sábado, 27 de abril de 2013

EL PRINCIPITO EN LA TIERRA DE LOS HOMBRES


Yo conozco la soledad. Tres años de desierto me han enseñado cómo sabe. Allí no da miedo dejarse la juventud en una tierra mineral. Lo que parece envejecer, lejos de uno, es el resto del mundo. Los árboles ya han dado sus frutos, las tierras se han cubierto de trigo, las mujeres ya son hermosas. La estación avanza, habría que darse prisa en volver... La estación avanza, pero uno se encuentra retenido muy lejos... Y los bienes de la tierra resbalan entre los dedos como la fina arena de las dunas.

(Tierra de los Hombres - Antoine de Saint Exupéry)

                                    

Nadie puede ignorar que cualquiera que haya estado mucho tiempo en un entorno hostil, alejado de la seguridad de su acostumbrado mundo, conoce el sabor de la soledad. Porque la sensación de soledad no llega de pronto, como llega el viento del desierto, sino lenta como se mueven las dunas. Ésa es la prueba de que habitamos un planeta errante.

Es en esos momentos de soledad cuando uno se fija en un estanque que mantiene relaciones con la luna y nos revela ocultos parentescos, pero yo he descubierto otros signos de esa relación. En soledad da tiempo a pensar de todo. A veces es necesaria, otras es una cárcel; y no es fácil administrar las dosis precisas de soledad para que nuestra alma crezca y se haga fuerte para esos momentos que todos vivimos alguna vez, ya sea en un desierto, en el mar, dentro de un barco o en una ciudad prisioneros de las propias paredes de nuestra casa.

No crean que yo, en algunos momentos, no he oído en la oscuridad, a miles de kilómetros de casa, viendo el cielo lleno de estrellas en la noche, a alguien  que me llamaba, diciendo: Por favor..., ¡dibújame un cordero!

Y me he dicho: ¡Aquí está!, ¡sabía que algún día aparecería!
La prueba de que el Principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que existe.

Me pareció un buen momento para hablar de mi pasado y me dio por contarle de dónde venía yo, dónde estaba mi casa y lo que había dejado atrás:

Pues, así es, le dije, he terminado por ir a cualquier parte. Derecho, siempre adelante. Y él me contestó: Derecho, siempre delante de uno, no se puede ir muy lejos. No pude menos que darle la razón porque, hasta conocerlo, yo había vivido de esa manera, intentando conseguir mil metas, a veces a precios insoportables, sin administrar ninguna paciencia ni calma, sin saborear los momentos de dicha, que siempre hay algunos; porque no tenía tiempo, como ese loco conejo al que persigue Alicia. Y persiguiendo a un conejo loco sólo es posible terminar la vida en la fiesta de cumpleaños de un sombrerero chiflado.

Por eso, creo que no es malo que un día, aunque suframos, quedemos atrapados en algún desierto: bienaventurado también este Sáhara, en el que el día y la noche balancean a los hombres de una a otra esperanza con toda naturalidad.

Me he pasado la vida haciendo exámenes, memorizando manuales sobre los que después era preguntado palabra por palabra, usando el único atributo de la memoria, y me he dado cuenta, en un desierto, y abriendo un libro de Saint Exupéry, que después de andar estudiando, a diestro y siniestro, fueron pocos los sabios que intentaron enseñarme a pensar: Se creía que para hacerlos crecer bastaba con vestirlos, alimentarlos, satisfacer todas sus necesidades. Si se les instruye bien, ya no se los cultiva. Quien crea que la cultura se basa en recordar fórmulas tiene una opinión muy triste de ella. Un mal alumno de matemáticas específicas sabe más sobre la naturaleza y sobre sus leyes que Descartes y Pascal. Ahora bien ¿es capaz de llevar a cabo los mismos recorridos espirituales? Hay pocas escuelas donde enseñen a pensar, es más fácil o más "prudente" enseñar a estudiar de memoria reduciendo el apredizaje a un único texto. Un poco triste. Menos mal que yo conocí a un pequeño sabio de 7 años que venía del asteroide B 612, o de la China, y me llevó a un libro en el que venía escrito que sólo seremos felices cuando seamos conscientes de nuestro papel, incluso del más discreto. Sólo entonces podremos vivir en paz y morir en paz, pues lo que da un sentido a la vida da un sentido a la muerte.

El Principito me contó que había conocido un rey que sólo sabía dar órdenes, pero que no parecía feliz; y también a un geógrafo que no había salido de los sesudos volúmenes que estudiaba, sin haber visto un amanecer y sin haber ido a buscar las Montañas de la Luna en el África, que tampoco parecía feliz; y a un hombre que compraba y hacía negocios con las estrellas por el mero hecho de poseerlo todo, cuando en realidad no tenía nada, y que tampoco parecía feliz; y que conoció a un vanidoso, y a un borracho, y... Para, para, Principito, le dije, son suficientes ejemplos, si sigues así, voy a terminar encontrándome yo mismo entre algunos de los ejemplos de infelicidad que citas; que siempre hay por donde rasgarlo a uno. A eso se le llama ser humano, Principito.

Ser humano..., ¿acaso era humano lo que estaba leyendo en aquellos momentos en la Tierra de los Hombres? No, no lo era en absoluto, querría no tener que recordarlo, pero no tengo más remedio, quien ha tenido un roce con la esclavitud tiene que contarlo, tiene que denunciarlo, porque es su deber:

El orgullo del esclavo es la brasa de su señor.

Yo conocía a aquellos esclavos. Entran en la tienda cuando el jefe ha sacado de su caja de tesoros el hornillo, el hervidor y los vasos; de esa caja repleta de objetos absurdos, de candados sin llaves, de floreros sin flores, de espejos de cuatro chavos, de viejas armas, y que vistos así perdidos en la arena, recuerdan los restos de un naufragio.
Entonces, el esclavo, mudo, carga el hornillo con ramitas secas, sopla sobre la brasa, llena el hervidor y mueve,. Para unas tareas de niña pequeña, unos músculos capaces de arrancar de cuajo un cedro. Está sosegado. El juego lo ha cautivado: hacer el té, cuidar de los dromedarios, comer.

Apenas se acuerda de la hora del rapto, de aquellos golpes, aquellos gritos, aquellos brazos de hombre que lo arrojaron a su noche actual. No se siente desgraciado, se siente enfermo. Al final se acercan humildemente a la vida y con un amor mediocre construyen su felicidad. Les ha parecido cómodo abdicar, convertirse en siervos y participar de la paz de las cosas. El orgullo del esclavo es la brasa de su señor.

El esclavo nunca está encadenado. ¡Qué poco lo necesita!

Sin embargo, un día, lo liberarán. Cuando sea demasiado viejo para valer su comida o su vestido, le concederán una libertad desmesurada. Durante tres días se ofrecerá, en vano, de tienda en tienda, cada día más débil, y al final del tercero, prudente como siempre, se tumbará en la arena. Los he visto así en Juby, muriendo desnudos. Los demás convivían con su larga agonía, pero sin crueldad. Todo aquello se hacía con naturalidad. Era como si le dijeran : "Has trabajado bien, te has ganado el sueño, vete a dormir".
No me he resistido a contarlo todo porque, sin duda, ese tipo de situaciones siguen dándose en muchos lugares del mundo sin necesidad de que ocurran en lejanos desiertos. No hace falta llevar colgadas las cadenas para convertirte en un siervo.    

Decidí cambiar de tema, ¿qué buscas?, le pregunté al Principito. Busco a los hombres, me contestó. Los hombres, le dije, tienen fusiles, pueden ser peligrosos. Seguro que no todos son peligrosos, me contestó, con algunos se podrá incluso reír y crear lazos. Sí, a lo mejor, no hay porqué ser tan pesimista. Aunque nunca viene mal aprender a defenderte. El desierto es bello, agregó. Sí, le dije, muy bello.

