libro Antiguo.
A continuación tomó por banda una edición del año 1972 del Oliver Twist y el David Copperfield de Dickens, editado por Nauta.
Para finalizar con el Tratado de Armonía de Antonio Colinas, editado por Tusquets en el año 1991: El perro se pasa las horas obsesiva y sutilísimamente atento a cuanto sucede en el valle. Un rumor, un silbido, un ramaje que cruje, bastan para inquietarlo. su sensibilidad debe de ser enorme. confío en que esa sensibilidad le sirva de goce y no de dolor. Pocas cosas hay tan amargas como el sufrir por un exceso de sensibilidad.

Este último era el único libro que no tenía pastas de cuero, sino de cartón doradas. El hecho de que Antonio Colinas fuera elegido para esa efímera gloria selectiva junto a tan grandes clásicos hizo que a partir de entonces siguiera su poesía con razón o sin ella, y me apoyara en él y en su Simiente Enterrada en el mayor viaje de mi vida, cuando fui a  China, a buscar a esa persona que fue unida para siempre a mí con un hilo rojo que pasa por la luna:
Lao Tse reconoce que el Cielo y la Tierra tratan a los seres como a "perros de paja"; esos perros que se quemaban en las antiguas ceremonias de purificación. El Tao no cree en la misericordia de lo superior; por eso el hombre tiene que crecerse ante la adversidad y, en las peores circunstancias, resistir y hacer buena con su propia bondad a la misma divinidad.

Así que, esta semana, cuando he visto a mi viejo perro mestizo blanco, por entre las mesas de mi biblioteca secreta, pensé que debía de arrastrarlo a la salida con el señuelo de un libro de Antonio Colinas, y como sabía que la Larga Carta a Francesca estaba en la estantería BQ-IV-8, lo cogí y vi como el mestizo, fiel, acudía como siempre al reclamo.

Esta vez, la Larga Carta a Francesca decidí leerla en el campo, pues el viejo Coco ya no es capaz de vivir entre paredes; y yo lo entiendo, seguramente a mí me pase lo mismo. Así que he estado muchas horas nuevamente con él, sentado a mis pies, como siempre, leyendo la Larga Carta a Francesca. Desde aquel primer día que tuve al mestizo en casa hace ya casi veinte años guardo mis volúmenes a una altura prudencial porque unas buenas pastas de cuero son un deseo incontenible para un perro que ama los libros.

Todavía se acordaba mi perro mestizo que Francesca perdió la razón, que el sueño es hijo de la noche y hermano gemelo de Tántalo, se acordaba de quién era por fin la destinataria de la carta, continuaba preguntándose si no habría un punto intermedio entre el amor y la muerte, y se acordaba que cuando cada noche las sombras devoraban el paraíso exterior, jugábamos a engañarnos con las lecturas, a olvidar con los versos y los relatos.










domingo, 11 de septiembre de 2016

ESQUILO Y LA CONSTRUCCIÓN DEL ALMA HUMANA: JUSTICIA O VENGANZA


En verano siempre conviene volver a los clásicos. Su lectura, cerca del mar o la montaña, o después de pasar una mañana en kayak subiendo el gran río de la Argónida, alejados de esa wifi con forma de serpiente que cada vez nos ata más a la nada, nos vuelve a recordar que sólo somos seres humanos cuyo alma fue pintado por increíbles artistas con la fidelidad de un fotógrafo hace más de dos mil años.

Este verano he pasado unas horas con Esquilo, veterano soldado que luchó contra los persas en las batallas de Maratón, Platea y Salamina; testigo del nacimiento de la democracia ateniense y del poder del pueblo sobre los tiranos. Por gente como él, como Conrad, London, o Cervantes quise yo hacerme soldado o marino; pensé que era la manera más corta de tener un destino literario; como siempre me equivoqué, era el camino más largo.

Este verano me he ido con Esquilo a las playas de Bajo Guía, de las Piletas, de la Ballena y de Faro Blanco. Me he sentado en el Areópago con los ilustres atenienses, y he dictado justicia:

He decidido declarar inocente a Clitemnestra del asesinato del rey Agamenón, su marido, recién llegado de la ciudad de las altas torres; y de su amante la adivina Casandra, hija de Príamo, convertida en su esclava después de todos los crímenes atreidas acaecidos en Troya, que han quedado sin redención, sin justicia y sin venganza. Y he decidido perseguir a Orestes, de la mano de Álvaro Cunqueiro, o sin él, y que se cumpla la condena ha muerte que he dictado sobre él. Poco me importa que el mismo dios Apolo, haya declarado justo el perverso crimen de Orestes cometido contra su propia madre.

Primero, escuché a Clitemnestra: ¿Y tú quieres oír la sagrada ley de mis juramentos? Por Justicia que ha vengado a mi hija; por Ate y por Erinis, a quienes he sacrificado a este hombre, no se me ocurre ni pensarlo que el temor pise este palacio mientras encienda el fuego de mi hogar Egisto, leal a mí como hasta ahora. Ése es para mí escudo no pequeño de valor. Yace en tierra el que ha injuriado a esta mujer, felicidad de las Criseidas bajo Ilión; y también esa esclava y adivina, la profetisa que compartió su lecho, fiel concubina, que ha desgastado junto a él los bancos de la nave. Ambos han tenido lo que merecían. Pues él, así, sin más, y ella después de cantar el último lamento de la muerte, yace, su amante, y me la ha traído el propio marido para condimento de mi gozo.

- ¿Mataste a tu marido?

- Por justicia vengué la muerte de mi hija.

- ¿Qué justicia, Clitemnestra, la tuya?

- Sí, la mía. ¿Cómo crees que he podido soportar la muerte de mi querida, de mi amada hija Ifigenia, cuando era sólo una niña? Un sacrificio inútil, realizado tan sólo para que los vientos fueran favorables y la flota pudiera partir hacia Troya en una guerra de venganza, por recuperar a Helena, que tan sólo quería ser libre lejos del criminal Menelao.
Mi pequeña Ifigenia, muerta a manos de su propio padre. No, innoble no creo que haya sido la muerte de Agamenón. Pues ¿no es éste quien ha traído una dolosa calamidad a la casa? Sufrió merecidamente por lo que hizo sufrir a mi retoño nacido de él, mi Ifigenia tan llorada. Que no se jacte demasiado en el Hades: con su muerte a filo de espada ha pagado todo cuanto hizo.

