domingo, 9 de junio de 2013

ANTONIO MUÑOZ MOLINA, ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

 Habían pasado casi dos años desde la última vez que vi a Antonio Muñoz Molina, pero cuando volví a encontrame con él, a medianoche, en la barra del Metropolitano, hubo en nuestro mutuo saludo la misma falta de énfasis que si hubiéramos estado bebiendo juntos la noche anterior; no en Madrid, sino en San Sebastián, en el bar de Floro Bloom, donde él había estado tocando una larga temporada.
Ahora andaba tocando en el Retiro, junto a un bajista negro y un batería francés muy nervioso y muy joven que parecía nórdico y al que llamaban Bubby.

A Muñoz Molina le agradeceré siempre que me acompañara a Sierra Mágina, sobre todo porque él se ofreció sin yo pedírselo. Andaba yo por aquellos tiempos en Zaragoza, con la sana intención de imitar a Vargas Llosa y sus vivencias en el Leoncio Prada, tratando de escribir algo parecido a La Ciudad y Los Perros del peruano. Como mi poco talento me lo impedía, porque lo que escribía la tarde anterior lo destruía al día siguiente, decidí darme un descanso, y dedicarme a la lectura lo más intensamente que me permitían el cálculo, el álgebra, la electrónica, la topografía, la estadística, la química y otras asignaturas científicas a las que una elección precipitada en el Instituto me abocaron. Ahora me alegro de aquella elección precipitada, porque con el tiempo me he dado cuenta que no hay derecho a que con quince años te arrebaten la mitad de lo que debe aprender un niño: o Ciencias o Letras.

En una librería del Paseo de la Independencia, vi un libro que se titulaba  Beatus Ille y el título rápidamente me recordó a Horacio y a Fray Luis de León:
Beatus ille qui procul negotiis, ut prisca gens mortalium, paterna rura bobus exercet suis, solutus omni fenore, neque exitatur classico meles truci, neque horret iratum mare, forumque vitat et superba civium, potentiorum limina.
(Dichoso aquel que alejado de los negocios, como aquellos primeros hombres mortales, dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus bueyes, libre de toda deuda, y no se despierta como los soldados con el toque de diana amenazador, ni teme a la ira del mar, y evita el foro y los soberbios palacios de los poderosos).

Como sabéis que uno siempre vive de las señales (con razón o sin ella) decidí abrir el libro y leer unos párrafos. En ese momento comenzó mi viaje a Mágina: El tranvía baja despacio la ladera de Mágina hacia el Guadalquivir. Lejos, entre los olivos azules y las dunas de trigo o pardo barbecho, relumbra el río como una lámina de metal de plata, del mismo vidrio lívido y azul que tiene el aire en el límite de la sierra. A medida que va descendiendo hacia el Guadalquivir, el tranvía avanza más rápido entre los olivares, cuyas largas hileras se abren como en abanicos de puntos de fuga sucesivos. Del río Guadalquivir sé algo porque lo he visto encontrarse con el océano durante muchos días, y reconozco por su color qué tal les ha ido a los barcos que embocan la Punta de Malandar. No sin asombro, reconozco que nací en La Otra Banda de la Argónida, único delito en mi vida en el que no he tenido nada que ver.

Si Mágina está cerca del Gualdalquivir, rodeada de olivos, no tengo más remedio que ir allí, me dije. Vi el precio que a lápiz venía escrito en la primera página, 1.200 pesetas, y me decidí por ese módico precio a pasar una temporada en aquella sierra y en aquel lugar. Mágina. Sierra Magina. La muerte, pensó, no es una frontera, esa franja inmóvil que uno imagina cuando acaba de suceder, sino una lenta lejanía que acaba en el olvido y en la deslealtad... ... y las figuras de sus padres se desdibujaban sin remedio, del mismo modo que su vida y su porvenir, abolido en el tiempo... Esa semana no salí de Mágina y con todo merecimiento suspendí el examen de electrónica, pero pensé que había descubierto un lugar mítico como la Región de Benet, la Comala de Rulfo, la Santa María de Onetti, el Macondo de García Márquez, o la misma Barcelona de Vázquez Montalbán. 

Un par de años después pasé Un Invierno en Lisboa con Antonio Muñoz Molina y no recuerdo, salvo la mágica excepción de la bendita Rayuela, haberlo pasado mejor escuchando Jazz: Tocaba sin inclinarse sobre el teclado, más bien alzando la cabeza, para que el humo del cigarrillo no le diera en los ojos. Tocaba mirando al público y haciendo rápidas contraseñas a los otros músicos, y sus manos se movían a una velocidad que parecía excluir la premeditación o la técnica, como si obedecieran únicamente a un azar que un segundo más tarde, en el aire donde sonaban las notas, se organizase por sí mismo en una melodía , igual que el humo de un cigarrillo adquiere formas de volutas azules.