Seguí leyendo Tierra de los Hombres y pensé que las palabras que estaba leyendo habían sido escritas el día antes:
Pero hoy, el respeto al hombre, condición de nuestra ascensión está en peligro. Los crujidos del mundo moderno nos han sumido en las tinieblas. Los problemas son incoherentes, las soluciones contradictorias. La verdad de ayer está muerta, la de hoy, aún por edificar. No se vislumbra ninguna síntesis válida. Cambia la ciencia y el progreso a una velocidad vertiginosa, pero no cambia la filosofía, la poesía del alma, ni los problemas del espíritu. Puede que algo no vaya bien.




La primera foto es de Argentina, la patria de Borges, Cortazar, Sábato, Echeverría, Sarmiento, Reyes, Lugones, Carriego, Hernández y su infinita pampa...un desierto donde merece la pena perderse. Aunque siempre tenemos un desierto a mano. Yo me he perdido, por razones geográficas, en otros más cercanos.
La segunda es una de las selvas por donde he andado con mi Principito.
La tercera es de Chile, la patria de Neruda, Mistral, Glana, Bolaños, Bello, Donoso, Edwards... A ver si algún día puedo atravesar todo Chile a lomos de La Poderosa. Si no, lo haré en tren.
La lava ardiente es en  Guatemala. Mi primer contacto con Guatemala fue a través de Miguel Ángel Asturias y sus leyendas; un diamante.
Gracias, amigo, por las fotos y por los viajes.  

domingo, 21 de abril de 2013

LA CASA DE ATRÁS, CUANDO CONOCÍ A ANA FRANK

La noche sufre de inocencia oculta.
Y esa noche tú, por ti alborada,
a un cielo con sus pájaros tan próxima,
a pesar del terror y del ahogo,
sin libertad ni anchura,
amas, inventas, creces
en ámbito de pánico,
que detener no logra tus esfuerzos
tan enérgicamente diminutos
de afirmación humana.
Con tu pueblo, tu espíritu
y el porvenir de todos.


Jorge Guillén
(La Afirmación Humana - Anna Frank)


Me detuve frente a la casa de la calle Prinsengracht número 263 con la caja que me había dado la señora Miep Gies: unas patatas, un cuarto de calabaza, una cabeza de ajo y media escarola. "Déjala como siempre en el almacén. El señor Viktor Kluger estará allí". Atardecía y era un día raro porque no me crucé con persona alguna en todo el trayecto. Llamé a la puerta del almacén. Parecía vacío y me resultó extraño. Nadie ignora que cuando la rutina se quiebra, lo menos que se puede esperar es que tu corazón se ponga en alerta; y más estando en Amsterdam y en ese tiempo. Moví el picaporte y vi que la puerta estaba abierta. ¿Hay alguien ahí?, pregunté. Nadie contestó. Fue entonces cuando miré hacia arriba y la vi a ella, sentada en la escalera. "Traigo unas patatas", le dije, "la señora Gies me ha dicho que las tengo que dejar aquí para el señor Kluger".
No contestó nada. Me sonrió y continuó escribiendo en su diario:

Querida Kitty:

El domingo hubo un terrible bombardeo en el sector norte de Amsterdam. los destrozos parece que son enormes. Calles enteras han sido devastadas, y tardarán mucho en rescatar a toda la gente sepultada bajo los escombros. Hasta ahora se han contado doscientos muertos y un sinnúmero de heridos. Los hospitales están llenos hasta los topes. Se dice que hay niños que, perdidos entre las ruinas incandescentes, van buscando a sus padres muertos. Cuando pienso en los estruendos que se oían en la lejanía, que para nosotros eran una señal de la destrucción que se avecina, me da escalofríos.
                                                                                                          Tu Ana.

"Nunca te había visto", le dije. Ella siguió escribiendo: Peter y el señor Van Daan hacen la última ronda todas las noches a las nueve y media, y luego nadie más puede bajar. Después de las ocho de la noche ya no se puede tirar de la cadena, y tampoco después de las ocho de la mañana. Las ventanas no se abren por la mañana hasta que no esté encendida la luz del despacho de Kluger, y por las noches ya no se les puede poner las tablitas. Esto último ha sido motivo para que Dussell se molestara. Asegura que Van Daan le ha soltado un gruñido, pero ha sido culpa suya. Dice que antes podría vivir sin comer que sin respirar aire puro, y que habría que buscar un método para que puedan abrirse las ventanas.

"¿Quién es ese tal Peter?", le dije. "¡Oh, Peter!, vive también en la Casa de atrás. Hablamos mucho y estoy empezando a confiar en él. ¿Tú crees que soy guapa?" "Desde luego que sí", le contesté, "sobre todo cuando te salen esos hoyuelos". "Los tengo desde siempre", me dijo; y continuó escribiendo: Las habladurías sobre Peter y yo han remitido un poco. esta noche pasará a buscarme, muy amable de su parte, ¿no te parece? Estoy muy contenta de que nunca necesite contenerme al tocar temas delicados, como sería el caso con otros chicos. Así, por ejemplo, hemos estado hablando sobre la sangre, y eso también abarca la menstruación, etcétera. Dice que las mujeres somos muy tenaces, por la manera en que resistimos la pérdida de sangre, así como así. Dijo que también yo era muy tenaz. Adivina por qué.
Mi vida aquí ha mejorado mucho, muchísimo. Dios no me ha dejado sola, ni me dejará.

Me imaginé que el corazón de una joven de quince años no puede encerrarse jamás, y no hay cárcel que pueda frenar a un espíritu adolescente en su capacidad de soñar. Entonces levantó la cabeza, se recogió el pelo y continuó escribiendo: Y sin embargo todo sigue siendo tan difícil, ya sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Deseo fervorosamente que me de un beso, ese beso que está tardando tanto. ¿Seguirá considerándome sólo una amiga? ¿Acaso no soy ya algo más que eso?
Tú sabes y yo sé que soy fuerte, que la mayoría de las cargas las soporto yo sola. Nunca me he acostumbrado a compartir mis cargas con nadie, nunca me he aferrado a una madre, pero ¡cómo me gustaría ahora reposar mi cabeza contra su hombro y tan sólo poder estar tranquila!
No puedo, nunca puedo olvidar el sueño de la mejilla de Peter, cuando todo estaba tan bien. ¿Acaso él no desea lo mismo? ¿o es que sólo es demasiado tímido para confesarme su amor? ¿Por qué quiere tenerme consigo tan a menudo entonces? ¡Ay, ojalá me lo dijera!
                                                                    
                                                                                                     Tu Ana M. Frank
                                                                                                                                                                                              "Llevas escritas muchas páginas", le dije, "cuando todo esto acabe, a lo mejor puedes publicar tu diario". Me miró, sonrió y me dijo, "por eso estoy cambiando algunos nombres, ¿qué te parece para mí el nombre de Ana Aulis, o mejor, Ana Robin". "A mí me encanta el tuyo", le contesté, "Ana Frank". Abrió de nuevo el diario y empezó a escribir: Anoche por radio Orange, el ministro Bolkestein dijo que después de la guerra se hará una recolección de diarios y cartas relativos a la guerra. por supuesto que todos se abalanzaron sobre mi diario. ¡Imagínate lo interesante que sería editar una novela sobre "la Casa de atrás"! El título daría a pensar que se trata de una novela de detectives. Pero hablemos en serio. Seguro que diez años después de que haya acabado la guerra, resultará cómico leer cómo hemos vivido, comido y hablado ocho judíos escondidos. Pero si bien es cierto que te cuento bastantes cosas sobre nosotros, sólo conoces una pequeña parte de nuestras vidas. El miedo que tenemos las mujeres cuando hay bombardeos; por ejemplo, el domingo, haciendo temblar la casa como la hierba al viento; la cantidad de epidemias que se han desatado.

