jueves, 13 de agosto de 2015

KLABUND, MAHOMA, LA NOVELA DE UN PROFETA


Que todo hombre haga lo que quiera hacer, piense lo que quiera pensar, ejercite sus habilidades y sueñe su sueño en libertad.
Libertad, coraix, libertad a todo el que es hijo de una madre. A toda mujer, hija de un padre.

Así habló el Profeta y los cubrió con su voz como un escudo.

Ya no hay duda de que este hombre ha de traer la paz y la concordia a las tribus del desierto, que hasta ahora viven en continua beligerancia, zozobra y preocupación, pues sólo la muerte y la esclavitud rodean sus continuas disputas. Ahora que escucho a este hombre; más humano que cualquiera de los hombres, he de descreer de los dioses Lat y Uzza que rodean la piedra sagrada. Escalaré el monte Hira, me uniré a coptas, beduinas, cristianas y judías. Me uniré a todas las tribus.

Se acabó. Con oro comprabais esclavos. Pero un esclavo es una persona como vosotros, con sangre en las venas y un alma en el corazón. ¡Que sean libres todos los hombres! Porque todos los hombres son hermanos creados según la única imagen del único Dios.

Él mismo cuenta cómo se le apareció el Arcángel Gabriel para traer un nuevo mensaje de esperanza y serenidad; recitando palabras de tolerancia y paz.

Este hombre pide milagros para los leprosos. Su pierna izquierda era poco más que un muñón verdoso carcomido por gusanos blancos, a todos los convirtió en animales y fueron felices.

Ha creado un Estado en Medina, con el simple significado de ciudad, Mahoma llegó a Medina cuando el astro se dirigía hacia el oeste y hubieron pasado doce noches del mes de rabia-l-awwal. Ha introducido el impuesto de pobreza y ha dado la libertad a todos los esclavos y esclavas. Ha desdeñado el oro y habla de un solo Dios, el del amor. No ¡oro!, sino ¡espíritu! Después de pronunciar esas palabras alguien lanzó una piedra sobre él y luego muchos otros lo hirieron gravemente. Pero él no se arredra, sus ojos hablan por él y de su boca siguen saliendo palabras que alterarán para siempre el futuro del desierto y de su mundo: Pero, vosotros, nobles señores y ricos mercaderes, ¿qué sois vosotros? ¡Rígidas estatuas de heces cubiertas de vestidos de seda!

Anda recitando, dicen que no sabe leer ni escribir, un Libro que suena como si fuera música. Otros, más tarde lo escribirán sobre piel de cordero, pergamino, papiro o papel. Otros, más tarde, lo interpretarán y el mensaje de aquellos que se rindieron a la voluntad de Dios correrá por caminos nunca sondados por el Profeta.

Una noche volvió a aparecérsele el arcángel Gabriel con un caballo blanco y subiéndolo a su montura en un nocturno vuelo de estrella lo llevó a Jerusalén: En el cielo de Jerusalén se le acercaron Abraham, Moisés y Jesús para abrazarlo y llamarlo hermano. Juntos oraron y Mahoma les leyó de su libro que todavía no estaba escrito: El Corán. Cuando hubo terminado todos lloraron y Cristo lo besó. El Cristo, nuestro Cristo.

Este hombre ha prohibido la práctica del infanticidio femenino, muy común en la Arabia de aquella época, concedió el derecho a la mujer a la educación, y a poder tener propiedades y a heredar, y por ende a realizar actividades mercantiles. Nada dice el Corán de que las mujeres deban llevar velo o que deban recluirse en habitaciones distintas de la casa. Eso ocurrirá cuatro o cinco generaciones después de la muerte del Profeta. Y yo me extraño.

Y ha mandado a su mujer cristiana, María, la copta, a recorrer la ciudad de La Meca cantando la segunda sura del Corán: somos Dios, venimos de él y a Él nos conduce nuestro camino. Combatid para dios a los que son contrarios a Él y a vosotros. Sed fuertes y valientes: que el espíritu os anime. Pero no seáis los agresores. Dios no ama a los agresores. Ese hombre habla del derecho a defenderse, nunca a agredir, nunca a hacer daño. Sin perdón no hay vida. Sin perdón no hay paz. Si alguien mata a un ser humano es como si hubiera matado a toda la Humanidad.