- El coro no piensa como tú, Clitemnestra, el coro, todo Micenas, no para de llorar la muerte de su rey Agamenón. Cree que sin el tirano la sociedad sufrirá males interminables. Acaba de cantar: ¿Qué destino podría venir en breve, sin excesivo sufrimiento, sin prolongada enfermedad, trayéndome el eterno sueño interminable, después que ha sucumbido el más bondadoso guardián y que tanto sufrió por obra de una mujer? Y ahora a manos de una mujer ha fallecido.

- El coro está pagado por el rey y escribirá para él, para el predominio del hombre sobre la mujer, de la aristocracia sobre el pueblo, del fuerte sobre el débil.
Sí, yo fui esa mujer que mató al tirano, homicida de su propia hija. No me arrepiento, y luego he amado a otros hombres; y no me arrepiento; y nunca me he sentido más libre y más feliz. ¿Tiene el coro, Micenas, Esparta o Atenas, acaso potestad para llamar loca a Helena, por huir de las manos de un marido violento, nefasto, que embarcó con su sed de venganza a tantos hombres hacia la muerte, y fue uno de los causantes del asesinato de la luz de mis ojos, mi pequeña Ifigenia. Que se vayan al Hades cuantos cantan la locura de Helena: ¡Ay, ay, la loca Helena, que tú sola has destruido tantas, tantísimas vidas bajo Troya! Te has adornado tú misma con una suprema, inolvidable corona, a causa de una sangre indeleble. En verdad, había entonces en el palacio una Discordia, establecida allí para desgracia de un hombre.
Tú, como yo, no tienes la culpa de nada, Helena, hiciste bien marchando a Troya para ser más libre y  más amada.

- Pero lo mataste, Clitemnestra por tu propia mano, fue una acto de venganza, no de justicia. La justicia es otra cosa.

- ¿Fue acaso justicia la muerte de mi hija, en un sacrificio inútil para llamar a los vientos a empujar la flota hacia Troya? ¿Fue acaso justicia asesinar a miles de hombres, mujeres y niños en Troya, sólo por recuperar a una esposa que huyó de su marido? Eso era venganza, y lo llamaron justicia. Mi acto contra Agamenón ha sido pura justicia y lo llaman venganza.

- Miré los pies de Clitemnestra y los vi muy blancos y muy desnudos y recordé una frase de un escritor uruguayo que anda volando por ahí: la justicia es como las serpientes, sólo muerden a los que van descalzos.

Cuando llegábamos a uno de los caños que entran por la segunda salina, decidí declararla inocente:

- Yo te declaro inocente; pero sabes que los tribunales y los dioses te declararán culpable para que nada cambie; esa es la misión de las leyes y las revoluciones. Cambiarlo todo para que nada cambie.

Vete en paz, pero cuídate Clitemnestra, porque me han dicho que al pueblo ha llegado un hombre que se parece a Orestes, tu hijo; pero a Orestes sólo se le parece Orestes; luego ha llegado a Orestes;  y viene contra ti, pidiendo venganza o justicia, que para eso están los clásicos para movernos el alma en un verano tranquilo a orillas de La Argónida.




domingo, 21 de agosto de 2016

¡GIRONDO!: SI NO SABEN VOLAR, PIERDEN EL TIEMPO LAS QUE PRETENDEN SEDUCIRME

Fui joven y estudié las formas y el continente, desechando el contenido, con la precisión de un imaginero que se dedica a tallar cuerpos y sus pormenores. Ahora, que he aprendido algo con el tiempo y los errores, no se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.

Ahora que he visitado medio mundo, y sus países, en algunos de los cuales se podían comprar cuerpos enteros por unos cigarrillos, que cumplían la soez función de sustituir al papel moneda; otros, en los que nada era gratis ni siquiera el amor; o aquellos, en los que los seductores se vestían de tristeza, que es la mayor forma de corrupción que he visto, le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida.

Ahora, diferencio perfectamente la diversión y la risa del tedio y la rigidez a cambio de tocar un cachito de piel que nadie merece por perfecto. Desecho, como si nunca los hubiera vivido, aquellos tiempos, obligado a ser quien no era; una simple pretensión absurda que siempre me impidió llevarla a cabo, con limpieza, el deshonesto trabajo de evocar los recuerdos; que no necesitan ayuda porque los recuerdos que nos persiguen normalmente se evocan solos. Por eso, ahora, cuando veo a una mujer soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Es una ley matemática del maldito Oliverio Girondo que le arrebató una sirena vikinga al joven escritor, amigo de Carriego, que pasaba sus días en el zaguán junto a la puerta cancel de la casa de la calle Palermo leyendo.

¿Qué me importaba a mí lo que le pasase a tres escritores argentinos que andaban con los sentimientos entrelazados? Lo único cierto es que la ley matemática que esta más alejada del fraude es la risa y el verbo, pues las formas se esconden en perplejas emociones de los sentidos fácilmente engañosas que juegan como un tahúr con olores, visiones y tactos; que se compran o se venden, que da lo mismo, donde manda el comercio. Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

No sé si te entendí bien, Girondo, porque no es fácil ser un poeta de vanguardia y pretender que te entiendan, pero esto es lo que me sale en la sed, en el ser, en las psiquis, en las equis, en las exquisitísicas respuestas, en los enlunamientos, en lo erecto por los excesos lesos del erofrote etcétera…; o en el bisueño exhausto del dame toma date hasta el mismo testuz de tu tan gana, en la no fe que rumia, en lo vivisecante, los cateos anímicos, la metafisirrata, en los resumiduendes del egogorgo cósmico, en todo gesto injerto, en toda forma hundido polimellado adrroto a ras afaz subrripio cocopleonasmo exotro.