De todas esas cosas tú no sabes nada, y yo tendría que pasarme el día escribiendo si quisiera contártelo todo y con todo detalle. La gente hace cola para comprar verdura y miles de artículos más; los médicos no pueden ir a asistir a los enfermos porque cada dos por tres les roban el vehículo, son tantos los robos y asaltos que hay, que te preguntas cómo es que a los holandeses les ha dado por robar tanto. Niños de ocho a once años rompen las ventanas de las casas y entran a desvalijarlas.  Nadie se atreve a dejar su casa más de cinco minutos, porque si te vas desaparecen todas tus cosas. Todos los días salen avisos en los periódicos ofreciendo recompensaspor la devolución de máquinas de escribir robadas, alfombras persas relojes eléctricos, teteras, etcétera. Los relojes eléctricos callejeros los desarman todos, y a los teléfonos de las cabinas no les dejan ni los cables. La invasión se hace esperar...

"Sé lo que pasa", le dije. "Sé cómo habéis vivido en Amsterdam con la invasión. Lo sé todo". Y tuve que callar lo que me venía a la mente como una fiebre en ese momento: "Y lo que es peor, sé lo que ocurrirá. Sé que seréis delatados y sé que el 4 de agosto de 1944, entre las diez y las diez y media de la mañana, un automóvil se detendrá frente a la casa de la Prinsengrach 263; y sé que se bajará el sargento de la SS Karl Josef Silberbauer, junto con tres asistentes holandeses miembros de la Grune Polizei; y que os sacarán de aquí; y que tu cuerpecito de quince años terminará deportado a Auschwitz y luego al campo de Bergen-Belsen; y que allí junto al de tu hermana Margot, tu cuerpecito de quince años morirá por las terribles condiciones de vida o por las terribles condiciones de muerte que al fin y al cabo son las mismas. Y que seréis enterradas en una fosa común en Bergen-Belsen. Pero, también sé que ni ese diario que escribes ni tu alma morirán nunca.
"¿Crees que debemos tener esperanza?", me preguntó. "Desde luego que sí", le dije. Y continuó escribiendo:                 
  
                                                                                     Martes 6 de junio de 1944

¡Conmoción en la Casa de atrás! ¿Habrá llegado por fin la liberación tan ansiada, la liberación de la que tanto se ha hablado, pero que es demasiado hermosa y fantástica como para hacerse realidad algún día? Acaso este año de 1944 nos traerá la victoria? Ahora mismo no lo sabemos, pero la esperanza, que también es vida, nos devuelve el valor y la fuerza. Porque con valor hemos de superar los múltiples miedos, privaciones y sufrimientos. Ahora se trata de guardar la calma y perseverar, y de hincarnos las uñas en la carne antes de gritar. Gritar y chillar por las desgracias padecidas, eso lo pueden hacer en Francia, Rusia, Italia y alemania, pero nosotros todavía no tenemos derecho a ello...
Tal vez , dice Margot, en septiembre u octubre pueda volver al colegio.

                                                                                                    Tu Ana M. Frank

"Seguro que podrás volver al colegio, Ana", le mentí. "Ahora tengo que irme Ana, sigue escribiendo para que tu alma siga volando libre, y que tu encierro sea peor para tus carceleros que para ti". Se acercó y me besó la mejilla. "Hasta siempre", le dije. Ella continuó, sentada en la escalera, escribiendo:

                                                                                Sábado, 15 de julio de 1944

Querida Kitty:

Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esta crueldad también acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial. mientras tanto, tendré que mantener bien altos mis ideales, tal vez en los tiempos venideros aún se puedan llevar a la práctica...

                                                                                                   Tu Ana M. Frank






Las fotos son de un viaje a Amsterdam. Es una ciudad alegre e increíble para pasear y montar en bicicleta. No hace falta guía de ningún tipo, solamente andar. ¿Quién hubiera dicho que hubo un tiempo en el que esa bonita ciudad se parecía al infierno? Allí en la casa de Ana Frank, calle Prinsengracht número 263, volví a comprar un ejemplar de su Diario. No me podía ir de allí sin su vida entre mis manos. 


Yo pienso que hay tres autores que deberían ser de obligatoria lectura en la escuela, en el Instituto y la Universidad, cada uno en su momento.

1.- Para la escuela, desde luego, el Diario de Ana Frank. (Me tumbo en uno de los divanes y duermo para acortar el tiempo, el silencio, y también el miedo atroz, ya que es imposible matarlos)

2.- En el Instituto la trilogía de Primo Leví; aunque con leer la primera obra Si esto es un hombre creo que es suficiente. (Fueron la incomodidades, los golpes, el frío, la sed lo que nos mantuvo a flote sobre una desesperación sin fondo, durante el viaje y después. No el deseo de vivir ni una resignación consciente; porque son pocos los hombres capaces de ello. Y nosotros no éramos más que una muestra de la humanidad más común)

3.- Y dejo para la Universidad, y para el final, el Archipiélago Gulag de Alexander Soljenitsin, por su crudeza y su escritura a modo de informe, que dejó al descubierto el más vasto y perfeccionado sistema de terror que haya podido montar jamás un régimen político. El volumen siempre había estado en casa de mis padres, pero no le había hecho mucho caso. Hasta que un día por csualidad leí la contraportada y no pude menos que sentir una tristeza infinita y dolor para rebelarme contra la cobardía de los que tienen algún grado de poder y la usan para socavar de modo infame la dignidad de las personas. ¿Cómo puede calificarse lo que cuenta Soljenitsin de la vida y el sufrimiento que padecían, él incluido, los desterrados al Archipiélago Gulag?:

Aquellas mujeres desnudas eran examinadas como si se tratara de una mercancía. La revisión antipiojos y el rasurado de axilas y pubis permite a los peluqueros (miembros prominentes de la aristocracia del campo) echar un vistazo a las nuevas mujeres. Las únicas que no tienen problemas, que encuentran todos los caminos abiertos, son aquellas que por su naturaleza misma no son demasiado exigente en lo que a sexo opuesto se refiere, y están dispuestas a ir con el primero que llegue. Más, para muchas de ellas, dar ese paso es algo más horrible que la muerte. Otras vacilan, se avergüenzan, pierden tiempo sopesando los pro y los contra, y cuando se deciden es demasiado tarde, han dejado de cotizarse en la bolsa del campo, porque en poco tiempo en el campo, sin cuidado alguno, una persona se convierte en una piltrafa humana, y ya no vale nada.
¿Qué más puede decirse del horror y de la cobardía? Un poder ilimitado en manos de gente limitada siempre conduce a la crueldad. ¡A mismo poder, mismos vicios! Sufrimiento y dolor. Para hacer cámaras de gas, nos faltó el gas. Siempre lo mismo, para los mismos, los inocentes. Hay muchos motivos para...¿luchar?

Gracias Anna, Primo Leví, Soljenitsin.











domingo, 14 de abril de 2013

ESCRITO ESTÁ EN TU ALMA, GARCILASO


Entré al servicio de mi señor Gacilasso, a la edad de catorce años, porque su madre, doña Sancha de Guzmán, señora de Batres, se apiadó de mi reciente orfandad y la ablandó su aprecio hacia la mujer que me dio el ser, lavandera en el castillo. En mis primeros catorce años no había dado un paso fuera de esa noblísima villa, pero de la mano de mi señor no iba a dejar lugar del Mediterráneo sin hollar ni guerra sin conocer.