Y a partir de ahí me ha dado por acompañarlo cada vez que ha tenido a bien publicar un nuevo manuscrito.

Ayer andaba con su último libro de ensayos: Todo lo que era sólido. Un libro acerca de lo acontecido en estos últimos años de crisis, no sólo económica, sino social y moral, porque todo lo que parecía sólido se disuelve en el aire.

Siempre conviene ir a los clásicos para explicar el mundo que nos rodea y sus circunstancias y Muñoz Molina ya es un clásico sin necesidad de que pasen cuatrocientos años. Suerte que tenemos: Hace falta una serena rebelión cívica..., hay cosas inaplazables, porque como dice la cita inicial del libro que ayer andaba firmando: es extraordinario cómo pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos, los pensamientos aletargados. (Lord Jim. Joseph Conrad)

Lo dicho, maestro, nos vemos en otro par de años, (Jorge, mi fotógrafa particular y yo andaremos por allí) y enhorabuena por el Premio Príncipe de Asturias de las Letras: Reconocí su manera de andar mientras cruzaba la calle, ya convertida en una lejana mancha blanca entre la multitud, perdida en ella, invisible, súbitamente borrada tras los paraguas abiertos y los automóviles, como si nunca hubiera existido. 


  



sábado, 1 de junio de 2013

UN PASEO POR EL HIPERREALISMO EN EL THYSSEN




Esto no puede seguir:
Después de todo es injusticia a su modo.
¿Cómo, de qué modo se puso de moda?
Deliberada indiferencia hacia los vivos,
deliberado cultivo de los muertos.

Evgueni Evtushenko

Si alguien me preguntase cuándo fueron escritos estos versos, sin dudarlo, contestaría: ¡ayer mismo! Y me imagino al joven poeta Evtushenko, ese joven rebelde del difícil mundo soviético, encendiendo la televisión y escuchando las noticias, para escribir sobre un papel de estraza, de los que sólo posee un número de veinte para toda la semana: Esto no puede seguir. Después de todo es injusticia a su modo...

Creemos que vivimos tiempos únicos de zozobra y que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo respecto a este proverbio, me quedo con Sábato que, inteligente, le da la vuelta en El TúnelLa frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente — la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.
  
Los versos de Evtushenko no fueron escritos ayer, sino en 1962, el año en que mi padre se fue a trabajar a Suecia, porque por aquí no había trabajo, y anduvimos unos cuantos años apenas sin verlo; creo que fueron quince años, más de diez seguro.
Esos versos fueron escritos en la Unión Soviética, en la Alemania del Este, en Estados Unidos, en España, o en cualquier otro lugar del mundo.

Nadie ignora que los clásicos no tienen lugar ni tiempo, y que como los clásicos, el ser humano y su esencia ha cambiado poco; pero de lo que no me cabe duda es de que mis mayores (mi padre nació en 1935 y mi madre en..., bueno, mi madre sigue tan joven como siempre) me legaron un mundo mejor del que ellos recibieron. Y siempre ha sido así desde el principio de los tiempos, pero esos pequeños logros, supongo, que hay que ganárselos. Ahora nos toca a nosotros, que pensábamos que todo estaba hecho.

En el día de ayer, hace más de cincuenta años, o hace trescientos sigue escribiendo el joven poeta Evgueni Evtushenko en papel de estraza, de los que sólo le quedan siete unidades:

Tiutchev, un poeta ruso del siglo XIX, exclamó una vez:
"¡Oh, si las alas vivas de las almas, agitadas sobre la multitud,
nos salvaran de la inmortal vulgaridad de la gente!"

Hoy todos somos testigos de un complot mundial
de la vulgaridad triunfante contra la exquisitez humana.
Pero si la vulgaridad es inmortal, también es inmortal
la resistencia contra ella.
La persona que no tiene poesía interior
se convierte sin darse cuenta en un zombi.

¿A que estos versos parecen escritos ayer?
Sin duda, son de ayer mismo.

Ayer mismo, ayer, después de leer esos versos, como tenía un día libre, decidí ir a Madrid al Museo Thyssen a visitar una exposición temporal sobre Hiperrealismo, que también, por coincidencia, fue un movimiento que nació en los años sesenta en Estados Unidos, y bautizado por Louis K. Meissel como Fotorrealismo. La exposición está dividida en tres ambientes. Los tres mundos en los que se mueve el hombre moderno: ciudades, coches y cuerpo. Creo que en tres palabras no hay mejor resumen para la humanidad de hoy en día.

Nunca fue santo de mi devoción el realismo, porque por mis afinidades literarias siempre he estado más cerca del modernismo, del surrealismo o del romanticismo incluso, ya que creyendo que el alma humana tiene una gran capacidad de transformación y subversión de la realidad, esa realidad no puede ser, aunque así la veamos, como una fotografía.