Yo también envidié, Girondo, que Norah Lange supiera volar y, ¡encima, era pelirroja!



lunes, 8 de agosto de 2016

DÍAS Y VIAJES, AQUELLA VISITA A PAUL BOWLES

Coincidí con Paul Bowles preparando un viaje a Ítaca allá por el año 1990 o antes, que no recuerdo bien porque decidí olvidar las fechas y retener los momentos.

Mi viaje a Ítaca es una larga historia que comenzó como un diario; y que terminó dominada completamente por la ficción en esos límites de la realidad fácilmente conquistables cuando la verdad se convierte en insuficiente para expresar lo que queremos decir.

Los diarios se llenan fácilmente de trivialidades y es necesaria la invención para que parezcan reales. Además nunca escribimos para reflejar cómo somos; sino cómo queremos ser y cómo queremos que nos vean los demás.

Mi viaje a Ítaca, realidad o ficción, fue parte de una promesa y, algún día, tal vez lean esa historia.

- Tú y yo sabemos que nunca llegaré a Ítaca. Ya no podré visitar los emporios de Fenicia ni las ciudades del Egipto. Es tarde.

- Tú y yo iremos a Ítaca. Viajaremos por el Egipto, por el Líbano, por Túnez, por Libia, por Siria; y por Turquía cruzaremos el Helesponto, yo lo haré a nado; y del Peloponeso a Ítaca.

Ella tira a Paul Bowles y a su Cielo Protector lejos de la cama. Con los pies, también, arroja al suelo, lejos del edén que conforman las sábanas y su cuerpo, las enciclopedias; quiere que salgamos del mundo y me toca con sus manos buscando ese lugar donde sólo el deseo existe. Se quita el pañuelo pirata que tapa su cabeza y yo toco esa cabeza desnuda y suave, la misma que tocaría su madre en el momento de su nacimiento, por esos lugares en que su enfermedad se da a conocer en los bordes del cuerpo; con la apariencia, como un buen estratega, de detenerse por dentro y atacar la superficie.

- Nuestra primera parada será Tánger, allí estaremos un día, la Tánger internacional. Hay que preguntar por la casa de Mariquita, la sombrerera, ella nos dirá dónde vive esa tal Juanita Narboni.

- Me duele todo.

Esa tal Juanita Narboni me llevó hasta Paul Bowles. “No sé por qué quieren visitar a ese americano loco, lleno de atrevidas costumbres; su mujer anduvo liada con su sirvienta; él, vaya satanás a saber con quién; ay, Virgencita. Juanita Narboni vive atrapada por ella misma, como su creador Ángel Vázquez, que bien pudo haberse enamorado de mí cuando llegué a Tánger.

 A todos los escritores que conozco les pregunto por qué escriben. Paul Bowles, que es un cínico, extranjero en todas partes, esboza una media sonrisa a izquierda, y me contesta por todos sin referirse a él: primero debo decirte que las preguntas que empiezan con “por qué” no se pueden responder con inteligencia ni veracidad; pero te diré que muy pocos escritores aducen necesidad económica como razón por la que ejercen su profesión. Pero la mayoría dan a entender que los impulsa a escribir una fuerza interior irresistible. O la búsqueda de la miserable inmortalidad.


Yo le dije que lo mío viene de lejos; y que culpo de mi adicción a la escritura a don Ramón Asquerino Fernández; también le comenté que siempre he preferido la lectura a la escritura y que no evoco a la inútil y eterna corrección de borradores la publicación de lo que hago.

- Si sigues así te convertirás en un charlatán pedante- me dijo con sorna; para continur hablando- esa mujer está muy pálida, yo tú la llevaría a un hospital.

-  Últimamente no sale de ellos.

- Hubiera sido mejor ir a Ítaca en avión.

- Queríamos que nuestro viaje fuera largo.

- Tiene toda la pinta de que va a ser tan largo,que ella se va a quedar aquí para siempre- y siguió hablando- ¿Sabes? No hay tarde en la que no reciba la visita de alguien a quien no he visto nunca, ni probablemente vuelva a ver. Éste es un problema grave de hace solo uno o dos años.

- Hoy soy yo esa persona. Pero debe reconocer que la culpa es solo suya; si no llega a publicar nada, nadie hubiera llegado hasta aquí. ¿Por qué lo hizo?

- Quedamos mañana en la estación; iremos a Boussif- dijo sin contestarme.

Durante nuestro viaje en tren siguió hablando de su experiencia en África: el musulmán piensa del comunismo más o menos lo mismo que el hombre de ciudad piensa de la fiebre aftosa: es una seria enfermedad pero él no corre peligro de contraerla; bajo la protección del Islam se siente a salvo de ella.


- Tal vez cuando la tenga, no la haya sentido antes y ya sea tarde- le digo

- Más bien al contrario- me contesta.

Y continúa hablando:
- Quien está enferma es esa mujer que te acompaña,

- Lo sé, está muy enferma.

- Parece mucho mayor que tú.

- También lo sé. Se ha quedado muy delgada, pero mantiene algo de sus formas hermosas. Y su cara es bonita. Retiene trozos de belleza con cada paso y me parece que nuestro viaje a Ítaca va a diluirle los fragmentos de sufrimiento que también destila por su carne. Porque ella, como todos nosotros, vamos repartiendo alegría y dolor a todos aquellos con los que nos tropezamos. Esta es una larga historia- le digo- y ella me ha emplazado a que la escriba para dentro de treinta años, así que ahora no puedo contarle mucho.

- Dentro de treinta años terminarás inventándolo todo.

- Lo sé; pero treinta años pasan volando.

Cambio de tema preguntándole que qué tal Tánger ahora.
- El aire y el viento son todo lo que queda de Tánger- me contesta mientras las secas colinas pasan amarillas por la ventanilla del tren.

Ella se ha quedado dormida, mañana le toca una dura sesión de quimio; pero recordará perfectamente esta noche pasada, cuando estuvimos con Paul Bowles en Boussif, camino de Ítaca y ella no paró de hablar de libros y viajes.

domingo, 10 de julio de 2016

LAS TRISTES, OVIDIO EN SU DESTIERRO




Roma juega con los hombres desde que aquella raza troyana, víctima de una emigración forzada por la guerra, los engendró a imagen y semejanza de sus dioses. Y a Roma siempre hay que volver, para que el César, igual a los dioses, pueda seguir sintiendo su poder en las piedras derruidas, en las tallas limadas por el tiempo y en las arruinadas tumbas que profanó la modernidad; y pueda olvidar por un momento que tan sólo es merecedor de la melancolía de Ozymandias.