No negaré que he rezado en las Mezquitas de Beirut y Marjayoun.
No negaré que he rezado durante la Pascua ortodoxa, camino de Trevinje.
No negaré que he rezado por el rito maronita junto al río Hasbani, afluente del Jordán.
No negaré que oí rezar en hindi, a un Dios desconocido, uniéndome como mejor supe a mi compañero.
No negaré que me he arrodillado ante una estatua de Buda en Chengdú.
Y no negaré que sentí alegría cuando, en Cambridge, unos buenos amigos mormones rezaron por mi recuperación cuando me lesioné luchando por un balón en el reino de los Icenos.

Porque nunca he conocido una religión que no tratara de que la bondad y la libertad del hombre se impusiera sobre la perversidad, la crueldad y la podredumbre del alma humana; motivo por el que creo que la religión es ese bien impagable que posee nuestra alma gracias a Dios; por mucho que los extremistas, los asesinos y los violentos quieran adueñarse de ella porque Dios, no hay Dios más que Él y para Él tiene el nombre de BONDAD.

Dando vueltas por esas ferias ambulantes de libros descatalogados y vendidos al peso, me encontré con un raro y delgado volumen escrito en alemán acerca de Mahoma y firmado por un tal Klabund, que rubricaba otros papeles más mundanos como Alfred Henschke; y que, adscrito a la corriente expresionista, llena de sueños y de mitos la biografía del Profeta, mezclándolos con su mundo interior. Merece la pena leerlo.

Muchas veces he escuchado la llamada al rezo desde el minarete de una mezquita, en Sarajevo, Mostar, Marjayoun, Beirut, Sidón, Bamako, Koulikoro..., y siempre la oí como si fuera la palabra de Dios, porque siempre he pensado que sólo los hombres buenos son capaces de hablar con Dios:

Admito que no existe más Dios que Alá
Admito que Mahoma es el apóstol de Dios
Venid a rezar
Venid a rezar 

domingo, 19 de julio de 2015

DIECIOCHO POEMAS, DIECIOCHO WHISKYS CON DYLAN THOMAS

Nunca jamás, por sobre todo,
temas al lobo con su capucha baladora
ni al príncipe con colmillos en la granja solaz, ante la cáscara
y el barro del amor,
teme, sobre todo y siempre, al ladrón manso como el rocío.

Cuando me resolví a ser poeta, como la White Horse Tavern me quedaba muy a desmano, decidí irme a altas horas de la madrugada a la taberna del Amanecer, justo en la orilla del mar, y allí escribir mi primer libro de versos que titularía Dieciocho Poemas. Ya me imaginaba su traducción al inglés, Eighteen Poems.

No era el día de mi cumpleaños, porque yo nací un invierno, pero sí que era el día del cumpleaños de un poeta a quien yo empecé a perseguir, sin entenderlo, porque me deslumbró su manera de pintar, sólo con palabras, imágenes hasta ahora no reconocidas en la poesía. Al menos, para mí.

Un profesor, de esos que no abundan, me dijo: no trates de comprender toda la poesía de Dylan Thomas, lo único importante es que serás otra persona después de haberlo oído. Con él importa el sonido, (motivo por el que me apuré con mi inglés), importan las imágenes y los símbolos y el nuevo uso que el galés le dio a la metáfora; ten en cuenta que a él le gustaba redimir los contrarios con imágenes secretas.

Esa madrugada de entre las dos tareas que Dylan Thomas da a los hombres en su poema Sin trabajar con las palabras decidí coger la más maldita, qué otra cosa se podía hacer con veinticinco años:

Si me pongo a quemar o a resarcir el mundo
lo cual es la tarea de cada uno de los hombres.

Con veinticinco años me decidí a quemar el mundo y no a resarcirlo, que ya tendría tiempo para otro tipo de oraciones cuando mi dolorido cuerpo fuera el que decidiera por mi espíritu.

El camarero se sorprendió cuando le pedí dieciocho whiskys. La verdad es que no le conté que era para escribir dieciocho poemas; porque así, seguramente, lo hubiera entendido. También es verdad que el poeta galés que me acompañaba se dejaba ver poco. Porque ese poeta de rizos, con pinta de guiri que me acompañaba, fue el que me lanzó el órdago: He bebido dieciocho whiskys seguidos sin parar, creo que es un buen record.

Era de madrugada, apenas había nadie en el bar, y el mar se oía latir suave. Abrí mi libro en cuya portada aparecía la foto de Dylan Thomas y con poca luz empecé a leer y a beber:

Quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenía una importancia muy secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo.