Sin embargo, delante de los cuadros de esta exposición, he sentido que el artista invoca no sólo a la percepción de lo que consideramos la realidad objetiva, sino que impulsa al espectador a la interpretación interior de la pintura. El autor sólo te ayuda a ese pequeño salto al vacío; no te lleva de la mano como podían hacer los surrealistas. Es sólo una opinión.


Tal vez, la verdad esté en el compendio de todas las artes y todas las corrientes, no en una sola.
Yo, por si acaso, voy a coger de nuevo a doña Pardo Bazán, a Zola, a Alarcón, a mi paisana Fernán Caballero, que escribió La Gaviota cerquita de donde yo vivía, a Balzac y a aquellos otros novelistas realistas y naturalistas que andan por mis estanterías y hace años que no salen de ellas. 

Para terminar, unos versos de Evgueni Evtushenko, ya que empecé con él, y que es capaz de hablarnos de la ciudad del sí y del no, igual a las ciudades que se ven en la exposición del Museo Thyssen. Esa dualidad nunca vencida.
Está escribiendo en el último papel de estraza que le queda, pero no teme nada, porque si tuviera necesidad de escribir, y no tuviera papel, lo haría sobre madera, sobre piedra, en la arena o en las nubes:

La Ciudad de Sí y la Ciudad de No

Soy como un tren
de prisa durante muchos años
entre la ciudad de Sí
y la ciudad de No.

Todo es fatal, todos están asustados en la ciudad de No.
Es como un cuarto amueblado con abatimiento.
Cada mañana su entarimado es pulido con bilis.
Sus sofás están hechos de falsedad, sus paredes de desgracia.
Cada retrato parece sospechoso.
Cada cosa frunce el ceño, ocultando algo.

Conseguirás muchos consejos ahí — por Dios que sí —
Las maquinas de escribir chacharean una respuesta al carbón:
"No-no-no…
No-no-no…
No-no-no…"

Y cuando las luces se apagan por completo, y los fantasmas inician
su tenebroso ballet
conseguirás un boleto de salida
— por Dios que sí —
para dejar la negra
ciudad de No.

Pero en la ciudad de Sí
—la vida es como el canto de un tordo en esta ciudad sin paredes— igual que un nido.
El cielo te pide que tomes la estrella que te gusta
labios preguntan por tus labios, sin ninguna vergüenza,
murmurando suavemente: "Ah — toda esa tontería…"
y las margaritas, burlándose, piden ser escogidas,
y los rebaños ofrecen su leche mugiendo,
y en nadie hay ni un rastro de sospecha,
y donde sea que quieras estar, al instante estarás ahí,
tomando el tren, el avión, o el barco que te guste.

Y el agua, murmurando levemente, susurra:
"Sí-sí-sí…
Sí-sí-sí…
Sí-sí-sí…"

Pero la verdad, a veces, es un poco aburrida,
te dan tanto, casi sin ningún esfuerzo,
en esa brillante multicolorida ciudad de Sí…

¡Prefiero estar dando vueltas
hasta el final de mis días,
entre la ciudad de Sí
y la ciudad de No!

¡Deja que mis nervios se estiren
como alambres
entre la ciudad de No
y la ciudad de Sí!



Pues no. No han cambiado tanto las cosas.





martes, 28 de mayo de 2013

TRES O CUATRO COSAS QUE VALEN LA PENA


He releído El Uno y El Universo de Ernesto Sábato varias veces. Releer es, sin duda, la única manera de digerir una obra literaria. Reeler es la mejor forma de disfrutar con ella. Y releer, (esa repetición continua que nos lleva a jugar con casi todos los matices posibles), es el único modo de alcanzar el autoaprendizaje en el oficio de lector, que, nadie lo ignora, es uno de los mejores oficios al que una persona puede dedicarse.

He terminado de volver a releerlo esta semana y al cerrar el libro me he preguntado: ¿con qué frase de él te quedarías?, y me he repetido casi sin querer: ¿Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.

Me quedé dormido con esa frase rondándome la cabeza y por la mañana decidí escribir tres cartas preguntando acerca de esas tres o cuatro cosas que valen la pena, y de si es cierto que la vejez nos trae esas verdades que la juventud y la madurez no son capaces de alcanzar.
Remití tres cartas idénticas y a la misma dirección, lo único que cambié fue la fecha; hecho por otra parte nada difícil, pues como escribe Borges en El Libro de la Arena: Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier parte del tiempo. Fácil, ¿verdad?. Así que eché al correo las tres cartas dirigidas a Roma, capital y rosa del Imperio. Al no conocer la dirección exacta, las remití directamente a Palacio. Mis tres destinatarios se movían con soltura por sus salones y pasillos, y uno de ellos llegó incluso a ser Emperador, Emperador de Roma.  