Él, igual a los dioses, que con su dedo señalaba la fortuna o la desgracia de los hombres, sigue llevando las riendas del imperio y condena con su todopoderosa mano a los mortales que amenazan su poder, su idea de Roma, y su oscura eternidad.

Esta noche somos dos los desterrados por el emperador Octavio, que ha decidido que Roma vuelva a vivir según los valores que él cree que debe tener un romano, y con un arrebato moralizante sin parangón, anda legislando a diestro y siniestro y aguzando con la espada el comportamiento honesto de los hombres y mujeres de Roma.

No es su familia precisamente el espejo donde debemos mirarnos, y cito a su madre Actia y a su hija Julia, y a él mismo, que junto con Julio César, fueron los dos grandes cánceres de Roma.
Ha obligado a todos los hombres a casarse con un simple decreto, tan simple como que la Ley entregue al Estado los bienes de todos los hombres solteros que mueran sin descendencia. Cuando el poder se pone a pensar no tiene igual; y lo más excepcional es que no tiene parangón incluso cuando ese poder está constituido por los más mediocres de los hombres.

Augusto me ha desterrado por conspirar; a Ovidio por escribir su Arte de Amar que incita, según el César, a obrar mal a todas las matronas de Roma, ¡el viejo poeta condenado como corruptor de costumbres! y algún otro error que él no quiere contar.

De mis amigos no ha venido nadie a despedirme. De Ovidio, en esta noche triste, sólo dos, que de tantos, unus et alter erant. De tantos amigos, apenas me quedasteis dos o tres; los demás eran secuaces de la fortuna, no fieles amigos. Cuanto más reducido vuestro número, con tanto mayor ahínco debéis socorrer al desvalido y dar a su naufragio un seguro puerto.

Embarcamos de noche en el muelle, como bandidos, ya no se oían la voces de los hombres y los perros mientras la luna regía en lo alto del cielo sus nocturnos caballos, ¡qué hexámetro tan sonoro emborronó Ovidio en el momento que soltamos los cabos que nos ataban al puerto de la inconmensurable Roma!: iamque quiescebant voces hominumque canunque, lunaque nocturnos alta regebat equos.  Ya he olvidado el latín y, como Ovidio, ahora me expreso en la lengua áspera de los Getas y los Sármatas. Él sigue hablando solo y escribiendo en la lengua de sus mayores, intentando que su vocabulario no se desvanezca; esa batalla la tiene perdida, pronto sus escritos se llenarán de barbarismos.

Yo aquí me he dado por muerto; él no para de lanzar, en epístolas elegíacas, loas al César alabando la clemencia del todopoderoso igual a los dioses, y obtener su perdón. Se ha arrodillado ante la injusticia del César; Tienen derecho, pues, mis versos, valgan lo que valieren, a entonar, César, con entusiasmo tus alabanzas, y, con derecho imploro de los dioses que no te abran aún las puertas del cielo, y te permitan ser otro dios entre los mortales; está claro que no es un soldado, es un simple poeta lleno de nostalgia. Es verdad que vivimos entre salvajes, que el escudo y la espada duermen bajo nuestra almohada y continuamente tememos los dardos envenenados de la gente de la izquierda del Ponto que es bárbara y siempre dispuesta a la rapiña; entre ella reinan constantemente la sangre, la guerra y la carnicería.

Los días en Tomos, país de los bárbaros, son muy largos y las noches eternas, y no porque nosotros decidiéramos como Júpiter cuando yacía con Almecna  doblar la duración de la noche para que el alba no se presentase como acostumbraba a desunir sus cuerpos. En Tomos el alba no llega nunca. Los campos aparecen desnudos de árboles y verdor. ¡Ay!, estos lugares no debía visitarlos ningún mortal dichoso. Siendo tan dilatada la extensión del universo, ésta es la tierra que fue escogida para mi destierro. Siempre huí de joven las ásperas contiendas bélicas, y nunca manejé las armas sino por juego; y ahora de viejo tengo que ceñir la espada, embrazar el escudo y cubrir con el yelmo mis canos cabellos; pues así que el centinela desde su puesto da la señal de alarma, en seguida mi trémula mano tiene que empuñar el acero. El enemigo feroz, provisto de sus arcos y flechas envenenadas, recorre las murallas con sus jadeantes corceles.

Ovidio, no tienes por qué contar tus calamidades que a nadie interesan, arrastrándote ante el poder del emperador Augusto para que te perdone; tú, que tienes en tu mano el don de la inmortalidad debieras dedicar tus esfuerzos a pintar al tirano de forma que la historia no lo absuelva y la eternidad que le sea entregada por tu mano lo convierta en el déspota que es. Porque si no, su luz brillará injustamente en Roma dos mil años después, el mes más largo llevará su nombre, y el mayor poema jamás escrito en lengua latina habrá salido de su pecho.

Ya llevamos ocho años aquí desterrados, si sabes que la voluble fortuna vaga con pasos inciertos, y en ningún lugar permanece firme y estable: ya se nos muestra sonriente, ya nos pone cara sombría, y sólo es constante en su ligereza; al menos usa tus dones para que la Historia sepa quién era el emperador Octavio Augusto.

Me miras y me contestas: he padecido tantos males como estrellas rutilan en el cielo, como en la árida playa se revuelven menudos átomos de arena; he soportado contrariedades que parecen increíbles, y aunque harto verdaderas, no encontraré quien las crea; parte de ellas debe morir conmigo, y ojalá mi silencio las sepultase en el olvido.

Solo me queda decirte, Ovidio, que no eres más que un poeta irredento; como los que hasta ahora han engrandecido a los tiranos; Agamenón, Príamo, Menelao, Jerjes, César, Octavio,…, y los que quedan por venir.  

sábado, 2 de julio de 2016

EL PENITENTE, ISAAC BASHEVIS SINGER


Creo que la resistencia y la humildad, la fe y la duda, la desesperación y la esperanza pueden alentar de forma simultánea en nuestro espíritu. De hecho una solución absoluta invalidaría el don más inmenso que Dios ha otorgado a la Humanidad… el libre albedrío.