El Amanecer permanecía abierto las 24 horas y el mar, con seguridad, seguiría allí durante varios veranos seguidos, así que decidí tomarme con calma los dieciocho whiskys y los dieciocho poemas:

Hay manos que golpean en la puerta ¿Debo abrir o quedarme solo hasta el día que muera sin ser visto por extraños ojos en esta casa blanca?¿Les abro o no les abro mi corazón?
¿Qué guardáis el veneno o las uvas?

Vi un barco salir por la desembocadura: ¿He de correr hacia los barcos?, ¿o he de quedar hasta el día que muera sin dar la bienvenida a marinero o a extranjero alguno?













El poeta galés y yo nos quedamos solos en el Amanecer, el sol todavía no había salido, y yo llevaba bebidos 11 whiskys, y escritos veintidós versos mal alineados. Ya había decidido que no moriría sin ser visto por extraños ojos en mi casa blanca. Que mi destino estaba lejos. Así que me decidí, si sobrevivía a los dieciocho whiskys, a buscarme una profesión en la que yo fuera el forastero.

Y también había decidido, de la mano del bebedor poeta de rizos, cómo me gustaría conocer a la muerte. El galés me dijo: todavía eres joven,  sonrió y recitó con su voz distinguida:

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.


                              

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.


Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Esta historia ocurrió cuando era yo un muchacho presuntuoso y una pizca de hombre  y el negro escupitajo de los feligreses; pero desde entonces llevo conmigo un libro de versos de Dylan Thomas, porque los grandes poetas tienen la rara facultad de escribir poemas para que siempre sean leídos por primera vez.




                               



El libro que tengo en mis manos es de la Editorial Corregidor  traducido por Elizabeth Azcona Cranwell,  No se que tiene la Argentina conmigo que siempre acabo en sus brazos.



sábado, 4 de julio de 2015

ASESINANDO A SÓCRATES




Me han contado que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los Cielos y en las entrañas de la Tierra y sabe convertir en buena una mala causa, que anda corrompiendo a los jóvenes y que a los hombres de negocio y a los políticos les va echando en cara sin ninguna vergüenza su afán por el dinero, la fama y la riqueza; y que ha proclamado, mirando a los ojos a jueces y a oradores, que la mayor virtud que pueden tener consiste en decir la verdad. ¿Quién se ha creído que es ese Sócrates?

Y encima con chulería, ese Sócrates impío, que no hace otra cosa que pasear por los aires su filosofía y otras extravagancias similares, mirándonos a los ojos da por bienvenido su futuro: venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

Desde hoy Sócrates vas a ser condenado a muerte. Desde hoy, Sócrates, cada día el poder corrompido, va a hacerte beber la cicuta pues es preciso obedecer a la ley y defenderse. No importa que tu amigo Querefon haya ido al oráculo de Delfos y, preguntando al dios por el hombre más sabio del mundo, la Pythia, en trance, le haya respondido que eres tú Sócrates. Tú que te atreves a proclamar que el sol es una piedra y la luna una tierra, cuando todo el mundo sabe que son dioses.

Sócrates, si esta sociedad está basada en el éxito, la búsqueda de la riqueza, la fama, el ser en todo el primero, en la injusticia y en la insolidaridad cómo te atreves a criticarla cada día, esta sociedad que te da de comer. Bien es verdad que participaste en tres guerras, en Potidea, en Anfípolis y en Delio, y te portaste con valor obedeciendo a tus generales, arriesgando tu vida por la libertad de esta sociedad que ahora te condena, porque eres incapaz de no cumplir las leyes, hombre recto o eso crees; y para confirmarlo pones de testigo a tu inexcusable pobreza.

Que la confirmación de la rectitud de un hombre, integridad, honradez, dignidad venga avalada por su pobreza es claro síntoma de que debes recibir un justo castigo a tu desfachatez y seas condenado cada día a beber un vaso de cicuta; aunque vuelvas a decirnos mirándonos a los ojos cada día que la muerte no es nada, lo que no hay que cometer nunca son iniquidades e injusticias. No es difícil evitar la muerte, lo es mucho más evitar la deshonra y la maldad que marcha más ligera que la muerte.

Y encima sigues creyendo que eres inocente, ¿cómo va esta sociedad a perdonarte? ¿Inocente?, cuando proclamas que a qué penas van a condenarte por no haber callado las cosas buenas que aprendiste toda tu vida, por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades. ¡Sócrates, vamos a asesinarte cada día! ¡No tienes remedio!

¡No piensas parar nunca! Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los atormentéis, como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren las riquezas a la virtud, y que se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos a la vergüenza, si no se aplican a lo que deben aplicarse, y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros.

Bebe la cicuta, Sócrates y vete ya a tu infierno de moralidad, no has entendido nada de nuestra sociedad.