Llegué a Toledo con una carta en la mano en la que doña Sancha de Guzmán me ponía al servicio de su hijo. Subí la cuesta de San Servando, buscando su castillo, que ya había resguardado entre sus murallas al mismísimo Cid, y me preguntaba cómo sería aquel, mi señor, García Lasso de la Vega.
En Batres, yo había oído hablar de sus nobles prendas, su florido ingenio, su valor militar y su buen gusto para la poesía y las humanidades. Mi señor apenas levantó la vista para mirarme. Indicó a un criado que me atendiera y continuó escribiendo sus versos:

Así paso la vida, acrecentando
materia de dolor a mis sentidos,
como si la que tengo no bastase.

Yo estoy aquí tendido,
mostrándoos de mi muerte las señales,
y vos viviendo sólo de mis males.

Cuando entré a su servicio ya estaba casado con doña Elena de Zúñiga, dama de Leonor de Austria, por orden del Emperador y en ese mismo año lo acompañé a Granada para las bodas del Rey Carlos con la infanta Isabel de Portugal. Allí descubrió la joya más hermosa que sus ojos habían visto jamás, doña Isabel de Freire, la portuguesa:

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.

Doña Isabel, espejo en su poesía, sin mostrar un pequeño sentimiento, deja llevar desconocida, al viento, el amor y la fe que al ser guardada eternamente sólo a él debiera. ¿Por qué siquiera, pues ve, desde su altura, esta falsa perjura causar la muerte de un estrecho amigo, no recibe del cielo algún castigo?
Doña Isabel, la portuguesa, la más bella mujer que vieron sus ojos, y los míos, terminó casándose con don Antonio de Fonseca, a quien mi señor, muerto de celos, llamaba en la Corte, el gordo. Siempre está en llanto esta ánima mezquina, cuando la sombra el mundo va cubriendo, o la luz se avecina. Salid, sin duelo, lágrimas corriendo.

No cabía más destino en nuestras alforjas que la guerra y la muerte, ¿qué otra salida hay para un soldado cuando lo cerca la infelicidad de esa manera? Yo no he conocido otra. Aunque he de reconocer que, después de tantas lides, a veces, mi señor Garcilasso aparentaba cansancio y desencanto por tantos lances guerreros, tantos destierros por banales razones, tanta ambición sin medida, tanta sangre derramada, que sus versos se desbocaban:

¿A quién ya de nosotros el exceso
de guerras, de peligros y destierro
no toca y no ha cansado el gran proceso?
¿Quién no vio esparcir su sangre al hierro
del enemigo?¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
¿cuántos queda y quedará perdida
la casa, la mujer y la memoria,
y de otros la hacienda despendida!
¿Qué se saca de aquesto?¿Alguna gloria?
¿Algunos premios o agradecimientos?
Sabrálo quien leyere nuestra historia...

Desde que me puse al servicio de mi señor Garcilasso conocí la Corte de Toledo, culpa debe ser quereros, acompañamos a esa misma corte a Zaragoza y Barcelona, espiamos en Francia para la Corona Española, fuimos detenidos por orden del Emperador, nuestro Señor, a quien salven los siglos y la memoria, en Tolosa cuando nos dirigíamos a la defensa de Viena, sin más motivo que unos desposorios inadecuados, fuimos desterrados y confinados en una isla del Danubio por orden del Emperador, en fin al gran Danubio s´encomienda, por él suelta la rienda a su navío, iniciamos campaña contra los turcos y continuamos desterrados en Nápoles jugándonos la vida por el mismo Emperador que nos condenaba al destierro. Así se forjan los caballeros, en las luchas del corazón y en las guerras.

Embarcamos para Italia el 9 de marzo de 1529, año de Nuestro Señor. Dos días antes, mi señor Garcilasso firmó su testamento. Entre otros, fueron sus testigos don Juan Boscán y su hermano don Pedro Lasso de la Vega:

En la ciudad de Barcelona, veinticinco días del mes de julio año del nacimientos de Nuestro Salvador Jesús Cristo de mil y quinientos y veintinueve años, apareció presente Garcilaso de la Vega ante mí, Francisco de Barreda, escribano de sus Majestades y presentó esta escritura sellada y cerrada como está, la cual dijo que es escrita en dos hojas y media de papel y estaba firmada de su nombre, y lo de dentro contenido dijo que era su testamento y postrimera voluntad.

Una copia de ese documento la llevo siempre conmigo colgada del pecho en un portarrollos de cuero que mi señor Gracilasso, me ordenó que atara a mi cuerpo como si fuera un carcaj con flechas. "No lo abandones ni para dormir ni para lavarte". No indicaré qué apéndice dijo que me cortaría si lo perdía, pero sí diré que cuando he ido a portarme como un pequeño bribón, hasta ahora, ese apéndice me ha sido de bastante utilidad. En mi descargo puedo decir que también mi señor ha dado besos sin amar lo suficiente, y claro queda en su testamento cuando nombres ilegítimos aparecen a su sombra. También malas lenguas identificaron a la portuguesa, dueña de sus desvelos, como la mujer de su hermano, Beatriz de Sá. Todo pura infamia. Así se las gastan en la Corte de Toledo la envidia y la mala codicia.

En el portarrollos llevo su nombramiento de capitán, sus órdenes para llegar a Italia, sus canciones, sus sonetos y una composición que ha titulado con el nombre de Églogas.
A Isabel de Freire, a la portuguesa, a la mujer más bella que vieron sus ojos, y los míos, también la llevo dentro.
Doy las gracias a mi señor Garcilasso por haberme enseñado a leer y a escribir, no puede haber mejor maestro en el arte de las letras, estando sólo a su altura el señor don Juan Boscán. Toledo bien sabe de la amistad de entre estos dos mis señores, a los que ese tal Andrea Navagero convenció para escribir al itálico modo.

En Génova, antes de partir para Savona, escribió de su puño y letra a la luz de una lámpara de aceite las órdenes de la maniobra. "No se la entregues a nadie. A nadie más que al Príncipe".

La orden que el Príncipe ha dado en el caminar de la gente es que se desembarquen en Baya o en Sabona y de allí tomen el camino la vía de Alexandría y paren en medio de esta ciudad y de Alexandría, lo cual se pone luego en obra y yo me parto delante para tener previsto lo necesario en Sabona.
El capitán Sabajosa va a lo que el Príncipe y el Embajador escriben. La gente que viene según todos afirman es muy buena. Nuestro Señor la Serenísima persona de Vuestra Majestad guarde con acrecentamiento de nuevos Reinos y Señoríos. De Génova de XX de mayo 1536. S.C.C.M. Criado de Vuestra Serenísima Majestad - Garcilasso.

Salimos para Savona. Nos dirigíamos nada menos que a invadir Francia. Por lo visto hacía falta darle otro repaso a ese Francisco I, a cuyos desposorios asistió mi Señor Garcilasso en Illescas. Los príncipes son así; un día son casados y al siguiente andan guerreando unos contra otros. Aunque esa no es porfía de los vasallos que nada más tienen que hacer que la obediencia.

De Savona fuimos a Alejandría a reunirnos con el Emperador, Nuestra Majestad por los siglos de los siglos. Un mes tardamos en tomar Savigliano con no poca sangre derramada. Y de ahí, a invadir Francia, en donde llegó el desastre.

Mi señor Garcilasso perdió la vida escalando la torre de Muy, cerca de Frejus. Qu´el mortal velo y manto el alma cubren, mil cosas se t´encubren, que no bastan tus ojos que contrastan a mirallas.  Una pedrada lo alcanzó mientras con su espada y su rodela intentaba tomar aquella maldita torre donde andaban parapetados los franceses, hijos del demonio. Fue al asalto casi buscando la muerte. Ni que decir tiene que cuando tomamos la posición francesa pasamos a cuchillo en nombre de nuestro señor Garcilasso a todos los defensores. No negaré que pensé en mi malherido señor cuando descargaba mi vizcaína sobre sus tráqueas. Poco piadoso he de definir aquel acero, pero no merecían otro trato aquellos bastardos.