Nunca imaginé no ser libre, nunca imaginé vivir en Un Mundo Feliz incapaz de hacer otra concesión a nuestro espíritu que el disfrute de un goce continuo, cercenado el don de poder elegir.

A Joseph Shapiro me hubiera gustado conocerlo en el Muro de las Lamentaciones, pero lo conocí en una biblioteca. Mejor que nos hayamos conocido en una biblioteca, me dijo, En el Muro el Todopoderoso inspira allí el tráfico de dinero las veinticuatro horas. Sí, le contesté, He conocido muchos sitios así; que si el crucificado volviera al Templo sacaría el látigo, espantando palomas y animales, azotando a mercaderes y arrojando escaleras abajo las mesas donde están depositadas las monedas que son del César.

Ya sé que te has convertido en un baal tshuvah, le dije, has retornado del lugar por donde pasamos casi todos. Yo todavía estoy en él. Sí, me contestó, mi alma ha vivido mucho tiempo en el exilio y ¡qué exilio…., qué amargo exilio!

Sabía, por lo poco que había leído de él, que sufrió el nazismo, que huyó pisándole la muerte los talones a la Unión Soviética, que allí se curó de sus aflicciones comunistas; cualquiera que viva en ese país no puede conservar por mucho tiempo ilusión alguna.

Bueno, le dije, puede que la dirección elegida o impuesta en la Unión soviética no fuera la correcta, pero…; Ciertamente, me cortó, Stalin era absolutamente rechazable, pero si Trosky o Kamenev hubieran seguido en el poder, o se hubieran unido los bolcheviques y los mencheviques, Rusia ahora sería un paraíso. Y si la abuela tuviera ruedas, sería un tranvía. Ya conoces como esos tipos amantes únicamente de la libertad propia se engañan a sí mismos. Muchos de los judíos rojos que nos habían amenazado a mí y a mis semejantes con la horca, habían muerto en cárceles soviéticas o habían sido sometidos a torturas en los campos de concentración de Stalin.

Sé que luego emigraste con tu mujer a América, a Nueva York continué hablando. Sí, me contestó, Y allí me empocé en el capitalismo haciendo dinero a manos llenas, cuando una persona hace mucho dinero pero le falta fe, empieza a preocuparse de una sola cosa: ¿Cómo lograr el máximo placer?; en realidad siempre supe que mi vida era una vergüenza y un deshonor: toda esa codicia de dinero, mis enredos con mujeres, el formar parte de una sociedad que era corrupta desde el principio al fin y cuya justicia residía en alentar el delito.

Después de vivir en todos los paraísos posibles decidí abandonarlo todo, negociar cuanto poseía y marcharme a Israel. No le voy a contar todo, me sonrió, se necesitaría demasiado tiempo para relatar cuánto hube de pasar desde el día en que perdí a mi mujer, a mi amante y mandé a hacer puñetas mi negocio. Mi única salida era el retorno al judaísmo. Yo le respondí que no todos los judíos talmúdicos son santos y para aceptar las leyes de Shulhan Arukh se tenía que creer en la Torah y en la Gemará y en que, todo cuanto los rabinos han escrito fue dado a Moisés en el monte Sinaí. Tú sabes, le dije, que vivimos en un matadero y en un prostíbulo y eso no lo va a cambiar nadie nunca. Entorna los ojos y me dice, desde ayer no como carne aunque acabe condenado a terminar en la Gehenna; y, además,he decidido abrazar al judaísmo.

Y continúa hablando: ustedes sirven a unos ídolos que yo he terminado por rechazar después de haberlos abrazado a todos: han dedicado años a aprender idiomas. Se pasan la vida persiguiendo placeres que no son tales placeres. Se someten a operaciones de nariz. Luchan, en una batalla perdida de antemano, por no hacerse viejos. Mucha gente como usted, y me mira fijamente, ha perdido la vida en nombre del comunismo, del nazismo, del capitalismo o de cualquier otro “ismo”. Todas las cárceles y los hospitales están llenos de gente que se sacrificaron por unos dólares, por una mujer, por un juego de azar, por una carrera de caballos, por venganza, por drogas y sólo el diablo sabe por cuantas cosas más.  

Joseph, le digo, el problema de la sociedad no es la elección entre religión o no; sino entre ética y moralidad o no. Sin religión no existe nada semejante a la moralidad, me contesta, de todas las mentiras del mundo, el humanismo es la más descomunal. En el mundo en el que vivimos nadie se libera de la pasión humana más nefasta: la necesidad de ser importante. Pero, el Señor es bueno con todos, y sus dulces dones se revelan en todas sus obras.

En la biblioteca nos llaman la atención por hablar tanto y hacer ruido y nos invitan “amablemente” a salir. Sin desaprovechar la ocasión el maligno, estoy seguro, antes de que yo cierre el libro El Penitente, editado por Plaza y Janés en el año 1983, y que había extraído de la estantería BP-IV-58-D dos horas atrás, me agita para que le pregunte a Joseph Saphiro: Sí, pero, ¿dónde estaba tu Dios cuando los nazis jugaban con los cráneos de los niños judíos? Si en realidad él existe y permaneció en silencio, Él es tan asesino como Hitler.


El bibliotecario definitivamente me pide que cierre el libro y lo deje sobre el carro que duerme en el pasillo esperando las devoluciones. Comprenderá, me dijo serio, que a una biblioteca no se viene a hablar. Yo sólo sonreí; y pensé para mí; pues yo no vengo a otra cosa; si Isaac Bashevis Singer, y otros como él, estuvieran en la cafetería de la esquina no pisaría una aburrida biblioteca.





viernes, 17 de junio de 2016

PREMIOS EJÉRCITO 2016, UN PALACIO Y EL TIEMPO

A esa pregunta tan original y mágica que siempre te hacen los adultos cuando eres niño: Y tú, jovencito, ¿qué quieres ser de mayor?, yo siempre contestaba: Señora, yo no quiero ser mayor, me gusta ser niño; pero si tengo que elegir, quiero ser un tigre en las selvas de la India, un delfín persiguiendo bancos de sardinas en el Atlántico, o el mejor amigo de mi perro Coco.