Sí, es tiempo de que me retire, yo para morir, vosotros a vivir, ¿entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

¿Vuelves a amenazarnos con tus veladas palabras, Sócrates? No importa, mañana volveremos a asesinarte; y así nos pasaremos nuestra vida asesinando a Sócrates.


domingo, 21 de junio de 2015

LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID, CUANDO LOS EDITORES LUCHABAN CONTRA FUERZAS OCULTAS


He entrado a la Feria del Libro por la Puerta de Alcalá. No tiene pérdida, atraviesas el parque dirección noreste y continúas por ese camino guiado por la gente que regresa con libros entre las manos, firmados por sus autores, con una leve dedicatoria a ese desconocido que sólo y en casa se dará a su lectura.

Conforme entro me llevo una alegría porque en la primera caseta andan firmando dos poetas franceses, mal vestidos y mal lavados, con pintas de ser protagonistas de una huida hacia ninguna parte y que, sin que nadie lo sepa, llevan en sus bolsillos parte de la más grande poesía contemporánea. Detrás de ellos, sirviéndoles de traductor, anda un poeta sevillano, cuya vida privada también les gusta airear a los vociferadores de los medios y que tildan sin ambages, de “maricón perdido”, y que también tuvo que huir de todas partes, como los dos anteriores. Le inquiero a Luis, el solitario poeta sevillano, que me hable de ellos:

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno
que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida
esposa.
Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
en ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

Para no seguir recitando, me remite a los Pájaros en la Noche, Birds in the Night, me dice él, que para eso fue lector de español en varias universidades inglesas y norteamericanas.
Le pregunto por qué no hay nadie pidiéndole unas firmas a esos dos poetas. “Porque la buena poesía siempre ha estado muda, como ahora, y rara vez hay Ferias para ella”, me responde. Yo me he hecho con un ejemplar de Una Estación en el Infierno, firmado por Rimbaud, el golfo, y otro de Paisajes Tristes de Verlaine, el borracho.
Miro hacia atrás y no veo a nadie pendiente de querer una firma suya. Aunque sé que ahora le van a poner una placa por su visita:

Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y
alcalde,
Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y
Rimbaud cuando vivían.

Continúo andando y veo que en la caseta número 2 anuncian la firma de 19:00 a 21:00 horas de un poeta portugués, tampoco hay nadie comprando o solicitándole una firma. ¡Nadie! Bien es verdad que desde que envió sus perfectos sonetos a los editores ingleses y estos no quisieron publicárselos se fía poco de los editores; piensa que fuerzas ocultas y el poder mismo los anda sustituyendo por gente oscura para que cada vez los hombres sean menos libres.

Le conté que estuve con Saramago El Año de la muerte de Ricardo Reis, y me dijo que el maestro fresador, sabe de Literatura más de lo que aparenta. Le compro un ejemplar de El Libro del Desasosiego y le pregunto, por qué hay tantas frases inconclusas. “Termínalas, tú”, me dice, “puede que mejores el original”. Antes de despedirme le comento que yo también soy contable en una gran compañía. Me despido con un: nos vemos en Pessoa, esa ciudad portuguesa que tanto he visitado y que cambió de nombre por culpa de un genial poeta.
Nada es premio: sucede lo que pasa.
Nada, Lidia, debemos
al hado, salvo tenerlo.

Sigo andando por la Feria del Libro y empiezo a ver largas colas, ¿quién andará ahí, si las dos casetas anteriores donde fluía la mejor poesía estaban vacías?, me pregunto.
Me acerco y veo que están firmando afamados cocineros. Cientos de personas miran con curiosidad. Me alegra saber que la cocina tiene un hueco en la literatura.

En otra caseta hay una larga hilera de gente ansiosa, con guardias de seguridad. Pregunto y me indican que es una afamada presentadora de televisión, casada con un deportista que ha escrito un libro.

Me acuerdo de un amigo, que incapaz de que algún editor le publicara nada, anda ahora prestando servicios de negro a afamados deportistas, y vende como nadie. Desde luego sin escribir lo que él desea.
Ante otra cola multitudinaria me encuentro a un político firmando libros; y, en otra, a dos presentadores y humoristas de la televisión. Me alegro por ellos de su efímero éxito.

Decido pasar de largo de esas casetas, porque las largas colas me ponen nervioso. Debe ser una enfermedad. Emily Dickinson, padecía agorafobia, yo debo tener colafobia. Pregunté por ella, por la poeta inglesa, y me comentaron que no iba a venir porque nunca salía de casa. Siempre envidié a Thomas Higginson porque durante ocho años fue la única persona que leyó los poemas de Emily, aunque sin hacerle mucho caso en un principio.

