sábado, 24 de noviembre de 2012

LA TORRE DE MARFIL

Escribe Sábato en su obra Heterodoxia que el derrumbe de nuestro tiempo suscita dos actitudes opuestas entre los artistas e intelectuales: el lanzamiento hacia la aventura y la acción (Malraux, T.E. Lawrence, Saint Exupery); o el refugio en la torre de marfil (Valery, Borges). Acción o contemplación, existencia o esencia. Y es probable que en ambos casos actúe la misma misteriosa fuerza, que busca el orden en medio del furioso caos; pues el hombre tiende siempre - quizá por pavor cósmico - a la búsqueda de un orden; ya sea instaurando la ciencia, la religión, el estado, las artes, los sistemas filosóficos o la policía.


No es fácil, imagino, responder a la pregunta de si debe el arte, la literatura, apartarse de la sociedad para vivir por sí misma y para sí misma; o, por el contrario debe tomar partido por la vida y todas sus circunstancias hasta terminar envuelta por ésta; a veces, arrollada y, a veces, adulterada por la misma sociedad.

Para mí, los dos autores más representativos del escritor que decide crear su obra, alejándose del mundo y metiéndose en una torre de marfil son Juan Ramón Jimenez, un autor muy consciente de la obra que está realizando y que cada día va escalando un nuevo paso en su poesía, y Jorge Luis Borges, creador de un mundo literario propio que parece que se adueña del autor, en vez de ser al contario, y lo saca del mundo.


Juan Ramón Jiménez defiende la Poesía Pura, término que le costó no pocas burlas por parte de los jóvenes autores de los años veinte y treinta, encabezados por el capitán Neruda (entiéndase la generación de 1927, a quienes empezó apadrinando y con quienes terminó con una áspera relación). 
En una carta, a Luis Cernuda llega a decirle que no hay que escribir poesía sino que hay que ser poema. No debe de ser fácil esto último, y si alguien lo consiguió creo que fue él; pues procuró que su obra se contaminara lo menos posible con su tiempo. cosa harto difícil cuando la literatura y el arte nacieron desde el principio de los tiempos con una finalidad clara: perpetuar el poder establecido.

Pero, en contraposición a esta Poesía Pura, surge la poesía impura, la que baja a la calle, la que clama, la que alza la voz. La que busca contaminarse con su tiempo y con los problemas de cada día. A la cabeza de ellos podría estar, entre otros muchos, el capitán Neruda, que cuando llega a España como cónsul, en los años treinta, y en dura contraposición a Juan Ramón Jiménez, crea la revista Caballo Verde para la Poesía "impura". En ella escriben Alberti, Miguel Hernández, Dámaso Alonso, Aleixandre y tantos otros que creen que el Poeta vive en la calle, que echa sus versos al viento del pueblo o explica por qué somos hijos de la ira. La existencia y la aventura en estado puro envuelta en la poesía impura.

Nítida queda su declaración de intenciones en el primer número de Caballo Verde para la Poesía:

Es muy conveniente, en ciertas horas del día y de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. de ello se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.


La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y de los dedos, la constancia de una atmósfera inundando las cosas desde lo interno y lo externo.

Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.

Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y de actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.

Mezclar vida y versos, experiencias y palabras, carne, sangre y vida,; sin eso no tiene sentido la poesía; o sí.

Borges, sin embargo, dice bajito en La Rosa Profunda: El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta. Trato de intervenir lo menos posible en la evolución de la obra. No quiero que la tuerzan mis opiniones, que sin duda son baladíes. Un escritor admitió Kipling, puede concebir una fábula, pero no penetrar en su moraleja.

No parece que esté muy de acuerdo con el arte comprometido, con el arte que se da a la lucha. Llega incluso a dividir su existencia en dos planos paralelos que nunca llegan a tocarse, el escritor en su torre de márfil y el hombre, que arrastra su difícil existencia. 

                                                           Dice en Borges y Yo:

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndolo todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

Desde luego no se puede pecar de ingenuidad, y pensar que el autor lo controla todo.
Nada más difícil, pienso, que aislarse del mundo y de las circunstancias que lo rodean.

Clara queda esa experiencia con Blas de Otero, uno de los representantes de la poesía social:
   
Aquél que amó, vivió, murió por dentro
Y un buen día bajó a la calle: entonces
 Comprendió y rompió todos sus versos.