                                     

Acompañé a mi señor Garcilaso hasta Niza, adonde llegó moribundo. Era el decimotercer día del mes de octubre del año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesuscristo de mil quinientos treinta y seis.

Mañana parto para Toledo. Voy a ver a su mujer, doña Elena de Zúñiga y ponerme a su servicio. Mi señora, doña Elena de Zúñiga, no sabe que sus últimas palabras fueron para Isabel, Isabel de Freire, la portuguesa.
Tal vez mi señor Garcilasso ande ya reuniéndose con ella, que se anticipó a mi señor en dos años al postrero encuentro con Dios, por un mal parto, en algún lugar que el Altísimo escoge en la Gloria para tales enamorados. No dijo el nombre de Elena, ni Catalina, ni Beatriz, ni Violante, ni Elvira, ni Guiomar, a quienes también conocí y mi señor trató. Dijo Isabel; Isabel, la portuguesa:

¡Oh hado secutivo en mis dolores,
cómo sentí tus leyes rigurosas!
Cortaste el árbol con manos dañosas
y esparciste por tierra fruta y flores.

En poco espacio yacen los amores,
y toda la esperanza de mis cosas,
tornados en cenizas desdeñosas
y sordas a mis quejas y clamores.

las lágrimas que en esta sepultura
se vierten hoy en día y se vertieron
recibe, aunque sin fruto allá te sean,

hasta que aquella eterna noche oscura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.



La primera fotografía corresponde al castillo de Batres, de donde era señora la madre de Garcilaso; actualmente es propiedad privada y no puede visitarse. Yo creo que la poesía nunca puede ser privada, como dijo Vicente Aleixandre, el poeta, aunque parezca mentira, no escribe para sí mismo escribe para el mundo y hacia él declama sus versos. Ahora dedican el castillo a bodas y celebraciones. Cuando lo visité celebraban una boda. Parecía que estaba invitado todo el mundo menos la Poesía.

La segunda foto es de Toledo. Esa imagen puede verse desde la cuesta de San Servando y su castillo. En la cuesta de San Servando serví durante ocho años  y no está mal trabajar a diario con esa panorámica. La cuarta foto está tomada desde el Parador Nacional de Toledo. Los ojos se enclavaron en el tendido cuerpo que allí vieron.  

La tercera foto y la quinta están tomadas en Batres en la fuente donde según cuenta la leyenda se sentaba Garcilasso a leer y soñar, a los pies del arroyo del Sotillo. En medio del invierno está templada el agua dulce de esta clara fuente,  en el verano más que nieve helada, escribe el poeta en su segunda Égloga y, posiblemente, recordando aquella fuente clara. Cuando la visité estaba tomada por convidados que la habían convertido en un merendero; mesas de camping, bolsas de basura, botellas de refrescos, sillas de plástico y mucho ruido que agobiaban al murmullo del agua. No elegí una buena mañana. 


sábado, 6 de abril de 2013

PESSOA, IMITANDO A LOS DIOSES

Nosotros, imitando a los dioses,
tan poco libres como ellos en su Olimpo,
como quien en la arena
alza castillos para llenar los ojos,
alcemos nuestra vida
y los dioses sabrán agradecernos
el ser tanto como ellos. 
                                          
                                        Ricardo Reis


Llegué a Lisboa en tren, en el Estrella Nocturno. Fue la primera vez que escapé de casa con un libro de versos y con alguien a quien quería. No recuerdo un lugar en donde me dieran más besos, acaso sin merecerlos. Creo en el color rosa, le dije parafraseando a una delgaducha actriz americana; creo en la risa; creo en besar, en besar mucho; creo que las niñas más felices serán las mujeres más guapas; creo en ser fuerte cuando todo sale mal; creo que mañana será otro día y creo en los milagros. Me gané unos cientos de besos más, quedé muy agradecido a Audrey por sus palabras y llegamos a Lisboa, al amanecer, buscando a Pessoa y a esos heterónimos lánguidos que deambulaban por sus calles en otro cuerpo con nombres tales como Ricardo Reis, Alberto Caeiro o Álvaro de Campos.

Nada más llegar a la estación Santa Apolonia, tomamos un café y decidimos esperar. Yo había quedado en aquella cafetería con José Saramago, de hecho llevaba bajo el brazo un ejemplar de El Año de la Muerte de Ricardo Reis, totalmente garabateado y anotado. Después de leer unas páginas, resolvimos coger un taxi y buscar el mismo hotel donde se hospedaba el doctor Ricardo Reis: ¿para dónde?, peor hubiera sido que el taxista nos hubiera preguntado para qué. A un hotel. Cuál. No sé, y en cuanto dijo No sé, supo el viajero lo que quería, con tan firme convicción como si se hubiera pasado el viaje ponderando la elección. Uno que esté junto al río, por aquí abajo, Junto al río sólo el Bragança, al empezar la Rua do Alecrim, no sé si lo conoce. Lléveme allí.

Los tres primeros días lo dedicamos al turismo. No se puede dejar de ver el Castillo de San Jorge,porque desde allí parece que Lisboa cabe en tu mano, subir por el elevador de Santa Justa, visitar la Casa do Alentejo, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem y navegar un poco por el Tajo:


El Tajo tiene grandes barcos,
Y navega en él todavía
Para aquellos que ven en todo lo que allá no está
La memoria de las naves.
Por el Tajo se va al mundo.
Más allá del Tajo está América
Y la fortuna para los que la encuentran.

Volvimos al Hotel para la cena, la puerta del hotel al empujarla hace resonar un timbre eléctrico, en tiempos debió de haber una campanilla, dirlin, dirlin, pero hay que contar siempre con el progreso y sus mejoras. Después de la cena, seguí leyendo a Saramago, no fuera a ser que por mano divina, Pessoa hubiera vuelto a aquel viejo hotel a charlar con alguien con el aire perdido, de quien vivió el viaje como un sueño.   
Después de la cena tomamos un café justo en frente, en el Royal, ejemplo comercial de añoranzas monárquicas en tiempos de República, o reminiscencia del último reinado, aquí disfrazado de inglés o francés, curioso caso este, se lee y no sabe uno cómo decir la palabra, royal o ruaiale. Me sentí feliz allí, sin nada que reprocharle a los dioses, cosa rara en mí; y en casos como estos uno recuerda con agrado los versos de Alberto Caeiro:

Acepta el universo 
como te lo dieron los dioses.
Si los dioses te hubieran querido dar otro
te lo hubieran dado.

Si hay otras materias y otros mundos,
que las haya.

Yo ahora y en ese momento quería quedarme con esa materia, ese universo y ese mundo, que no volverá a repetirse por muchas que sean las veces que yo vuelva a Lisboa.

El cuarto día, después de la resurrección, me avecé en buscar a Pessoa: Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Allá que me fui buscando su rastro. La calle de Los Doradores se encuentra en La Baixa, parte llana de la ciudad de Lisboa, y desemboca en la Praça de Figueira. Allí pasé la mañana. A comer fuimos a una casa de comidas en la Baja; para almorzar en un restaurante vulgar y, allí, me da por pensar en las vidas de esos hombres que me sirven y por suponer que deben de tener unas vidas aparentemente pavorosas. Ése es el error central de la imaginación literaria: suponer que los otros son nosotros y que deben sentir como nosotros. Pero afortunadamente para la humanidad, cada hombre es solamente quien es, siéndole dado al genio, únicamente, el ser algunos otros más. Como tú, Fernando Pessoa.

Dedicamos otros muchos días a la búsqueda de Pessoa y sus heterónimos; algunos bares, la Rotunda, el barrio pombalino, la Avenida de la Libertade...., no recuerdo qué más. Para salir de aquella atmósfera asfixiante decidimos pasar unos días en Cintra y luego una noche en Estoril. Para soñar un poco diferente.