Tal vez en ochenta años uno puede empezar a darse cuenta cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.
No creas, Norberto, me respondió el primero, Toda edad, todo tiempo es gravoso para quienes en sí mismos ningún recurso tienen para vivir honrada y felizmente. Todos desean alcanzar la vejez, mas al alcanzarla la vilipendian. Acaso les sería menos pesada la vejez si llegasen a vivir 800 años en vez de 80. No, Norberto, ningún lapso de tiempo por largo que éste sea podría una vez cumplido traer consuelo a quienes viven una ancianidad insensata. La culpa de las lamentaciones sobre la vejez radica en el carácter, no en la edad. Los ancianos que no son agrios ni impertinentes llevan una vejez soportable, mientras la acritud de carácter y la grosería son pesadas a cualquier edad. Ahora, siendo yo ya viejo, ni siquiera echo de menos las fuerzas de la juventud más de lo que siendo joven pudiera echar de menos las fuerzas de un toro o de un elefante. Hay que usar de lo que se tiene y cualquier cosa que hagamos hacerlas según la medida de nuestras propias fuerzas.

Desde Luego que tienes razón, Marco, pienso al leer tus letras, y recuerdo, y me vienen a la mente las palabras de Spinoza: todas las cosas tienden a perseverar en su ser. El tigre quiere ser tigre, la piedra, piedra. ¿Y el anciano que ha cumplido más de ochenta años?

Yo, por ejemplo, Norberto, me escribe Marco Tulio, No comprendo a los ancianos avaros que quieren todo para sí. ¿Puede haber alguien más absurdo que quien se preocupe de acumular más provisiones cuanto menos tiempo le quede de vida?
¡Desgraciado el anciano que no considere que la muerte debe de ser despreciada después de una vida tan larga! Si la mente está ausente, la muerte se ignora totalmente, si la muerte le conduce a una situación terminal debe ser incluso deseada. No puede hablarse de una tercera disyuntiva.  Y cuando llega el final, lo pasado se ha borrado, sólo queda lo que has conseguido actuando recta y honestamente. Pasan ciertamente las horas, los días, los meses, los años; el tiempo pasado nunca se recupera.

¿Crees en la inmortalidad, Marco?, le escribí; y he aquí su respuesta:

Mira, Norberto, Estas son las razones que me hacen ligera la vejez,  y no sólo no molesta sino incluso placentera, que si yerro al creer que las almas humanas son inmortales gustosamente yerro y no quiero que me arranquen mientras viva ese error en el que me complazco; mas si como piensan algunos filósofos no fuera así, si después de muerto yo no he de sentir nada, no temo que los filósosfos difuntos se burlen de este error mío. Que si no hemos de ser inmortales es deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo pues la naturaleza ha puesto un limite a la vida como a todas las demás cosas y la vejez es en la vida como la escena final de un drama del cual hemos de evitar el cansancio sobre todo cuando ya estamos saciados.

Abrí la segunda carta. En la cabecera ponía un título, que me agradó: Carta de Séneca a Norberto, y tras una breve introducción me decía:

Entiende, Norberto, que Todo de cuanto en nuestra vida queda atrás la muerte lo posee. Reivindica para ti la posesión de ti mismo y el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba. Recupéralo y consérvalo. Por lo tanto, querido Norberto, haz lo que me dices que estás haciendo: acapara todas las horas. Así sucederá que estés menos pendiente del mañana si te has aplicado al día de hoy. Mientras aplazamos las decisiones, la vida transcurre.

Todo, Norberto, es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro: la naturaleza nos ha dado la posesión de este único bien fugaz y deleznable, del cual nos despoja cualquiera que lo desea y es tan grande la necedad de los mortales, que permiten que se les carguen a su cuenta las cosas más insignificantes y viles, en todo caso sustituibles, cuando las han recibido. En cambio, nadie que dispone del tiempo se considera deudor de nada, siendo así que este es el único crédito que ni siquiera el más agradecido puede restituir.

¿Cómo crees, Lucio, que un anciano debe afrontar la muerte?,  le había preguntado yo en mi misiva. Y su respuesta fue clara:
No puede caber en suerte una vida tranquila a nadie que no piense demasiado en prolongarla, que cuenta como gran beneficio durar muchos consulados. Piensa en esto cada día para que puedas abandonar con espíritu sereno la vida a la que algunos se aficionan y aferran como lo hacen con los espinos y las rocas los que son arrastrados por un agua torrencial.

La mayoría de la gente  fluctúa miserablemente entre el miedo a la muerte y las penas de la vida, y no quiere vivir, pero no sabe morir.