¿Dónde está la línea que divide la poesía pura (la esencia) y la poesía impura (la existencia)?
¿Hay que entrar en combate?
¿Es mejor sacar el arte del mundo y de su contaminación?

Sábato da una respuesta que contenta a todos, y a ninguno, en su Heterodoxia:

La aventura y la torre de marfil se pueden dar hasta en la misma persona, en virtud de esa ley psicológica, ya entrevista por Heráclito, de la enantiodromía (¡vaya palabra!) de los contrastes. Pascal pasó del esencialismo matemático al existencialismo de su mística; Saint Exúpery pasaba de la aventura a la mecánica y a las matemáticas.
El extrovertido corre hacia la acción y el introvertido se encierra en su torre de marfil. pero todos tenemos en germen ambos personajes, de tal modo que marcan el ritmo de nuestra vida, como dice Goethe en armónica sucesión. Sólo que la oscuridad y el terror pueden hacer que el matemático o el poeta no salgan jamás de su torre al caos, o que el calor de la lucha el vértigo de la aventura, la borrachera de la sangre y de la muerte impidan a hombres como Lawrence (de Arabia) volver a su torre para entregarse a sus añorados clásicos. Y así en las épocas caóticas como ésta, uno de los dos yos puede quedar hundido en el fondo de la inconsciencia, y el ritmo armónico se quiebra.

Cree Sábato que todos llevamos dentro la persona de acción y la persona de arte: la torre de marfil, las palabras, la intimidad por un lado; y la acción , la difícil existencia, las experiencias y la vida, por otro; pero juntas.

T. E. Lawrence soñó siempre con volver a su torre de marfil y a sus clásicos, aunque se lo comiera la aventura en Arabia. Llegó incluso a decir: "Algún día, me conocerán por ser un hombre de letras y no un aventurero".

Creo que en esta sentencia se equivocó, porque la aventura, como una tormenta, se mezcló, con sus escritos y sus poemas, y aunque sus Siete Pilares de la Sabiduría anden de mano en mano, con mucha fortuna, T. E. Lawrence y sus palabras escritas no han podido abandonar nunca las arenas del desierto ni el traje árabe.




Las fotografías son de París, donde se puede vivir el arte, la noche, la vida y, a la vez, encerrarse en la torre de marfil, aunque esté gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Mi fotógrafa particular me ha dejado ponerlas en este artículo.







viernes, 16 de noviembre de 2012

CON HERÓDOTO POR LÍBANO


Siempre que he viajado para pasar una temporada relativamente larga en algún lugar, he llevado conmigo cuatro libros: Las Flores del Mal de Baudelaire, (por un motivo puramente romántico), una Antología Poética de Pessoa (por motivos existenciales), la Historia de Heródoto, (porque es el libro con el que andaba por las guerras Ryszard Kapucinski, el autor de Viajes con Heródoto) y Del Dolor y La Razón de Joseph Brodsky (un libro de ensayos del poeta ruso que es, poco más o menos, su testamento poético).

Hace unos años pasé un tiempo en Líbano; y sentado en un restaurante de Tiro junto a un bonito faro blanco, a los pies del Mediterráneo, me dio por releer a Heródoto y por pensar que desde ese mismo punto partieron naves fenicias 3.100 años antes para encontrar a la vera de Tartessos una pequeña península bañada por un Océano que era el confín del mundo y fundar sobre ella una ciudad que ahora se llama Cádiz. Tal vez recordando la Caditis de la que habla Heródoto en su Libro III de la Historia:

“Y, en efecto, sólo por aquel paraje que Fanes indicaba, se halla entrada abierta para el Egipto. La región de los Sirios que llamamos Palestinos se extiende desde la Fenicia hasta los confines de Caditis: desde esta ciudad, mucho menor que la de Sardes, a mi entender, siguiendo las costas del mar, empiezan los emporios y llegan hasta Jeniso, ciudad del Árabe, cuyos son asimismo dichos emporios…”

 Desde Cádiz en Iberia, cuenta el profesor Bernardo Souviron, “los fenicios introdujeron en el Mediterráneo el estaño, elemento imprescindible para la elaboración del bronce, sin el que la historia de Occidente hubiera sido muy diferente”. Y continúa: “navegantes fenicios circunnavegaron África en el siglo VI A. C., y doblaron el hoy llamado Cabo de Buena Esperanza dos mil años antes que Vasco de Gama, y una ciudad fundada por Tiro, fue llamada por los avatares de la historia a jugarse el futuro del mundo frente a Roma; su nombre era Cartago”.