Como el futuro es insondable y prepara sorpresas que nunca esperamos a estas alturas de la vida, ese futuro de hace más de cuarenta años ha decidido que me dedique ahora a realizar vídeos y películas de gente muy especial. Ni lo elegí, ni lo intenté, ni lo pedí. Pero he aquí el último.

Y yo que sólo soñaba con ser el mejor amigo de mi perro Coco. Para quien me conoce comentarle que cuando era niño ya tenía un perro que se llamaba Coco, cuyo alma ha ido pasando durante más de cuarenta años a otros perros de nombre Coco, para formar entre todos un alma inmortal. 

Una tarde me mandaron hacer un vídeo sobre un Palacio. Esa misma tarde me salió un endecasílabo y luego llegó, casi sin llamarlo, el vídeo: "Me levantó la púrpura y el rayo". 

Lo peor de todo fue que un montón de locos me dijeron que me ayudarían a hacerlo:

Me levantó la púrpura y el rayo.
Como una moneda, a la mano de un rey
fui entregado para su descanso.
Mi memoria está llena de espadas,
cañones y vagas fechas de invasiones.
Se adueñó de mí una duquesa
que en los infinitos espejos de mi alma
miró con detalle su cuerpo y sus amores.
Fui museo militar, después de ser sólo tierra.
En pie quedó un aljibe, medio patio, dos salones
después que me llevara el viento de la guerra.

A mí me ha sido entregado el don del tiempo, cientos de hombres y mujeres han desaparecido, y desaparecen, veloces delante de mi colección de 90 valiosos relojes; ellos se van, pero yo me quedo. Todos los miércoles, un preciso relojero revisa cada máquina del tiempo, por las que una arena invisible traída de todos los lugares, donde un soldado español ha servido, corre audaz por sus engranajes sin discernir entre lo que borra el tiempo y teje el arte.






domingo, 5 de junio de 2016

STEFAN ZWEIG, EL MUNDO DE AYER


Antes de 1914, viajé a la India y a América sin pasaporte; es más, nunca había tenido ninguno.
Antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma, ahora además necesita un pasaporte, de lo contrario no se le trata como a un hombre.

De todas las profesiones que se pueden tener, elegí o me eligió, que el azar o la severa predestinación juegan a su antojo, aquella que no necesita pasaporte para cruzar fronteras perpetuamente difuminadas por la guerra; y siempre me pareció una ironía perversa que en la guerra el pasaporte fuera papel mojado y en la paz, cuando volviera a visitar esas piedras mágicas que habían sobrevivido a esa cultural y human costumbre de las guerras e invasiones, necesitaría mil sellos y visados.

Fui a Viena un invierno buscando a Stefan Zweig, a Romain Rolland y su novela europea, a Haushofer, Musil, Roth, a la Jesenká, Hille y Verhaeren; buscando a Twain y al hombre del millón de dólares, una ópera, la catedral de San Esteban, un restaurante donde cené tras unas cristaleras con una mujer hermosa mientras nevaba en la calle y el mundo corría a los soportales a refugiarse, y un hotel donde pasé muchas horas con esa misma mujer desnuda mientras la misma nieve firmaba un documento jurando que nosotros dos, pasara lo que pasara, siempre seríamos vieneses.

Por eso, me sorprendí tanto cuando en esa ciudad, nada más llegar, me pidieron el pasaporte. Ya no recordaba, que a Borges y Zweig nunca se lo pidieron porque se dieron a los viajes por Europa y por el mundo antes de 1914. Yo llegué en 1994. Y les dije: "mire esta mujer y yo somos vieneses, tengo una habitación de hotel, un restaurante a espaldas de la catedral de San Esteban y la nieve por testigos". Le enseñé una entrada del Teatro de la calle Winke Wienzeile, un tique del Schloss Schönbrunn y una foto que nos hizo un cochero con chistera en un coche de caballos.

Europa no cedió y nos pidió el pasaporte. Lo entregamos sumisamente y me fui a la caza de Stefan Zweig, austriaco, judío, escritor y humanista. Fui a buscarlo antes de que llegaran los nazis; a él y a Europa:

He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacional socialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.

Sé que pasaba largas horas en el Café Central de la Herrengasse y allí me fui. Zweig no estaba, ni siquiera su nombre arañaba ese mármol que recuerda un pasado intelectual como nunca se ha dado en ninguna otra ciudad del mundo. Pregunté por él a un camarero y me contó que salió huyendo de la barbarie nazi, y que Viena también había desaparecido ya que sólo 2.000 vieneses votaron en contra de la anexión nacional-socialista, mientras la conciencia mundial callaba ante un pueblo alemán que las mismas potencias vencedoras de la Primera Gran Guerra habían envenenado.

Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso —la monarquía de los Habsburgo—, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópolis dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la misma tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte: forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que esta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas.

Iré a Berlín me dije. Me llevaré un libro de Zweig y en la misma plaza donde quemaron los suyos, me sentaré a leerlo. Me sentaré en un banco; ese mismo banco en los que las leyes arias prohibían sentarse a los judíos y abriré su libro. Y soñaré que Zweig, junto a mí, ha vuelto a Berlín a recoger las cenizas de sus volúmenes incendiados para proclamar su victoria sobre el pasado; sabiendo que la historia, como explicó un soldado tullido y cautivo en Argel, es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo porvenir:


Cuando uno intenta trazar retrospectivamente los errores de la política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La idea del mismo era conceder libertad e independencia a las pequeñas naciones, pero él había visto con acierto que tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de todos los estados, pequeños y grandes, en una organización de orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión constante. Pues nada es más peligroso que el delirio de grandeza de los pequeños y lo primero que hicieron los estados pequeños, tan pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra los otros y disputarse territorios minúsculos. 