Así pues, procúrate una vida agradable abandonando toda preocupación por ella. Ningún bien es útil a quien lo posee, sino aquél para cuya pérdida está aparejado el ánimo, ya que de ninguno resulta más fácil la pérdida que de aquél que no se puede echar de menos, una vez perdido. Por lo tanto debes animarte y endurecerte frente a las desgracias que pueden acontecer aun a los más poderosos. Mira, Norberto, La sentencia de muerte sobre Pompeyo la decidieron un príncipe bajo tutela y su eunuco; sobre Craso la decidió el cruel e insolente Parto; Gayo César ordenó a Lépido que entregase su cabeza al tribuno Dextro; él mismo la ofreció a Quérea. a nadie elevó tan alto la fortuna que no pudiese convertir en amenazas cuantas concesiones le había hecho. No quieras confiarte a la tranquilidad presente: el mar alborota en un momento; el mismo día en que los navíos se entretienen alegremente son engullidos.
Prepárate para ello.

No debe de ser fácil esto último, pienso; y continué leyendo:

Mas ¿conoces bien cuales son los límites que nos señala la naturaleza?: no tener hambre, no tener sed, no sentir frío. Para saciar el hambre y la sed no es preciso instalarse en moradas opulentas, ni soportar un seño severo y hasta una insolente cortesía, no es necesario surcar los mares ni seguir a los ejércitos. Fácil de adquirir y apropiado es lo que reclama la naturaleza. Lo supérfluo es lo que nos hace sudar, ello es lo que nos desgasta la toga, lo que nos obliga a envejecer en la tienda de campaña, lo que nos empuja hacia regiones extranjeras: lo suficiente está al alcance de la mano. Quien de buen grado se acomoda con la pobreza es rico.  

Bonita definición de la riqueza, y bastante clara. Ya voy entendiendo un poco cuáles son esas tres o cuatro cosas que valen la pena.
Abrí la última carta, llevaba el sello del Imperio, todo el poder de Roma. ¿Qué piensa el hombre que acapara todo el poder del mundo en su cetro?, me dije. Y comencé a leer:

Acuérdate, Norberto, desde cuándo te demoras y cuántas veces tras aceptar plazos de los dioses no los usas. Es necesario que te des cuenta ya de qué universo eres parte, a qué fuerza gobernante del universo te subordinaste como su efluvio y de que tienes determinado el límite de tiempo; si no lo usas para despejar las nubes, se marchará y tú te marcharás sin ser posible repetir.
Así contemplarás que las cosas humanas son humo y nada, especialmente si recuerdas que lo que cambia una vez ya no será más en el tiempo infinito. Entonces, ¿por qué te pones tenso? ¿Por qué no te conformas con concluir en orden la travesía de ese breve espacio de tiempo? ¿De qué materia y supuesto huyes? ¿Qué es todo eso excepto ejercicios de la razón que observa con exactitud y estudia la naturaleza de las cosas de la vida? Aguanta hasta que te apropies en tu beneficio también de eso, igual que el estómago sano se apropia de todo, como el fuego que brilla hace llama y resplandor de lo que le tiras.

Puse las tres cartas sobre la mesa y comprendí que en dos mil años poco había cambiado el Hombre, que sólo tenemos el tiempo, pues todo lo demás nos es ajeno; y, por tanto, hay que aprovecharlo; que todas las cosas humanas son humo y nada, y que sólo la tranquilidad del alma y los besos pueden llevarnos a un fin de jornada tranquilo. Pues, es eso la vida una simple jornada para el alma.
Nadie ignora que no es fácil hacerlo realidad.









Convendría echar un vistazo a tres pequeños volúmenes que nos han legado las ruinas de Roma: De Senectute, de Marco Tulio Cicerón; Carta de Séneca a Lucilio, de Lucio Anneo Séneca y Las Meditaciones, del Emperador Marco Aurelio. Comprobaremos, con pena o con alegría, depende de cómo se tome, que el ser humano, en realidad, no ha cambiado tanto.

Las fotos son de Roma. He estado dos veces allí, y tengo que volver otra vez, a causa de una promesa no cumplida todavía; y una promesa es una promesa.
Aunque la mejor forma de viajar a Roma es leyendo sus libros. (El único viaje infinito).    
Sí, tengo que reconocer que la chica que aparece en la última foto es la misma chica que aparece en el mercado de  Candem Town cuando recorrí Londres de la mano de Óscar Wilde. Hay pequeñas coincidencias que son como Roma, casi eternas.





sábado, 18 de mayo de 2013

LAS CIUDADES INVISIBLES


Como todos los hombres de la Biblioteca he viajado en mi juventud, he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos. Ahora que mis ojos no pueden descifrar lo que escribo me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en el que nací.