No hay duda de que la historia del Líbano es la historia de nuestros orígenes; en su devenir está la semilla de Europa; en su alfabeto la invención del arma más grande jamás creada, la palabra escrita, y en sus primeros pasos la primera hebra de la civilización occidental.

Poner los pies en Líbano es poner los pies en el origen de Occidente.

“La Historia de Occidente”, escribe el profesor Bernardo Souvirón, a cuyas clases asistí durante tres años, “se ha fraguado en lugares que no destacan en los mapas y que, con frecuencia, se han perdido en la memoria de los que habitan sólo en el presente”.

“En el Oriente del Mediterráneo”, continúa Souvirón, “hay un país pequeño cuyo nombre apenas cabe en el espacio que ocupa en los mapas. Perdido entre sus poderosos vecinos, apabullado por los avatares de la historia, ese pequeño país, casi engullido entre el mar y los desiertos, conocido sólo como asiento de conflictos que parecen adherirse a su piel como la niebla a la cima de sus montañas preñadas de cedros, ha dado a la historia de Occidente el hilo por el que ha transitado la energía de la civilización y del progreso”.


El mismísimo nombre de Europa tiene su origen en el desenfrenado amor de un dios por una muchacha de Tiro, hija del rey Agenor, a la que raptó disfrazado de Toro, y que sacó de esta tierra de Líbano para llevarla a un lugar que ahora porta su nombre: Europa, “la de ancho rostro”.

Una historia menos mítica, narra Heródoto, en su Libro I, dejando constancia del rapto de una muchacha llamada Europa, hija del rey de Tiro, en venganza por el secuestro de la princesa Ío, hija del rey de Argos, a manos de navegantes fenicios.

Escribe Heródoto en su Historia:

“Así dicen los Persas que Ío fue conducida al Egipto, no como nos lo cuentan los griegos, y que éste fue el principio de los atentados públicos entre Asiáticos y Europeos, mas que después ciertos Griegos (serían a la cuenta los Cretenses, puesto que no saben decirnos su nombre), habiendo aportado a Tiro en las costas de Fenicia, arrebataron a aquel príncipe una hija, por nombre Europa, pagando a los Fenicios la injuria recibida con otra equivalente.”

Continúa Heródoto narrando estos actos de raptos, pillaje y secuestros, hasta enlazarlo nada menos que con el rapto más famoso de todos los tiempos: Helena de Troya, esposa de Menelao, sacada del reino de los Atreidas por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya y que fue el origen de una guerra que se cantó como ninguna otra se ha cantado nunca. Homero con las armas que puso en sus manos el alfabeto fenicio, conquistó para la Historia no sólo los valores y costumbres que aun se imponen entre los hombres, sino el futuro de Occidente.

Heródoto en su Libro III de la Historia intenta aclarar un poco quién enseñó a quién el arte de la escritura y narra lo siguiente:

“Ya que hice mención de los Fenicios venidos en compañía de Cadmo, de quienes descendían dichos Gerifeos, añado que entre otras muchas artes que enseñaron a los Griegos establecidos ya en su país, una fue la de leer y escribir, pues antes de su venida, a mi juicio, ni aun las figuras de las letras corrían entre los Griegos. Eran éstas, en efecto, al principio, las mismas que usan todos los Fenicios, aunque andando el tiempo, según los Cadmeos, fueron mudando de lenguaje, mudaron también la forma de sus caracteres."

Nada más y nada menos que los Fenicios que habitaron las tierras de Líbano enseñaron a los griegos el arte de leer y escribir.

Pensé que, efectivamente, en suelo libanés se encuentra la semilla de Europa, pero que lo olvidamos fácilmente, abrumados, ellos y nosotros por los problemas diarios. Sentado, allí, en Tiro pensé que era hora de recordarlo y entender lo mucho que le debemos a su pasado y lo mucho que debemos hacer por su futuro.



Las fotografías fueron tomadas en Tiro por quienes me acompañaron dando vueltas con un  coche por Líbano. Para ellos mi agradecimiento y mi recuerdo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

YO TUVE UN HERMANO



Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


   Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,

Julio

Estos versos, tan conocidos y celebrados, son de Julio Cortázar.
Han ido de mano en mano y de boca en boca desde 1967. Desde la muerte del Che. “Esto es lo que me sale en estos momentos”, dice Cortázar en su carta, y continúa:"la verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible".