Sigo andando y vuelvo a encontrarme con un poeta solitario, apenas hay nadie pidiéndole una firma o unas palabras. Le conozco desde hace mucho tiempo. Javier Lostalé ha llevado la poesía a todos los lugares del mundo y lo sigue haciendo y como Pessoa, Verlaine o Rimbaud anda en una caseta de la Feria del Libro viendo pasar la gente y midiendo El Pulso de las Nubes.

En la vida todo lo abriste
con una llave de niebla,
por eso leerla hoy no puedes
borrado en su latido de humo.

Javier no me reconoce, que soy el mismo del año pasado, y después de charlar un rato con esa voz que lleva la poesía por el aire desde hace cincuenta años, me dice:
Por hablar conmigo, no tienes por qué comprar el libro.

Le enseño los libros que llevo comprados y me dice con una sonrisa: ¡Ah, entonces, sí!
Me despido de Javier, pensando que al menos hay un editor que no ha sido sustituido por las fuerzas ocultas de Pessoa, para que los hombres sean menos libres, sabiendo que yo:
Soy un súbdito,
quien está dispuesto a morir
por un reino que ya no existe.

Continúo andando porque he quedado con José Calvo Poyato, porque como él dice, hemos hecho alguna travesura juntos, siguiendo las huellas de El Gran Capitán por las tierras de Montilla.

Antes me cruzo con otra cola interminable de jovenzuelas, persiguiendo una firma en una caseta. Me alegra saber que la gente joven lee, espero que no sea en la dirección de las fuerzas ocultas que tanto asfixiaban al gigante Pessoa.

Yo, que no soy nadie, por si acaso, no quiero tentar a esas fuerzas ocultas que parece que son muy poderosas y que están sustituyendo a los editores por hombres de negocios para que la gente sea menos libre; así que he evitado todas esas casetas de largas colas, gritos y guardias de seguridad y me he ido con Pepe a hablar sobre El Sueño de Hypatía y sobre El Gran Capitán, que, casi siempre, los viajes en el tiempo son más enriquecedores que la actualidad.



















jueves, 4 de junio de 2015

LA METAMORFOSIS DE FRANK KAFKA


CUANDO ME CONVERTÍ EN ESCARABAJO


Hoy he decidido ir a coger escarabajos con Jorge, que es mi experto en coleópteros, porque ayer me convertí en Gregorio Samsa y he pensado que sería una buena forma de que transcurra la mañana. “¿Qué me ha pasado?”, pensó. No era un sueño. Su habitación, un auténtico habitáculo humano, estaba tranquila entre las cuatro paredes bien conocidas.

Agradezco a mis profesores que nunca me explicaran por qué Gregorio Samsa se había convertido en un escarabajo. En arte y sobre todo en Literatura no todo conviene ser declarado, pues hay ventanas que tiene que abrirlas uno mismo con sus propias manos; y tampoco pasa nada si alguien que ve la ventana cerrada no quiere abrirla. La ventana seguirá siempre ahí.

Ayer, durante una reunión, me convertí en Gregorio Samsa, porque me transformé de pronto en un escarabajo; y por más que intentaba explicarme nadie conseguía entenderme ni oírme. Un raro silbido se mezclaba con la voz y la terminaba aligerando tanto que apenas era audible para el resto, no me entienden, me dije. Era sin duda su voz de siempre, pero parecía que desde abajo se le mezclaba un pitido irreprimible y doloroso que deformaba extrañamente las palabras. Gregorio hubiera querido explicarse, pero, en esas condiciones…

Ya está, pensé para mí, ya sé por qué Gregorio Samsa se convirtió en un escarabajo: porque nadie podía entenderlo, porque la incomunicación se había apoderado de él, y porque la puerta de su habitación que nadie quería traspasar para verlo o preguntarle qué le pasaba, se convirtió en un muro infranqueable, aunque estuviese abierta: La gran incomunicación del padre y la madre con su hijo.

Cuando traté de levantarme de la silla, viendo que nadie podía oírme, presentí que me había convertido en Gregorio Samsa, porque intenté primero mover la parte inferior del cuerpo, pero esta parte que aún ni había visto y de la que no lograba hacerse una imagen clara, resultó muy difícil de mover; y cuando por fin, casi enloquecido pero con toda su fuerza y sin consideración, se dio un impulso hacia delante, resultó que se había equivocado de dirección y se golpeó violentamente contra la madera de los pies…

Lo mejor sería esperar a que todos salieran, con una amable sonrisa, y luego apañármelas como pudiera para alcanzar mi coche, llegar a casa y esperar a que acabase el día. Todos salieron con un saludo fugaz, casi sin mirar cómo era el bicho en que me había convertido.