Abandonamos Lisboa y Portugal, ocho días después, en el tren Estrella nocturno. Volvió a ser mágico. Y en la penumbra de la noche, mientras el tren dejaba atrás las luces de los pueblos portugueses, cogí a Saramago de la mano y continué leyendo, susurrando, El Año de la Muerte de Ricardo Reis:

Éste nació en Porto, vivió un tiempo en la capital, emigró a Brasil, de donde ha vuelto ahora, los otros llevan tres años de lanzadera entre Coimbra y Lisboa, todos en busca de remedio, paciencia, dinero, paz, salud o placer, cada cual lo suyo, por eso es tan difícil satisfacer a tanta gente necesitada. Después de esa frase me dio por pensar si yo necesitaba algo más de lo que ya tenía. Miré a mi lado y dije: nada. Y me respondí: "¡joder, ésa debe ser la definición de la felicidad!". Recordé el hotel Bragança, el café Royal, la mirada melancólica del doctor Reis y recité algún verso suyo:

Sabio es el que se contenta 
con el espectáculo del mundo.





Las fotos son de Lisboa de cuando llegué allí hace muchos años buscando a Fernando Pessoa y a sus heterónimos. Y llegué a Pessoa y a Lisboa con las palabras de Octavio Paz y con las traducciones y anotaciones de dos Ángeles, Ángel Crespo y Ángel Campos, cuyos libros me acompañaron. ¡Ah!, por cierto,  Saramago  vive todavía por sus calles.  

jueves, 21 de marzo de 2013

LA FELICIDAD ENTRE LAS MANOS

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y pierdan despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. no fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me  legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

¿Es posible tener siempre a la Felicidad entre las manos? Yo pienso que no, y no creo que Borges se hubiera equivocado tanto. Posiblemente cometió errores. No hay otra forma de aprender. He cometido todos los errores posibles y algunos, dos veces, llegó a decir.

Un hombre, como él, con una larga vida sabe que, como dijo Nietzsche: El destino de los hombres está hecho de momentos felices; pero no de épocas felices. Es decir, Borges no ignoraba que la Felicidad es, poco probable, que pueda ser mantenida pegada a la piel. No es fácil buscarla, y Borges lo sabía, porque había leído a Stendhal: Reduzco toda la filosofía a no engañarse sobre los motivos de las acciones de los hombres, y a no engañarnos en nuestros razonamientos o en el arte de marchar hacia la Felicidad. 

¿Buscamos la verdadera Felicidad en la vida o nos engañan falsas quimeras?

Continúa escribiendo Stendhal: Trato de arrancar de mi alma por completo las falsas pasiones. Llamo falsas pasiones a las que nos prometen una Felicidad que no encontramos cuando llegamos a ella. Tampoco es fácil distinguir la banalidad de la Felicidad. Nadie ignora que no hay pocos casos en los que se cae en banales pasiones y placeres superficiales. También eso forma parte del juego de la vida y su riesgo. 

Kant en su Crítica a la Razón Pura sostiene que el ser humano sólo puede captar la apariencia de las cosas no su esencia. Otro dilema.

Una vez oí a Borges decir que sólo Dios puede vernos como realmente somos, y que nosotros sólo vemos a otra persona como realmente es cuando nos enamoramos de ella; pues la vemos como la ve Dios. Estoy completamente de acuerdo porque yo he visto a una persona tal como la ve Dios y me pareció increíble.

La Felicidad tiene muchos más matices y puede que Antonio Gala tuviera razón cuando decía que la Felicidad es darse cuenta de que nada es demasiado importante. A veces se sufre más de lo que se debe por motivos insignificantes.

También creo que Borges leyó al filósofo Alain cuando éste escribe que: Lo mejor que podemos hacer en favor de quienes nos aman es seguir siendo felices. Borges, tras escribir el poema El Arrepentimiento dijo que él debía de haber sido más feliz, no por él; sino por su madre. 

Cuando he leído a algún escritor escribir acerca del arrepentimiento, siempre he sacado como conclusión que se arrepentían más de lo que no habían hecho, que de las empresas a las que se habían lanzado aunque se los comiera el fracaso. Escribe Albert Camus, que como buen existencialista era muy pesimista, que: Puede que lo que hacemos no traiga siempre la Felicidad, pero si no hacemos nada no habrá Felicidad. 



¡Al abordaje!, pues.

Goethe también cree que la Felicidad llega de forma más absoluta entregando dones que recibiéndolos y escribe que el hombre más feliz del mundo es aquél que sabe reconocer los méritos de los demás y puede alegrarse del bien ajeno como si fuera propio. Una vez estuve interno cinco años en un colegio donde una de sus máximas era: Alegrarse de los éxitos, premios y progresos del compañero, porque también son éxitos propios. Ahora valoro ese artículo de nuestro decálogo más que antes. El tiempo que no consume, sino que diluye ambiciones.

No puedo dejar de citar a un gran filósofo, a quien yo estimo mucho y del que he visto todas sus películas, Groucho Marx, que posiblemente tenía algo de razón cuando dijo: Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna...
Borges escribe lo mismo de una manera más piadosa en el relato Utopía del hombre que está cansado: ¿Dinero?, repitió. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.

Pero si alguien me pregunta cómo definiría yo la Felicidad, su existencia y su devenir en la vida de los hombres me quedo con Arquíloco (siempre los Clásicos) y su poema


Corazón, corazón turbado por pesares invencibles levántate,
defiéndete del contrario ofreciendo tu pecho de frente.
Detente con firmeza ante las emboscadas de tus enemigos.
Mas si vences no te jactes ante todos,
ni si eres vencido llores encerrándote en tu casa.
Disfruta de los momentos felices, y de los malos tiempos no te duelas demasiado.
Comprende que a los hombres los domina la alternancia.

Yo, al final, he comprendido que el destino de los hombres los domina la alternancia y a ella hay que adaptarse. No hay otra manera de vivir momentos felices porque las épocas felices no existen.






Las fotos son de Argentina, y siempre soñé con subir esas cataratas con el saco de mis pecados a cuestas a buscar la misión Jesuita que se hallaba escondida entre sus bosques. Las hizo mi amigo Rafa con quien anduve por lugares donde convenía ir obscuri sola sub nocte per umbram. Con Virgilio hasta la muerte.

domingo, 17 de marzo de 2013

BOUDICA, REINA DE LOS ICENOS



Regions Cæsar never knew 
Thy posterity shall sway
Where his eagles never flew
None invincible as they.

                          William Cooper

Las regiones que César nunca conoció
La dominará tu posteridad
Donde las águilas de César nunca volaron
nadie tan invencible como Tú.





Aterrizamos en el aeropuerto de Stansted en uno de esos aviones en los que tienes que dejar el equipaje de mano bajo los pies, donde venden cigarrillos electrónicos para los fumadores compulsivos que dejan escapar vapor de agua y algún que otro latido, en donde te apañan el billete de metro o autobús a Londres y, para finalizar el vuelo, organizan una tómbola.

He de decir, a favor de la tripulación de cabina, que todo ello lo hacían con una sonrisa y sin dejar de dar ánimos a todos esos jóvenes, cuyo futuro se está comiendo esta crisis con la que se toparon sin merecerlo, (que merecieron otros que no la sufren) y que volaban a Londres a buscarse la vida con miedo y con valor, como van todos los soldados al combate: “Yo también salí de España con una maleta y dieciocho años. Ya veréis como todo sale bien”.

A aquellos dos chicos que estaban sentados junto a Jorge espero que les haya ido muy bien. A ellos dos, y a todos los demás, que eran muchos: “Ahora son las Olimpiadas y nos han dicho que hay trabajo”. “Seguro que sí”, les dije. “Jorge, dales un par de besos, que se lo merecen”, y Jorge, con siete años, les da un par de besos y no entiende por qué yo he dicho eso.