La Biblioteca de Babel
Jorge Luis Borges

Como conjeturan estas palabras, yo también he pensado que el paso del tiempo, después de muchos viajes y fugas, reales o literarias, nos devuelve sin remedio y sin pausa, a nuestros orígenes, a ese lugar mágico en el que teníamos en la mano todas nuestras inevitables esperanzas.
No sabremos dónde nos cogerá la muerte pero, seguro que antes de que llegue volveremos a esos lugares donde merecimos una caricia y donde agarramos por primera vez un dedo que era del tamaño de nuestro cuerpo; a ese lugar donde aprendimos a crecer, donde nos comportamos generosamente o como canallas, donde una vez compartimos la misma cálida respiración con otra persona, donde sufrimos e hicimos sufrir. Volveremos a aquella cárcel en la que empezamos a leer a Borges y a Onetti, en ese infierno tan temido, a ese lugar en el que galopamos por primera vez y donde hicimos promesas imposibles de cumplir, a ese lugar que habitaban amigos y enemigos, con sus propias leyes y su propia lengua. Sabemos que al final, cuando me prepare a morir a unas pocas leguas del hexágono en el que nací, volveré a mi ciudad invisible. Que todos tenemos una y es única. 

Kavafis en su poema La Ciudad lo explica, como siempre, mucho mejor que yo, que no paro de liarme con palabras innecesarias.

Dijiste: "iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que ésta".

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo,
y en las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad

Para otra tierra,
no lo esperes,
no tienes barco, no hay camino.

Para contradecir a Kavafis me dio por buscar otras ciudades invisibles. Me dije: "Sé, más o menos, cómo es mi ciudad invisible. Sé, sin asombro y sin duda, que acabaré en ella; pero aun así, iré a otra tierra, iré a otro mar. Otra ciudad ha de ser mejor que ésta".

Pensé que era un buen comienzo para salir a buscar Las Ciudades Invisibles ir de la mano de Italo Calvino que, sin calor y sin alivio, soñó e incluso pisó, que en el indiferente futuro vendrán a significar lo mismo, más de mil ciudades invisibles. Nadie ignora que no hay sitio mejor para leer a Italo Calvino que la República Veneciana; y allá me fui:

— Dime una ciudad más— insistía.
—...Desde allí el hombre parte y cabalga tres jornadas entre gregal y levante...—, proseguía diciendo Marco Polo, y enumeraba nombres y costumbres y comercios de gran número de tierras. Su repertorio podía considerarse inagotable, pero ahora le toco a él rendirse. Era el alba cuando dijo: Sir, ya te he hablado de todas las ciudades que conozco.
—Queda una de la que no hablas jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
—Venecia— dijo el Khan. Marco Polo sonrío, — ¿Y de qué otra cosa crees que te hablaba?
El emperador no pestañeó.
—Sin embargo, no te he oído nunca pronunciar su nombre.
Y Marco Polo dijo: —Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia,
—Cuando te pregunto por otras ciudades, quiero oírte hablar de ellas. Y de Venecia, cuando te pregunto por Venecia,— dice el gran Kublai Khan.
—Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia.
—Deberías entonces empezar cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia tal como es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella.
El agua del lago estaba apenas encrespada; el reflejo de cobre del antiguo palacio de los Sung se desmenuzaba en reverberaciones centelleantes como hojas que flotan.
—Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Marco Polo—, quizás tengo miedo de perder a Venecia toda de una vez, si hablo de ella. O quizás, hablando de otras ciudades, la he ido perdiendo poco a poco.

Salí de la República Veneciana hacia Oriente, de donde mi ciudad invisible ha copiado una calle de Oro, un parque en el que vuelan cometas que necesitan grandes atalajes para ser sostenidas por el cielo, un bosque en el que viven cientos de pandas, un templo mágico donde no tiene más remedio que estar Dios y unos ojos rasgados que yo envidio por hermosos. Llegué a Oriente después de visitar ciudades como Zora, que está más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria. Sin embargo, ahora la que era la ciudad de la memoria, la Tierra la ha olvidado.

Llegué a Oriente después de un largo viaje de la mano de Italo Calvino y de Marco Polo y su libro El Millón de las Costeras de Oriente, intentando aprender a viajar como ellos, porque en los viajes, lo mismo ocurre con las lecturas, siempre viene con nosotros nuestro pasado, ya que descubrimos lo que no tenemos y tienen otros, lo que no hemos sido y que son otros; por eso Marco Polo, cuando entra en una ciudad, ve a alguien vivir en una plaza una vida o un instante que podrían ser suyos; en el lugar de aquel hombre ahora hubiera podido estar él si se hubiese detenido en el tiempo tanto tiempo antes, o bien si tanto tiempo antes, en una encrucijada, en vez de tomar por una calle hubiese tomado por la opuesta y después de una larga vuelta hubiese ido a encontrarse en el lugar de aquel hombre en aquella plaza. En adelante, de aquel pasado suyo verdadero e hipotético, él está excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta otra ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá había sido un posible futuro y ahora es el presente de algún otro. Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas.