Solo, me sentí mejor, pude empezar a moverme, las patitas ya estaban en suelo firme y obedecían perfectamente. Incluso se empeñaron en llevarlo directamente donde él quería, pero no había nadie que pudiera abrirme la puerta y me pregunté otra vez por qué el padre de Gregorio Samsa no le abrió la otra hoja de la puerta para que saliera de la habitación y pudieran hablar de sus problemas, ahora lo sé: Al padre no se le ocurrió abrir la otra hoja de la puerta, para que Gregorio pudiera pasar. Estaba obsesionado con la idea de que Gregorio tenía que meterse en la habitación lo antes posible. Jamás el padre le habría concedido el tiempo necesario para efectuar los complicados preparativos que le permitieran incorporarse y pasar sin daño.

Tengo que reconocer que esa incomunicación no está sólo motivada por el padre, algo de culpa tendrá Gregorio, pero una vez llegado hasta ahí, el significado de la palabra comprensión debe venir más del exterior del problema que del interior, cuyos recursos son siempre menores. Gregorio Samsa y yo ya nos hemos convertido en escarabajo: “Queridos padres”, dijo la hermana dando un manotazo en la mesa, “las cosas no pueden seguir así. Si vosotros no lo queréis comprender, yo sí lo comprendo. Delante de este monstruo, no quiero pronunciar el nombre de mi hermano,  y por esto lo digo: nos lo tenemos que quitar de encima”.

No era ese tipo de comprensión lo que Gregorio buscaba, ni yo.

Ahora me fijo más en las cosas, y creo que todos somos un poco Gregorio Samsa; no hace falta que os explique por qué, el arte deja siempre ventanas cerradas. Todos somos o hemos sido un poco Gregorio Samsa, incomprendidos e incomunicados.

Jorge, mientras andamos por el campo, con la cerviz agachada, buscando coleópteros, sin hacer ascos a cualquier otro tipo de bichos, me cuenta que hay más de 375.000 tipos de escarabajos.

Mientras él habla sin parar sobre los que vuelan y los que no, yo pienso que a esas 375.000 especies hay que sumarle una más que cuenta con aproximadamente 7 mil millones de individuos que andan sobre dos piernas y que viven en una incomunicación e incomprensión permanente como Gregorio Samsa, porque la incomprensión es la principal de sus características.

Yo, sin más, ayer me convertí en escarabajo, y me acordé de Kafka; de todas formas voy a hacer caso a uno de los aforismos kafkianos que dice: Entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo. Así que voy a echarle valor, voy a vestirme de gran capitán y me pondré de parte del mundo.

No sé por qué ayer me acordé de Kafka, pero tampoco es necesario que ni ustedes ni yo lo entendamos todo.




domingo, 31 de mayo de 2015

BENJAMIN BLACK O JOHN BANVILLE, ÓRDENES SAGRADAS




Yo nunca quise viajar a Irlanda hasta que Joyce volviera a escribir el Ulises para mí. Sé que algún día lo hará y que las trece tentativas de su lectura que hasta ahora sumo, jugarán muy a mí favor.

Lo que ha pasado es que Irlanda ha terminado viniendo a mí.

Todo empezó con una recomendación, un premio y un asesinato en Dublín, bajo el puente de Lesson street. Parecía fácil, pero la persona que yo buscaba había cambiado de nombre y ahora se hacía pasar por un tal Benjamin Black, escritor de novelas policíacas que se había sacado de la manga a un forense, con todos los síntomas de un protagonista de la novela negra:
alcohólico, solitario, que tiene una difícil relación con una actriz de no mucho éxito, con una profunda crisis de identidad que se la ha transmitido a su hija, con problemas psicológicos que le hacen ver cosas que nunca ocurren, y que además arrastra un pasado difícil en un internado religioso irlandés que refiere, desde la primera línea, su relación con la iglesia irlandesa a la que atacará con razón o sin ella.

Un tipo así sólo puede ser detective en una novela negra; y eso que inicialmente Benjamin Black creó a Quirke alto, rubio e irresistible para las mujeres; menos mal que los lectores y el propio Quirke han dejado claro que esos no eran los cánones de una novela negra, y que los géneros tienen unas reglas que no son fáciles de modificar.