Nosotros íbamos a ver a unos amigos, hijos de Withman y de Cristo, que desde la lejana Utah llegaron a la lejana Toledo y desde la lejana Toledo volaron a la lejana Cambrigde.

Llovía cuando aterrizamos. El campo inglés estaba verde, color aceituna y brillante de humedad. Con ese paisaje y en esa tierra no me quedaba más remedio que abrir los Anales de Tácito, agarrar las armas y acompañar a la reina Boudica al combate contra las Águilas de Roma.




El rey Prasutagus acababa de morir, y había declarado herederas a sus hijas y al César de Roma, ya que al  no tener hijos varones, (como siempre el daño a los derechos de la mujer), pensaba que ese tipo alianzas preservarían al reino Iceno. Se equivocó. Roma no tardó en reclamar para sí el territorio Iceno y la dote que ahora, tras la muerte del rey, estaba encomendada en el testamento a la reina regente Boudica.

Llegaron como lobos. Los vi entrar en la oscuridad con sus antorchas y con palabras latinas que supuraban de sus bocas, tan lejanas de aquella poesía que yo amaba y que hizo grande el latín. Pude oírlas con total claridad. La reina se negó a este abuso y no tuvieron contemplaciones. Con horror vi como era sacada de palacio a golpes, cómo fue desnudada y azotada, ella, una reina, ante los impúdicos ojos de los invasores. No se pararon ahí, Ella, una reina, sufrió la afrenta de ver a sus hijas, unas niñas, violadas por los asaltantes mientras el látigo se cebaba con su carne.

Y escribe Tácito en sus Anales: "Y como si de toda aquella región se hubiera hecho un presente a los romanos, fueron despojados los principales Icenos de sus antiguas posesiones, y los parientes del rey puestos en el número de los esclavos.
Movidos, pues, con estas afrentas, temerosos de otras mayores, y viéndose ya reducidos a sujeción en forma de provincia, arrebatan las armas después de haber incitado a la rebelión a los Trinobantes y a otros pueblos no habituados aún a la servidumbre, y en sus secretas juntas habiendo jurado de comprar la libertad con la vida; mostrando particular aborrecimiento a los soldados veteranos; porque llevados poco antes a poblar la colonia de Camaloduno, los echaban de sus casas, les quitaban sus heredades y posesiones, llamándolos cautivos y esclavos. Favorecían también los demás soldados la insolencia de los veteranos jubilados, por la conformidad de la vida y por la esperanza de tener la misma licencia". 


Parece que no había más salida que la guerra y en ella me alisté. No era la primera a la que iba, pero ni aún así me desprendía del miedo y del valor. Boudica recogió su cetro hecho pedazos y con la fortaleza de sus palabras nos llevó a todos al combate.
Primero cayó Camulodonum (actual Colchester). No hubo piedad.Todos fueron pasados a cuchillo por las huestes embravecidas por las palabras de la pelirroja, afrentada y, a la vez, arrogante reina Boadicea, como la llamaban los romanos.
No distinguimos a soldados, ni a esclavos, ni a mujeres, ni a niños, todo lo que olía a Roma o a sus secuaces fue quemado, violado y destruido. Pagamos con la misma moneda de César porque el dinero no tiene ni alma ni frontera, y le dimos al César lo que era de César y a los dioses les dimos aquello que les pertenecía: el alma de nuestros enemigos.

Leo el XXXII de los Anales de Tácito y veo el futuro:

"Entre estas cosas, en Camalodonum cayó una estatua que allí había de la Victoria, sin ninguna causa aparente, vuelta con el rostro en contrario de donde podía venir el enemigo, como cediendo y dándole lugar; y las mujeres, llevadas de un furor desatinado, cantaban que estaba ya cerca la destrucción de aquellos pesados huéspedes romanos. Y el ruido y los bramidos espantosos que se oyeron en las casas del ayuntamiento, el eco de terribles aullidos en el teatro, y cierta visión o fantasma que se vio en el reflujo del mar, amenazaban la total destrucción de aquella colonia.
Tras esto, el ver al océano de color de sangre, y las figuras como de cuerpos humanos que iba dejando impresas en la arena el agua a su menguante, así como los ingleses lo tomaban por buen agüero, asimismo causaba en los veteranos particular terror.
Mas, porque Suetonio se hallaba lejos, pidieron socorro a Cato Deciano, procurador de la provincia, el cual les envió solamente doscientos hombres mal armados; y en la colonia había pocos soldados, asegurados a su parecer con la fortaleza del templo; aunque por estorbado, los que se entendían secretamente con los rebeldes no abrieron fosos, no levantaron trincheras, ni acabaron de resolverse en descargarse de la gente inútil y quedarse solamente con la juventud, para resistir con ellos al enemigo. 
Estando, pues, así desproveídos y descuidados como en tiempo de paz, los rodea, acomete y entra de improviso una gran multitud de bárbaros, y en aquel primer ímpetu fue saqueado y abrasado todo. El templo donde se retiraron los soldados se tomó por asalto con sóla la resistencia de dos días. Los ingleses victoriosos, saliendo al encuentro a Petilio Cerial, legado de la novena legión, que venía en socorro de los romanos, rompieron la legión y degollaron toda la infantería, salvándose Cerial con los caballos dentro de los alojamientos por beneficio de las trincheras. Atemorizado de esta rota, el procurador Catón, y del aborrecimiento concebido contra él por toda la provincia, a la que su avaricia había hecho tomar las armas, se retiró a la Galia."

La reina en persona degüella tantas gargantas como su sombría espada puede, y un río de sangre oscura en la noche escribe la contienda. La siguiente plaza desolada fue Londinium (la actual Londres). Tampoco hubo piedad en los ojos de Boudica o Boadiccea, como la llamaban sus enemigos.

Suetonio venía a nuestro encuentro con dos legiones; y nuestros más de cien mil mal armados Britanos iban a convertirse en carne triturada. Yo lo sabía porque en la batalla no sólo cuenta la voluntad de vencer o la justicia de la empresa. Los Britanos se ataron a sí mismos colocando los carros de vituallas y a mujeres y niños en la retaguardia. con lo que perdían mucha libertad de acción si se tornaba funesto el combate. De esa forma sólo cabía la victoria. Pero cuando el enemigo ha elegido el terreno, con bosques y montes que achicaban el espacio, impidiendo el movimiento y el flanqueo, no importaba que los superáramos cinco a uno en la batalla. Ya habíamos perdido otro principio general de la guerra: la capacidad de ejecutar nuestros planes y de adaptarnos a nuevas circunstancias. Todo esto ya lo demostró Leónidas y sus trescientos espartanos en las Termópilas; no era suficiente superar en número a las legiones romanas.



.Suetonio ya estaba a la vista y la reina, montada en su carro nos arengó hasta el último momento, como reina y como mujer: 

"¡No es cosa nueva para los Britanos pelear bajo del gobierno de mujeres; mas que, sin embargo, yo, Boudica, quiero proceder, no como descendiente de tan famosos y ricos progenitores; sino para vengar como una de las demás mujeres del vulgo la libertad perdida, el cuerpo molido a azotes y la virginidad quitada a sus pobres hijas; habiendo pasado tan adelante los apetitos desordenados de los romanos, que ni a los cuerpos, ni a la vejez, ni a la virginidad perdonaban, violándolo y contaminándolo todo.
Mas que los dioses favorecerán más a las venganzas justas, como lo ha demostrado bien la Legión degollada que se atrevió a pelear. Los demás o escondidos en sus alojamientos, o buscando caminos por donde huir, no sufrían el estruendo y vocería de tanto número de soldados, cuanto y más el ímpetu y las manos.
Vosotros, si consideráis bien la cantidad de la gente de ambas partes y las causas de la guerra, haréis resolución de vencer o morir en esta batalla; las mujeres, a lo menos, hecha tenemos esta cuenta. Vivan los varones, si quieren, en perpetua servidumbre. No está hecha la esclavitud para la mujer.!"