Estos versos fueron lo primero que vino a mi mente cuando me enteré por la prensa de la muerte de mi amigo Arturo Muñoz Castellanos, pensando que él también merecía un poema. Pero no es fácil ser Julio Cortázar. Y yo, tener un libro suyo entre mis manos, ha sido lo más cerca que he estado de Cortázar.

A lo más que me atreví fue a publicar en el periódico Hoy Digital de Extremadura un artículo sobre Arturo, desde luego sin hacer caso a Horacio Quiroga cuando aconsejaba de manera clara: No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Aunque Horacio Quiroga puede que no pensara en aquellas emociones que tardan en apagarse. Ya que el artículo fue escrito ¡casi diez años después!

Esta es la historia de un chico que, con veinticinco años, llevando un cargamento de plasma sanguíneo y medicamentos a un hospital bosnio-musulmán fue herido de muerte en las calles de Mostar, "mientras yo dormía, mi hermano despierto, mostrándome, detrás de la noche, su estrella elegida".

El artículo fue escrito en aquellas calles. Y era más o menos así. ¡Ah!, se titulaba Su corazón Vivo.

"Hoy he entrado por el barrio de Donja Mahala, subiendo por Gojka Vukovica. Ya no conozco estas calles donde cayó. Tenía los brazos extendidos, como dos alas.
 
El 11 de mayo de 1993 se consigue autorización para transportar al hospital musulmán de Mostar un cargamento de plasma sanguíneo y medicamentos y, también, para trasladar a través de la línea de confrontación una serie de civiles no combatientes. Y allá que se fue Arturo. El río Neretva, con su eterno color esmeralda, esperaba paciente, como siempre hizo a lo largo de los siglos, viendo pasar al imperio otomano, al imperio austrohúngaro o a  la victoria partisana tras la II guerra mundial.

 

El convoy que mandaba Arturo consiguió alcanzar el Hospital musulmán, descargar el material en su destino y recoger a un civil herido, todo ello con intensísimo fuego de morteros y fusilería.
El aire se llenó de polvo y arena. Cuando ya empezaban a salir de Donja Mahala, vio a otro civil también herido. “¡Arturo, no podemos recoger a todo el mundo! ¡Vámonos de aquí!”. “A todos los que les podamos ayudar, les ayudaremos”. Así que se decidió a recogerlo.

Como con el vehículo no podía acceder por las barricadas, la destrucción y las trincheras, tuvo que hacerlo a pie. Y lo hizo. Dejó los vehículos a cubierto y se fue por el civil. El fuego continuaba siendo muy intenso.
Cuando regresaba a los vehículos, una de las muchas granadas de mortero que les cayeron durante el trayecto lo alcanzaba.
Aquí. Aquí. Éste es el sitio exacto donde fue herido. Aquí.



Partió con vida para España  y cuando lo llevaron al Hospital Gómez Ulla empezó a repartir un corazón, dos pulmones, dos riñones, un hígado, a todo aquel que pudiera hacerle falta.
Como era de prever su corazón sigue vivo. Ahora me fijo mucho en la gente con la que me cruzo, porque sé que debe distinguirse a la primera cuando alguien lleva dentro el corazón de un valiente".

Así terminaba el artículo.

Siempre que tengo oportunidad recuerdo su historia, aunque sé que, como dice Hölderlin en su poema Recuerdo, "lo que permanece lo fundan los poetas”.

Por eso, creo que por más que la prosa se escriba sobre mármol, sólo los versos durarán. Y pienso que Hölderlin tenía razón y sólo el poema es eterno, pero ése es un don que los dioses entregan a muy pocos; aunque Platón expulsara de su República a los poetas; (tal vez "merecidamente", porque acostumbran a ser poco tolerantes con el poder, que suele tenerlos como compañeros incómodos; y que, como demostró Pessoa, "no son más que fingidores"). Posiblemente por esto último, los versos de Cortázar siempre van acompañados de la carta que le envió a Roberto Fernández: "Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema..."


Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


   Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,
Julio


Y yo añadiría un fuerte abrazo para Tití.