He seguido a Zweig hasta Brasil. Se ha suicidado. Veremos si Europa no hace lo mismo.















sábado, 28 de mayo de 2016

EN CUMBRES BORRASCOSAS CON EMILY BRÖNTE


No hay nadie que no haya intentado tocar una mariposa y probar la suavidad de sus alas, aun sabiendo que se quedará entre sus dedos el polvo de hadas que les permite volar; convirtiéndola en un ser torpe de lentos movimientos sin la levedad del vuelo.

Con Emily Brönte he vivido desde que era pequeño. En una estantería de mi cuarto, mi madre me colocó dos libros, más por motivos estéticos que literarios, cuyos cantos veía diariamente: Cumbres Borrascosas de Emily Brönte y, el otro, Robinson Crusoe de Daniel Defoe; ambos impresos en 1968 por la Editorial Círculo de Lectores; que prohibía la venta en su primera página a toda persona que no perteneciera a una secta denominada Círculo.

Cumbres Borrascosas pasó muchos días en mi estantería, durmiendo, sin que los vientos del páramo silbaran fuera de sus páginas hasta que Emily empezó a escribir para mí y sólo para mí. No sé qué día, pero sí sé la página por la que lo abrí por primera vez:

— Sólo iré a aquel sitio una vez más —dijo ella—. Me dejarás allí, y allí me quedaré para siempre. Así, dentro de un año volverás a suspirar por tenerme aquí contigo, recordarás este día y pensarás que ahora eres feliz.

Cuando toco por primera vez un libro lo abro por una página al azar antes de empezar a leerlo; es una de mis supersticiones literarias. Todos los autores escriben una frase, especialmente, para cada uno de sus lectores, las mías aparecen por el puro azar, que como escribió Cortázar, sabe hacer muy bien las cosas. Lo abrí por la página 118 y de pronto Emily empezó a escribir para mí: recordarás este día y pensarás que ahora eres feliz.

Desde ese día, he paseado casi todos los años por los páramos de Haworth, al noreste de Yorkshire, que han sido devorados, como la obra de las tres hermanas, las tres grandes escritoras Brönte; por esa leyenda que se ha cernido sobre ellas como una hidra que todo lo consume.

Yo tuve la suerte de leer Cumbres Borrascosas cuando no conocía nada del mito Brönte. que ha terminado santificando la vida y el paisaje que las rodeaba. La confusión entre biografía y obra es perjudicial para el lector y para el autor; pretender que una obra forma parte de una teoría del psicoanálisis del sufrimiento con la continua especulación sobre su vida, que termina siendo inventada en el mito, va alejándose de la verdad y del proceso de creación. 

La leyenda habla de una infancia huérfana y solitaria, un cementerio, una casa parroquial, nieblas y brumas, un hermano bebedor y un padre autoritario; y miente el mito al enredar obra y vida afirmando que sin esas vivencias Emily no hubiera escrito esa genial novela. Emily Brönte escribió una novela de su tiempo, romántica y gótica a la vez, con una venganza inextinguible en el corazón de Heathcliff, una pasión desbordada entre los convencionalismos sociales (la familia Linton) y un amor imposible más allá de la muerte. Emily es una mujer de su tiempo y, tanta biografía, empezando con la de Gaskell sobre Charlotte, no ha hecho sino desmerecer su obra.

Mi opinión es la contraria; no digo que la infancia de las hermanas Brönte fuera fácil; pero en ningún modo se apartaba de las pesadumbres de su tiempo, de la moralidad de la época, ni de las necesidades comunes a los habitantes de Hawthorn. Emily soñaba con escribir, con tener relaciones, con vivir. Fue institutriz, viajó a Bélgica, seguro que se enamoró y, alguna vez no fue correspondida; pero vivió mucho más que cualquier mujer de su época. Enfermó de tuberculosis, mal muy común entonces, murió joven, sí; pero hay que tener en cuenta que la esperanza de vida entonces en Yorkshire era de 28 años. La lucha de las hermanas Brönte contra su propia leyenda es desigual e injusta; aunque al mezclarse en el subconsciente del lector vida y obra, su memoria se ha agigantado saltando la valla de la Granja de los Tordos hasta llegar más allá de Cumbres Borrascosas.

Yo como no conocía nada del romántico mito Brönte, a Emily la tuve tan sólo como confidente de mis cuidados y me enamoré rápido de la manipuladora Catalina;, Caty, a quien un verano anduve besando sin merecerlo. — ¿Usted cree —preguntó la señora Dean— que personas así pueden ser felices en el otro mundo? Daría algo bueno por saberlo.

Odié a Heathcliff, como el odió cuanto lo rodeaba. Un odio que le condujo a ser la persona más infeliz que he conocido.

Sentí pena por Hareton, sobre quien Heathcliff proyectó la mayor de sus venganzas; la condena al analfabetismo. Y sin embargo, fue el único que lo quiso con sinceridad. Le dimos sepultura como había ordenado, no sin que el vecindario se escandalizase. Hareton, yo, el sepulturero y los seis hombres que transportaban el ataúd compusimos todo el cortejo fúnebre. Hareton, con la cara arrasada en lágrimas, cubrió la tumba de verde hierba. Ahora creo que su sepulcro está tan florido como los otros dos que se hallan junto a él, y espero que también su ocupante descanse en paz. 

Entendí que Isabel Linton se enamorara perdidamente de Heathcliff y supe, antes que ella, de su sufrimiento. — No piense más en él, señorita —le aconsejé—. el señor Heathcliff es un pájaro de mal agüero: no le conviene a usted. No puedo negar que es verdad cuanto ha dicho la señora Catalina Linton. Ella lo conoce mejor que yo y que nadie, y nunca le hubiera pintado más malo de lo que es. Las personas honradas no ocultan sus actos. Y él, ¿cómo se ha enriquecido?. Eché de menos que Emily me lo explicara, aunque no necesito saber que todo enriquecimiento suele ser ilícito, de ahí mis reservas hacia los hombres de negocio.