¿Por qué no era posible desconectar la mente, dejar de pensar, de recordar, de lamentar, aunque sólo fuese un instante? ¿Por qué pensaba tanto en el pasado? Después de todo, el pasado era donde más infeliz había sido.  

Quirke vive entre cadáveres, es forense y hace trabajos abriendo cuerpos ya inertes para la policía. Entre copa y copa y entre despojo y despojo, sabe que la muerte, esa transgresora, no tiene ningún respeto por las formalidades de la vida social. Sabe también que no tenemos nada, que esos afanes capitalistas normalmente se ahogan en un vaso de agua, un cáncer o un mal funcionamiento del corazón. Ha visto demasiados muertos. Agradece que sea el inspector Hackett quien hable con los familiares del difunto; no se trataba de que él fuera una persona insensible, sucedía más bien al contrario. Simplemente nunca se sabía qué se suponía que tenía que decir, qué consuelo debía ofrecer.


El problema de Benjamín Black es que cuando escribe una novela negra termina escribiendo literatura y eso es imperdonable, y eso que le he escuchado decir que: ¡No, yo no quería esto, quería que fuese novela negra, arruinar mi reputación, ganar mucho dinero. Es todavía mi mayor deseo, arruinar mi reputación!”.

Hackett es el complemento natural de Quirke, es el policía pragmático con mucha experiencia a sus espaldas e irlandés hasta la médula, porque Irlanda, la madre Irlanda no escapa a su espíritu, ni al suyo ni al de Benjamin Black; Hackett tenía que reconocer que, algunas veces, su país le ponía enfermo con su mentalidad provinciana, su timidez incorregible y su estrechez de miras. Irlanda es una de esas madres a la que se ama con el alma y que a la vez se la odia con la misma alma.

En esta trama queda por llegar el dueño del periódico, el señor Sumner, esa prensa sin escrúpulos, (¿hay alguna que los tenga?), que siempre se mueve para atizar los hilos del poder y del negocio a su favor:


- ¡Yo vendo periódicos! Póngase en contacto con ese policía como quiera que se llame, y sáquele información. Si le dicen que no tienen nada, invente algo: “lío amoroso, clave para el asesinato”, o “misteriosa mujer vista cerca”. Pero, ¿qué?...
- No fue así, no podemos inventar cosas; es así de simple, hay un límite.
- Se equivoca, Harry, no existen más límites que los que uno se impone. Es lo que se aprende en una vida dedicada a los negocios.

En este momento cierro el libro y recuerdo a Auden, y su desprecio por los hombres de negocios. Yo tengo los mismos prejuicios sobre los hombres de negocios y por todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario.

Un forense alcohólico, un policía harto de lo que lo rodea y sin fe en su país, un dueño de un medio de comunicación que sólo piensa en ganar dinero, gente de bajos fondos, ¿qué nos falta?
Una chica dulce: Phoebe. La hija de Quirke: se llevó la mano al corazón. Todavía golpeaba sus costillas como un pájaro grande y corpulento encerrado en una jaula demasiado pequeña.


El amor es el amor y siempre exige más de lo que un amante es capaz de dar. Phoebe es una joven delicada que merece mucho más de lo que la vida e Irlanda le ha dado. Una Irlanda que es la madre que todos quieren abandonar con destino a Londres. Va a Londres, Sally, la hermana de la víctima, van a Londres los tinkers violentos; también quiere huir a Londres Phoebe. ¿Qué tiene Londres para un irlandés?

Benjamín Black no se olvida de que vive en Irlanda, no olvida, tal vez en exceso, los escándalos de la iglesia irlandesa, no olvida que lo que él escribe es Literatura, y en este libro ha tenido la suerte de que una persona haya dicho el nombre del asesino sin investigación ni torturas. Eso que se han ahorrado el forense Quirke y el inspector Hackkett.

Usted y yo somos hombre de mundo- dijo el cura- Y el mundo es cruel y porfiado.

Cierro el libro de pastas negras, y ya he decidido quién soy yo.
En toda novela negra el lector sólo puede ser el muerto o el inspector, ¿cuál de ellos eres tú? 


                                 











domingo, 24 de mayo de 2015

TAWFIQ ZAYYAD, AMMAN EN SEPTIEMBRE, PALESTINA EN INVIERNO




Las hojas de los libros son como alas de palomas que los llevan a merced de ignotas incertidumbres hacia lugares en los que nunca esperábamos encontrarlos; y más ahora en los que las palabras que no andan reflejadas en una pantalla de plasma, que evita brillos a los ojos y con fuente de luz propia, han perdido su valor para la modernidad.
En estos tiempos la palabra escrita sobre el papel vuela sin medida y te depara las más grandes de las sorpresas en los lugares más extraños.