En este punto, no tengo más remedio que pensar en Wittgenstein, porque no sólo somos todo aquello que nos ha acontecido, también somos todo aquello que no ocurrió por decisiones, voluntad, azar o negligencia que nos llevaron a otros cruces de caminos; es por ello que Wittgenstein en su Tractatus establece la diferencia entre el Mundo y la Realidad:

La totalidad de los hechos existentes conforma el mundo, y la totalidad de los hechos existentes con la totalidad de los hechos inexistentes es la realidad.

Es una suerte que los sueños, los éxitos no sucedidos o los fracasos no vividos también formen parte de la realidad. Para confirmarlo, ahí están esas bellas ciudades invisibles: Comala, Macondo, Magina, Artefa, Santa María, Vetusta, Yoknapatawpha, Santa Fé de Tierra Firme, Castroforte de Baralla o... Jerusalem.









Las dos primeras fotos son de Venecia, donde soñé que la Biblioteca de San Marcos quedaba totalmente inundada, mediante un ingenioso sistema de túneles urdido por Daniello de Cignano, natural de Fano, perteneciente a La Conjura de Alejandría, y descendiente de Angiolello de Cignano, quien fue traicionado y ahogado por un tirano desleal para que su nombre pudiera habitar el Infierno que dibujó el proscrito.

La siguiente es del Príncipe de Sichuan, Rey de los Tres Valles.
La otra foto de Oriente es de una calle de Chengdu por donde anduve buscando un tesoro.

Y la última, que duda cabe, es de Jerusalem, ciudad tres veces santa, donde seguro que también está Dios, alguna que otra vez echándose las manos a la cabeza: "Si te olvidare, oh Jerusalem, olvide mi diestra su habilidad; adhiérase mi lengua al paladar si de ti no me acordare; si no pusiere a Jerusalem en la cumbre de mis alegrías". Salmos 137. Ya sé que has andado por Metula al otro lado del Valle de la Bekaa y de una frontera que pateamos mucho.  

sábado, 11 de mayo de 2013

EL EXTRANJERO EN EL TÚNEL




-  Por fin los tengo a los dos juntos, y he de reconocer que no me faltaban ganas.
Empecemos primero con usted: ¿Es usted oriental o argentino?

- Argentino y bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne, supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

- Yo creo que sí, que se necesitan muchas explicaciones sobre su persona; y no crea que todo lo que ha hecho no va a tener consecuencia alguna. Desde luego que se acordarán de usted.

Ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente ni por qué.

- De usted se acordarán. Se lo aseguro.

- En realidad siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una especie de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que felizmente la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.

- Bien, es suficiente. Vayamos ahora con usted. ¿Tiene calor?, ¿no se encuentra bien?

- No es culpa mía. Al fin y al cabo no tengo porqué excusarme. Fue usted quien nos llamó.

- Empecemos. ¿Es usted el señor Mersault?

- Sí, y entienda además que no esté con muchas ganas de hablar.

- Cuénteme qué pasó.

- Bajamos a los arrabales de Argel. La playa no quedaba lejos de la parada del autobús, pero tuvimos que cruzar una pequeña meseta que domina el mar y que baja luego hacia la playa. Estaba cubierta de piedras amarillentas y de asfódelos blanquísimos que se destacaban en el azul, ya firme del cielo.

- Vaya al grano. Deje las descripciones para la novela, que esto es la vida real.

- Durante todo este tiempo no hubo otra cosa más que el sol y el silencio con el leve ruido del manantial y las tres notas. El ardor del sol me llegaba hasta las mejillas y sentí las gotas de sudor amontonándose en las cejas.

- ¿Sólo el calor hizo que lo matara?

- Era el mismo sol del día en que había enterrado a mamá y, como entonces, sobre todo me dolían la frente y todas las venas juntas bajo la piel.

- Hemos estado tomando informes de su vida privada y sabemos todo eso. ¿Sintió pena aquel día?

- Sin duda quería mucho a mamá. Pero eso no quiere decir nada.

- Será mejor que paremos, si sigue por ese camino va a ayudarse muy poco. Volvamos con usted señor Castel. ¿Qué tipo de alma tiene para hacer lo que hizo? Pudo ser la historia de una pasión y usted la terminó quemando con crueldad.

- Todas las pasiones queman, y los dioses son tan inconstantes que cualquier final es posible. Además, conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me im­porta un bledo; hace rato que me importan un bledo la opi­nión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. A fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhom­bre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pér­fido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está des­provisto de este notable motor del Progreso Humano.