Las fotografías de Mostar que aparecen en el artículo fueron tomadas en marzo de 1994, por integrantes de la Sección de Suministro del primer Escalón Avanzado Logístico (EALOG I) que servían para Naciones Unidas en Bosnia., a los que yo agradezco su amistad.





domingo, 4 de noviembre de 2012

LA CASA DEL LECTOR

Ayer, en una pequeña escapada a Madrid, dimos un paseo por La Casa del Lector en el antiguo Matadero. No sé si es una metáfora de la modernidad o el buen uso dado a unos derruidos y enormes edificios. Más bien creo lo segundo. No hay por qué ser tan pesimista. 

Nada más llegar nos reciben dos citas de Borges, una de su libro Los Conjurados y otra de El Libro de la Arena. Sin batallar, ya me he rendido.


Al entrar en la exposición nos encontramos con una figura de un hombre sentado, hecho exclusivamente con letras que van formando su cuerpo.

Éste sí que es un hombre de letras, pienso. Y lo primero que se me ocurre es que, como él, todos llevamos todas las letras dentro; y, por tanto, todos los libros posibles, si mezclando letras y espacios en blanco, contáramos con un tiempo infinito. Pura ley de probabilidades. El secreto del Arte, por tanto, sólo sería la eternidad. O no. 

Un día cayó en mis manos un ejemplar de Borges titulado El Libro de los Libros y en su capítulo La Biblioteca Total escribe lo siguiente:

"Huxley dice que media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contienen el British Museum (bastaría en rigor con un único mono inmortal).
Lewis Carrol observa en la segunda parte de la extraordinaria novela onírica Sylvie and Bruno - año 1893 - que siendo limitado el número de palabras que comprende un idioma, lo es así mismo el de sus combinaciones posibles o sea el de sus libros...
Lasswitz, animado por Fechner imagina la Biblioteca Total. Publica su invención en el tomo de relatos fantásticos Traumkristalle. La idea básica de Lasswitz es la de Carroll. (Pero mezclando el alfabeto y los signos). Las variaciones con repetición de veintidós letras, el espacio, el punto, la coma,  abarcan todo lo que es dable expresar en todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría la Biblioteca Total".

Parece pues, que todos los libros pueden ser escritos por pura combinatoria.

El hombre de letras que vi ayer en La Casa del Lector, con todos los signos y letras en su cuerpo, pero sin movimiento y sin un tiempo infinito para mezclarlos.

¿Podrá algún día, como soñaron los profetas de la ciencia ficción, la combinatoria, las probabilidades y las matemáticas sustituir la necesidad de creación, aunque ya estén todos los libros escritos por máquinas y computadoras que han mezclado a una velocidad de vértigo los signos y alfabetos al azar? ¿Crear será, entonces, necesario?

Me dio por pensar que los libros de esta librería que visité en La Habana, en la Plaza del Ejército, también pueden escribirse mezclando signos y alfabetos al azar durante una o dos eternidades; aunque por ahora lo escriben simples mortales. 


Norberto Ruiz Lima

jueves, 1 de noviembre de 2012

ÍTACA


Con este poema de Kavafis quiero abrir una sección llamada ATLAS, en la que os cuente algo de viajes, sitios que conozco porque fui hasta ellos o porque los imaginé leyendo, que es otra forma de viajar, a veces, más auténtica.

Como Kavafis yo también he buscado mi Ítaca, y contaros que mi Ítaca no tiene una única localización como el poema de Homero, 38º 20´de Latitud Norte y 20º 40´ de Longitud Este, sino muchas.

Mi Ítaca estuvo en una calle de Chendú en China, donde nació mi hijo Jorge (ya podéis imaginar por qué se llama Jorge), en el barrio de Donja Mahala en Mostar, en una calle de Khiam o de Tiro (la antigua Fenicia) en Líbano, o en Méjico o en Grecia, o Cuba, o en Londres o en los demás sitios donde me llevaron mis pasos y tuve ricas experiencias.

También se puede descubrir Ítaca sin salir de casa, porque algo importante nos lo impide, eso tan importante que cuidamos como a nuestro corazón, será nuestra Ítaca.

Y también se puede descubrir Ítaca en los libros.

Posiblemente, Ítaca sea la suma de todas. 

Mejor, que lo que yo digo, es leer el poema de Kavafis:


ÍTACA

Si vas a emprender el viaje hasta Ítaca
pide que tu camino sea largo, rico en experiencias y en conocimientos.
A los lestrigones y a cíclopes, o al airado Poseidón nunca temas,
nunca los hallarás en tu ruta
si alto es tu pensamiento
y limpia la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.