A Eduardo Linton no lo aprecio, él era el centro de todos los errores por ser el portador de todos los convencionalismos sociales, cuando las mujeres que lo rodeaban eran portadoras de todas las rebeldías; sabiendo que la rebeldía sólo conduce al sufrimiento. —¿A qué vienes ahora Eduardo Linton? —dijo con colérica vivacidad—. eres de esos que siempre llegan cuando no hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo que vas a empezar ahora con lamentaciones, pero no por ello conseguirás que deje de irme a mi morada definitiva antes de que concluya la primavera.

Hay quien dice que todavía por los páramos se ven dos almas vagar. Los turistas van a ver si tienen suerte y se los tropiezan. Mejor sentarse, mientras las nubes se acercan al páramo con una brisa fría y ponerse a leer esta historia de amor y venganza. 

Hay quien asegura haberlo visto junto a la iglesia y en los pantanos, y hasta dentro de esta casa. "Eso son habladurías", diría usted, y yo opino lo mismo. Y no obstante, ese viejo que está junto al fuego, en la cocina, jura que, desde que murió Heathcliff, lo ve a él y a Catalina Earnshaw, todas las noches de lluvia, siempre que mira por las ventanas de su cuarto. Y a mí me sucedió una cosa muy rara hace alrededor de un mes. Había ido yo a la Granja una oscura noche que amenazaba tempestad, y al volver a las cumbres encontré a un muchaco que conducía una oveja y dos corderos. Lloraba desconsoladamente.

— ¿Qué te pasa, muchacho? —le pregunté
— Ahí abajo están Heathcliff y una mujer —balbució —, y no me atrevo a pasar porque quieren cogerme.

No intentes tocar a la mariposa,
ni escalar los muros del deseo.
Hallar el descanso en la duda
está en el mismo ser de la alegría



sábado, 21 de mayo de 2016

AMAR O ABORRECER, EL CORAZÓN DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

A Sor Juana Inés de la Cruz llegué por motivos del corazón. 

Hay unas mujeres a las que me hubiera gustado conocer, incluso amar, pero los azares mezquinos de la linealidad del tiempo me lo impidieron: a las hermanas Brönte, a las tres, y a cualquier hora en el páramo; a Emiliy Dickinson, en su encierro en casa de su padre; a Virginia Wolf, a la orilla de un río con los bolsillos llenos de piedra; a María Zambrano, cuando cruzaba las piernas en las tertulias y a todos los sesudos académicos les daba por soñar; a Maruja Mallo, en un lluvioso día compartiendo horas en un hotel de Madrid, a Alejandra Pizarnik, de su mano por París o Buenos Aires; a Gabriela Mistral, entre su amante y ella, las dos tan bellas; a George Sand, escuchando los sones de un piano, medio desnudos por las playas de Mallorca; a Safo y a sus discípulas en Lesbos; a Mary Shelley, en el Polo Norte, buscando un hombre desfigurado y enorme que acaba de nacer con ese tamaño y esas formas; a Anna Ajmatova, en San Petersburgo; a Dorothy Parker, con sombrero o sin él; a Marina Tsvetaiva, llevándole su maleta mientras es deportada a Siberia por los stalinistas; a Sor Juana Inés de la Cruz en la corte del virrey o en su encierro voluntario...; a tantas.

Como he contado antes, a Sor Juana Inés de la Cruz llegué por motivos del corazón. Es un lugar común en la poesía, y en la vida, que un enamorado o enamorada sean respondidos a su pasión con el desdén por parte de la persona amada: el eterno dilema de amar a quien no nos ama y ser amados locamente por quien aborrecemos. La poesía del Siglo de Oro está llena de retazos de vengativos poetas quejándose de almas desdeñosas.

La pregunta que surge en estas situaciones es la siguiente: ¿Qué es mejor: amar o ser amado? ¿Merece la pena vivir el daño de amar furiosamente sin ser correspondido? ¿Sufrimos, también, cuando nos aman con locura sin corresponder? Si hay que elegir entre una de estas dos situaciones; ¿con cuál de ellas nos quedaríamos?
Estas disquisiciones surgieron durante uno de esos cientos de viajes que anduve haciendo, llevando y trayendo camiones por Croacia y Bosnia. Uno de esos días en que hablar sienta bien, Adriana, la intérprete, me preguntó sobre mi vida y le dije que en ese momento me encontraba muy bien, que por fin me sentía de verdad, de verdad, querido por una mujer.
Adriana me miró y dijo, sorprendiéndose: "No, no. Es más importante el sentimiento de querer que el de ser querido; Amar es más intenso que ser amado, El que te quieran perturba menos el corazón, el amar es una sacudida dificilmente comparable".
"Llegó un momento, Adriana", le respondí, "que me cansé y decidí que me movería más a actuar la oportunidad de ser amado que la de amar". Ella siguió en sus trece y yo decidí recurrir a Sor Juana Inés de la Cruz

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante

Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato a quien me quiere ver triunfante.

Si a este pago, padece mi deseo;
si ruego a aquel, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo por mejor partido escojo,
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere vil despojo.

Con 29 años, prefieres, sin duda, ser violento empleo de quien te ama y aborreces, que vil despojo de quien amas y te aborrece. Sor Juana Inés me dio una respuesta que yo no tenía, Adriana no se convenció y seguía pensando que era más intenso amar que ser amado.

Yo, entonces, no sé si era más intenso y bonito amar que ser amado, pero era mejor para mi salud emocional de entonces lo contrario. Han pasado muchos años; y ahora que las pasiones se han apagado un poco, pienso que padecer por activa y por pasiva, pues se padece en querer y en ser querida, no es lo más conveniente para las almas sensibles. Y creo que las dos tenían razón Juana y Adriana, y las dos no la tenían.
Sobre todo porque aprendí en un paseo por París, con los cuellos del abrigo levantados y fumando más que un carretero, que el amor es del todo ingobernable, Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque la aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.

Nos encontramos en la frontera de Metkovic, y me alegro de que por primera vez me sienta amado de verdad, cuando yo no elegí nada.

De nada puedo serviros,
señora, porque soy nadie,
mas quizá por aplaudiros,
podré aspirar a ser alguien.
Hacedme tan señalado
favor, que de aquí en adelante
pueda de vuestros criados
en el número contarme.

Cuando yo pueda volveré a ir a México, espero que no falte mucho.