Díganme qué hombre no agarra la lanza y el escudo y se lanza con ella al combate. Todos fuimos a morir por la reina.

Empecé a recitar el XXXVII de los Anales y en el latín de Tácito, y pregoné el futuro que los Britanos no entendieron. Así que fuimos todos a la muerte:

"Estuvo firme al principio la legión, teniendo en lugar de reparo la estrechura del puesto; mas después que llegados los enemigos a tiro de dardo, hubieron los nuestros gastado, y no en vano, todas sus armas arrojadizas, cerraron impetuosamente en escuadrón apiñado.

No fue menor el ímpetu con que embistió la gente de socorro, y la caballería, con las lanzas en ristre, rompe y atropella cuanto topa y le hace resistencia. Volvieron los demás las espaldas, aunque podían escapar con dificultad, habiéndose ellos mismos cerrado el paso con sus propios carros.
No se abstuvieron los nuestros de matar hasta las mujeres; y los caballos, atravesados con nuestros dardos, hacían mayor el número de los cuerpos muertos.
Grande y esclarecida gloria fue la que se ganó este día, digna de compararse a las antiguas y más nobles victorias; porque hay quien escribe que, con la pérdida sola de cuatrocientos de los nuestros y pocos más heridos, quedaron en el campo degollados al pie de ochenta mil ingleses.
Boudicea acabó su vida con veneno, y Penio Póstumo, prefecto del campo de la segunda legión, viendo el suceso próspero de las legiones catorce y veinte; por haber defraudado de la misma honra a los de la suya, no habiendo, contra las órdenes militares, cumplido las que le dio el general, se atravesó el pecho con su propia espada".

No se abstiene Tácito de denigrar el valor de la reina afirmando que se dio muerte con veneno. No fue así. Como guerrera se dio muerte atravesándose con la espada. Sin miedo al acero. Ningún romano pudo verlo, nosotros sí. Se atravesó con su espada, después de atravesar con la espada a sus dos hijas. No hay libro que recoja este final en sus historias, y para la posteridad ese final nunca existió.

La reina fue enterrada a la manera celta.
Recordé el poema épico Beowulf que volaba recitado de padres a hijos en las plazas y casas celtas:

Command the warriors famed in battle build a bright mound after my burning at sea headland.
It shall tower high on whale Ness. A reminder to my people so that seafarers may afterwards call it Beowulf´s barrow when they drive their ships from a far over the dark waves.

(Manda que se alce en el mismo lugar en que ardiese la pira con su cadáver en el horizonte del mar un altísimo túmulo. Él sobrepasará en altura a la ballena Ness. Un recuerdo para mi pueblo y desde lejos visible para la gente de la mar, y que cuando lo vean desde más allá de las oscuras olas puedan decir allí está el carro de Beowulf. Su rey).

Arde la pira de la reina y yo tengo que volver a casa.

Nos despedimos de nuestros amigos, hijos de Withman y de Cristo y les doy las gracias por su hospitalidad y por su Biblia, y por haberme curado la herida de la pierna, que ellos creyeron que fue en un partido de fútbol en Fulbourn Village, sin saber que yo andaba combatiendo con la reina Boudica contra los romanos.  

Volvimos a coger un vuelo con las maletas en nuestros pies y pronto eché de menos a los jóvenes que sólo llevaban billete de ida. Espero que en el reino de los Icenos les haya ido muy bien. Rápidamente intentan vendernos alguna que otra fruslería en el avión, y me decido con Jorge a echar en la tómbola. Perdimos los euros. Debí hacerle caso a Kug Fut Sé: Nunca juegues, si sabes que vas a perder eres un idiota y si sabes que vas a ganar eres un miserable tramposo.









Lugares:

Las fotos corresponde al Castillo de Mountfichet en Stansted. Es una bonita reproducción de un castillo con pueblo normando, del siglo XI. Dentro hay muchos animales y los niños disfrutan con ellos. Jorge se hizo amigo de un ciervo y casi nos lo tenemos que traer.

No suelo dar muchos nombres de los sitios que visito en los viajes. Creo que todo el mundo debe ir probando y tiene el derecho a equivocarse. Nosotros, hemos cometido todos los errores posibles y algunos dos veces, (esta frase es de Borges, no me resisto a no darle pie en una entrada), pero si alguien va a ir por Cambrigde le voy a dejar caer algunos lugares que pueden ser interesantes.

Nuestros amigos y sus niños Gio y Meg Lucía vivían en Duxford Village, hasta allí fuimos a verlos.

En Duxford Village se puede visitar el Museo Imperial de la Guerra, lleno de aviones y donde a Jorge y a mí nos dio por pilotar un Concorde. En ese mismo lugar y en esos mismos días estaban probando coches de Fórmula 1 y; desgraciadamente, en ese mismo lugar y en esos mismos días María de Villota, pilotando un Fórmula 1 tuvo el accidente. Desde entonces siempre la relaciono con la reina Boudica. Honor y gloria a las valientes.

En Stansted visitamos el Castillo de Mountfichet, con animales para los niños, y el museo de juguetes. Ir con niños tiene siempre alguna que otra servidumbre.

Para comer salchichas, nada como el mercado de Saffron Walden Village, y cerquita queda Audley End House, típica casa victoriana donde uno vive la experiencia de los dos mundos separados que hemos visto en las series Británicas de televisión. Arriba y abajo. Los nobles y la servidumbre. Me recordó a la película Lo que queda del día. En ese mismo sitio nos montamos en el Audley End Miniature Railway; un tren en miniatura. Jorge nos pide que de vez en cuando le alabemos sus gustos. "papi, ya sé que la casa de los herederos de Riyard Kipling está bien; pero ¿podemos montarnos en el tren en miniatura dieciséis veces seguidas?

En Heydon Village, hay un buen sitio para cenar y acabar con la leyenda negra de la comida inglesa: el Pub William IV, que comúnmente se le conoce como La Bruja porque la dueña viste a la manera gótica haciendo juego con el Pub. Se come estupendamente. Platos elaborados y cocina de calidad. Me imagino que sigue así. De postre recomiendo el Eton Mess.

En Cambridge, como no podía ser de otra manera, visitamos esos lugares en los que me hubiera gustado estudiar. El King´s College, el Trinity College, el St. Mary´s, el St. John´s, el Corpus Christy, que suelen tener el mayor número de Premios Nobel por metro cuadrado. Libros, historia y versos: lo necesario para vivir allí.
En Cambridge la calle principal, King´s Parade, está muy animada y hacen un chocolate muy bueno en una de sus tiendas. Visité el Pub donde hace sesenta años se dio cuenta por primera vez del descubrimiento de la cadena de ADN y luego comimos Cornish pasties para el almuerzo. Después intentamos hacer "punting" en el río Cam pero la corriente desapacible no lo aconsejó y porque mi espíritu vikingo aguarda para cuando les hable de Bergen en los fiordos.

El último día visitamos  Wimple State y su granja; y no me podía ir sin jugar un partido con el Chelsea. Me ficharon ese mismo día, eso sí tuve que darles referencias. Nada les dije de mi herida durante los combates apoyando a la reina Boudica. Así que Pete, un amigo de Alex, me prestó unas botas, la equipación y nos fuimos a un bonito campo verde que estaba en Fulbourn Village, jugué medio partido y no lo hice mal, la herida acabó conmigo y no pude llegar al segundo tiempo. Al principio, cuando el resto de jugadores me preguntaban cómo me llamaba y yo se lo decía, no acertaban con el nombre; así que decidieron llamarme Torres. Y con Torres me quedé.

Por cierto, llovió todos los días.

Gracias Emily, por tus libros (Ray Bradbury) y por tu Biblia. ¿Nos vemos en Utah? Espero que antes.