A Lestrigones ni a cíclopes ni al fiero Poseidón hallarás nunca
si no los llevas en tu alma
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo
que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer felizmente
arribes a bahías nunca vistas.

Detente en los emporios de Fenicia
y adquiere numerosas mercancías,
madre perla y coral y ébano,
perfumes deliciosos y diversos.
Cuanto puedas invierte en deliciosos perfumes.

Visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.

Llegar hasta allí es tu meta,
más no apresures el viaje,
mejor que se extienda largos años,
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje,
sin ella el camino no hubieras emprendido,
más ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres
no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida como has vuelto
comprendes ya qué significan las Ítacas.

Konstantino Kavafis.


Ojalá, todos encontremos nuestra Ítaca; pero sólo la encontraremos si lo intentamos.
Intentarlo, caer, volver a intentarlo y volver a caer y volver a intentarlo...

Parece increíble, pero voy a escribir una cita de John Wayne, el famoso actor de películas del Oeste, el vaquero por excelencia; hay alguna que otra película suya que he visto muchas veces. Prometo no traerlo mucho a este blog; pero la cita creo que merece la pena: "Fracasar no es fallar y no conseguir las cosas, fracasar es no intentarlo". Cito sus palabras de memoria leídas en un dominical hace años; pero me quedé con ellas porque creo que, en ellas, hay una pizca de esencia de felicidad.

Norberto Ruiz Lima.

Las fotografías que aparecen son de Chendú en la provincia de Sichuan en China, de Atenas (como puede observarse) y del Palacio de Knossos en Heraklion  en Creta. Mi fotógrafa particular me ha dejado colgarlas.













POR QUÉ

Este blog nace para poder compartir un poco de Literatura y, sobre todo, para aprender de las experiencias, las lecturas y la imaginación de los demás; que yo creo que son los tres grandes pilares que componen la vida.
Compartir Literatura podría ser el título del blog, porque si James Joyce dijo: "Nunca he conocido a nadie que me aburriera", yo, creo que nunca he conocido a nadie de quien no aprendiera algo.
El título, como sabéis, El Escritor, Sus Fantasmas, Los libros y La noche, proviene de un libro de pensamientos de Ernesto Sábato y de un famosísimo poema de Borges.  
A Sábato y a Borges les voy a dedicar muchas letras, y no podía menos que titular el blog de esa manera; aparte de pensar que en esas cuatro palabras está resumida toda la literatura y todo sentimiento que surge con la escritura.

Compartir lecturas, literatura, experiencias y vida.
En eso me gustaría que consistiera este blog.

Norberto Ruiz Lima

domingo, 21 de octubre de 2012

PARA LAS PRIMERAS PALABRAS



Cree en un maestro - Poe, Mupassant, Kipling, Chejov - como en Dios mismo.
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas.
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego.
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia.
Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno.
No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

                                              Horacio Quiroga.

Siempre he pensado, que no hay otra forma de escribir más que con la lectura, y que la escritura nunca debe ser un fin en sí mismo. La vida, vivir, es más importante, y una forma de vivir es leer. Si tienes tiempo para escribir, pues estupendo.
Es cierto que somos un poco prisioneros del tiempo en el que vivimos, que es quien mueve las modas literarias. Como Borges, pienso que cada tiempo tiene su forma literaria. A un griego del siglo VII A.C no se le ocurriría pensar en una novela. Todo lo que no fueran grandes poemas no lo verían en su lógica clásica. La prosa tardó veinticinco siglos en imponerse. Durante los siglos XVIII y XIX comenzó el auge de la novela que llega a nuestros días. El mercado y la facilidad de lectura, también hace mucho. Yo creo, permítanme la indiscrección, que el futuro es para un tipo de obra más corta, a medio camino entre la novela, (que para mí ha llegado a ser exageradamente larga) y el relato breve. 
También creo que la auténtica literatura vive en la poesía. Lástima que haya dejado de ser oída, para ser sólo leída. (Llega a poca gente, pero a quien llega de verdad disfruta).
Por último decir que como Faulkner pienso que: "Quizás todo novelista empieza por querer escribir poesía, encuentra que no puede, y entonces prueba el cuento, que es la forma más exigente después de la poesía. Y al fallar en esto sólo entonces se dedica a escribir novelas".

Norberto Ruiz Lima