- No entiendo lo que dice, como si quisiera ocultar las claves de su existencia.

- Las claves de cualquier existencia son imposibles de dirimir, pero existió una persona que podía entenderme. Y fue, pre­cisamente, la persona que maté. Todo empezó con un cuadro que pinté y que expuse llamado La Maternidad. Sólo ella se fijó en la ventana. Sólo ella se fijó en esa escena pe­queña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta.

- Pasaron muchos meses desde la exposición en el salón de Primavera hasta que la volvió a ver ¿Qué pasó durante tanto tiempo?

- Durante los meses que siguieron, sólo pensé en ella, en la posibilidad de volver a verla. Y, en cierto modo, sólo pinté para ella. Fue como si la pequeña escena de la ventana empe­zara a crecer y a invadir toda la tela y toda mi obra.

- ¿Estaba usted obsesionado con ella?

- ¿Y usted? Nunca ha tenido una obsesión. ¿Es usted un hombre sin alma?

- Aquí soy yo quien hace las preguntas. ¿Qué hizo durante ese tiempo? Desde que la conoció en la exposición hasta que volvió a verla?

Me aparté de mi camino. Pero es por mi maldita costumbre de querer justificar cada uno de mis actos. ¿A qué diablos explicar la razón de que no fuera a salones de pintu­ra? Me parece que cada uno tiene derecho a asistir o no, si le da la gana, sin necesidad de presentar un extenso alegato justificatorio. ¿A dónde se llegaría, si no, con semejante manía? Pero, en fin, ya está hecho, aunque todavía tendría mucho que decir acerca de ese asunto de las exposiciones, las habla­durías de los colegas, la ceguera del público, la imbecilidad de los encargados de preparar el salón y distribuir los cuadros. Felizmente (o desgraciadamente) ya todo eso no me interesa; de otro modo quizá escribiría un largo ensayo titulado De la forma en que el pintor debe defenderse de los amigos de la pintura.

- Me gustaría bucear en los recovecos de sus existencias para saber qué materia envuelve sus almas.

- Somos alma, pero también cuerpo. Nadie está libre en un día de mucho calor de sacar un arma, apuntar al cuerpo de un hombre que anda por la playa y acabar con él. Nadie está libre de que la muerte lo rodee. 

- Me pregunto, señor Mersault, si me puede decir si aquel día dominó sus sentimientos naturales y disparó en defensa propia a aquel hombre en la playa de Argel.

- No, porque es falso. Y créame, siento deseos de asegurarle de que yo soy como todo el mundo, absolutamente como todo el mundo. Quién puede decir que alguna vez no va a hacer uso de la venganza, quién no tendrá un ataque de ira, o quien no puede matar friamente a alguien que no sea de su casta un día de terrible calor.

- Cuéntemelo otra vez.

- Ya lo sabe: Raimundo, la playa, el baño, la reyerta, otra vez la playa, el pequeño manantial, el sol y los cinco disparos de revólver.


De pronto se hace el silencio, breve en el tiempo. Entran dos señores vestidos con traje oscuro y corbata oscura. Los dos llevan las manos en los bolsillos del abrigo.
El que tiene acento francés fuma un cigarrillo. Viene silabeando una frase que acaba de ocurrírsele para una novela corta que está escribiendo y que piensa titular El Extranjero:¿No tiene usted, pues, esperanza alguna y vive pensando que va a morir por entero? Ve a Mersault y lo llama con la mano.
El hombre de acento argentino, con gafas negras de pasta y con pinta de pesimista, viene a por Juan Pablo Castel, y nada más verlo le echa en cara que se haya metido en ese Túnel, aunque sabía a ciencia cierta  que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juven­tud, toda mi vida.

- Pueden salir. El señor Sábato y el señor Camus vienen a recogerlos; pero sepan que sólo quedan en libertad bajo fianza, y que deben volver de vez en cuando a hablarnos sobre su existencia. Es importante que la sociedad tenga bien controladas a personas como ustedes.

Dejé los libros sobre la mesilla  de noche y me eché a dormir, con la confianza de que esos dos libros durarán para siempre: Uno se embarca hacia tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansía el conocimiento de los hombres, inventa seres de ficción, busca a Dios. Después comprende que el fantasma que perseguía era Uno-Mismo.












Las fotos son de un viaje a La Alberca. No es difícil hallarla, sobre todo cuando lo que se busca es a uno mismo. Mejor en invierno o en el otoño, cuando el único turista seas tú.
Hay un famoso discurso de un muy antiguo político que dice: ¡Por fin!, ¡Por fin, hemos encontrado a nuestros enemigos! ¡Éramos nosotros mismos! Siempre es muy loable la sinceridad.