Camellero,
salúdame a Salt.
Su tierra está sembrada de muerte tras muerte.
Y si pasas ante una crucificada desnuda,
arrójale un manto, que es mi hermana.

En esta última feria del libro antiguo y de ocasión andaba yo buscando cualquier cosa a precio de saldo de Vicente Huidobro y de Dylan Thomas, para seguir leyendo algo sobre el güisqui y el alma humana, cuando de pronto adiviné un reflejo naranja, de entre un montón de libros de la caseta.


Empecé a abrir esa pila desordenada de libros abandonados y, como el corazón palpitante que pidiera un poco de ayuda y de fortuna, se me agarró un pequeño volumen a la mano. Abrí la primera página y adiviné una palabra que no venía impresa y que sólo podía leer yo: RESISTENCIA.

Ya estoy seguro de que si algo va a perdurar sólo lo hará la poesía, y será esa poesía oral que de boca en boca, de labio en labio, de alma en alma, y de corazón en corazón van declamando los poetas por las calles y las plazas, y las madres le cantan a sus hijos las noches en que todos tienen miedo.

Sobre los escombros,
Bajo los escombros,
En el umbral de las casas,
En los faroles de las calles,
En las ramas de los árboles quemados,
Y en las plazas
y en los caminos
y en las calles
surcadas de tanques.

El libro de tapas naranjas, editado por Hiperión en 1979, se abre solo sin necesidad de que lo toquemos, porque la sangre palpita en esas letras, empujada por la memoria que la poesía mantendrá viva hasta el fin de los tiempos:

Las cifras son terribles:
miles de asesinados  -¿diez mil?
(¿dos mil muertos hoy?)
¿Quién sabe cuántos?

Y es esa visión de injusticia, que necesita reparación, la que el poeta declama a la calle sabiendo que como la poesía vivirá siempre también lo hará la RESISTENCIA de un pueblo que lleva esas palabras en su boca:

Os convoco,
os estrecho las manos.
Beso la tierra bajo vuestros zapatos
y digo: «os rescato,
os regalo la luz de mis ojos
y el calor de mi corazón os lo doy,
pues la tragedia que vivo
es parte de vuestra tragedia.

De la mano del poeta cuyas palabras aparecen iluminadas en una feria de libros antiguos y de ocasión, abandonadas, amontonados los volúmenes sin destino vivo, vuelvo a Palestina.
Y recuerdo a Ammán en septiembre y a los miles de mujeres y niños asesinados; y vuelvo a Beirut, a Sabra y Chatila, y creo que ha habido demasiada gente inocente violentada, (por no escribir las palabras que merecen esas acciones y que no deben ser escritas, pero que son las que me salen de la garganta). Y creo que a los violentos les gusta tener enfrente a violentos para alimentarse mutuamente. Y en esas estamos; con violentos mandando en todos los frentes, que no quieren la paz sino a más violentos enfrente que justifiquen su razón de ser.

Y también creo que los inocentes siempre terminan crucificados.

Pero para ellos, para los inocentes, quedan los poetas, queda la memoria y queda la eternidad, no para ti Habis, gusano, hijo de gusano, Habis, impone una guerra civil mientras los lobos voraces del ídolo siguen desgarrándome las entrañas. Y yo sigo muriendo mil veces el mismo día y viviendo otras mil el mismo día. Para ti, un poeta de Nazaret ha reservado el infierno de Dante.

Para recordar
seguiré sin descanso grabando
todos los capítulos de mi tragedia
y todas las etapas del desastre
desde el principio hasta el fin.
Allá en un olivo
en el patio de mi casa.

Termino de leer el libro de tapas naranjas y lo pongo en la estantería, sabiendo que las hojas de los libros son como alas de palomas que los llevan a merced de ignotas incertidumbres hacia lugares en los que nunca esperábamos encontrarlos; y lo coloco en su sitio junto al Archipiélago Gulag de Alexander Soljenitzin, y junto a Si esto es un Hombre de Primo Levi, y junto a Sin Destino de Imre Kertesz, y junto a El Crimen del Soldado de Erri de Luca, y junto a…

Toda acción tiene respuesta.
Leed lo que dice el Libro.
Como si fuéramos veinte prodigios.
En Lidda, en Ramal, en Galilea.